lunes, 29 de octubre de 2012

ÉTICA DE LA DESMESURA


   La cuestión que nos disponemos a abordar no es nueva en las páginas de este blog. Fue ya planteada en la entrada titulada Apología de Epicuro de manera general e imprecisa, por lo que hubo de ser retomada y precisada en otra entrada posterior que llevaba por título Sobre la dignidad del hombre. Si retomamos la cuestión una vez más, ello se debe a que tenemos la impresión de que el asunto guarda aún muchos implícitos oscuros que piden ser mostrados y exhibidos bajo la luz cenital del Logos.
    Las éticas tradicionales, tanto las materiales como las formales, gravitan en torno a los conceptos de virtud y deber. Las materiales, como la eudemonológica de Aristóteles, entienden la virtud como término medio, como una vía estrecha entre dos extremos que es preciso transitar para poder alcanzar por fin la tan deseada meta del Bien Supremo o Felicidad –eso mismo a lo que algunos aludimos con el significativo sintagma la zanahoria del burro-. Las éticas formales, como la estoica y la kantiana, se centran en el deber, en un deber incondicional que no se sabe bien de dónde viene – aunque Darwin y Freud podrían decir mucho al respecto- y que pende sobre la conciencia de los individuos como, según dicen, pendía la famosa espada sobre la cabeza del desdichado Damocles.
    Esta dicotomía en el seno de la Ética, imprecisa y difusa durante muchísimo tiempo, quedó perfectamente establecida y perfilada en el siglo XVIII gracias a la labor de Kant. Desde entonces, constituye el principio teórico vertebrador en la mayoría de los manuales de Ética escritos ad usum Delphini.
    Ahora bien, ¿es cierto que todas las posturas éticas son susceptibles de ser reducidas a uno de estos dos planteamientos? ¿Es cierto que ambos se oponen de una manera tan radical como se nos ha hecho ver? Nosotros consideramos que no. Materialismo y formalismo tienen un sospechoso aire de familia que nos hace sospechar de un origen común. En efecto, ambas son éticas eminentemente restrictivas para la acción. ¿Qué son la virtud y el deber sino los grilletes y los yerros con que tratan de inmovilizar a sus prosélitos y adeptos?
    Pues bien, frente a las éticas de la restricción, de la sumisión y de la necesidad, nosotros proponemos aquí una ética de la amplitud, de la libertad y de la posibilidad. Proponemos, además, una ética capaz de recuperar algo tan necesario como lo es la comunicación entre praxis y teoría, entre el hacer reflexivo y el conocer, todo ello en la línea de una teoría vivencial que aspira a vivir lo pensado y a pensar lo vivido en un proceso de retroalimentación progresiva. Esto es lo que llamamos Ética de la desmesura y del libertinaje.
    De lo que se trata, básicamente, es de derribar todas esas empalizadas y tabiques levantados por los Otros –Iglesias, Gobiernos, Tradiciones varias…- a lo largo de la Historia con el fin de conducirnos a todos hacia el redil donde se nos ha de marcar a fuego para luego castrarnos. De lo que se trata es de rechazar el freno que nos colocaron nada más nacer y que durante tantos años hemos tenido que soportar. Porque el mundo es mucho más ancho de lo que se nos ha hecho ver.

    Pero, al mismo tiempo que Kant daba los últimos retoques al impresionante edificio de la cultura occidental, un grupo de individuos, ocultos tras las sombras, iniciaba su labor de zapa. El siglo XVIII marca un máximo, pero también un mínimo. La exacerbación de los principios racionales implícitos en la ratio socrática arroja a los seres humanos del lado del más allá, a un lado que, en realidad, es un más acá. Recuérdense las palabras de Nietzsche: la verdad es curva y todo lo recto miente. El apogeo de lo racional y medido, de la virtud y del deber, desemboca irremisiblemente en el despertar y en la manifestación de todo lo reprimido y oculto bajo su esplendor. Materia, Voluntad y Carne frente a Espíritu, Inteligencia y Alma. Estas son las distintas epifanías de la nueva deidad que poco tiempo antes había sido anunciada por materialistas y libertinos. El Romanticismo es su puesta de largo.
    La palabra libertinaje está cargada de connotaciones negativas, en buena medida por culpa de Sade, pero creemos que merece ser rescatada del cuarto oscuro de la Historia y restituida al lugar que le corresponde. Debe quedar claro que el divino marqués no nos representa y que no tenemos ninguna deuda con él. La Psicopatología es el único lugar donde no desentona. El libertinaje que defendemos, en realidad, es la exacerbación de la libertad y el libertino, en consecuencia, el individuo capaz de ir más allá de los estrechos límites impuestos por los Otros en nombre de determinadas instituciones y tradiciones. Será libertino, por tanto, quien pretenda dilatar los márgenes de la experiencia vivencial.

    Hay una serie de cuestiones que quisiéramos despejar:
    En primer lugar, ¿está justificada la actitud del libertino? Creemos que sí. Todas las Éticas y todas las Morales han de ser vistas como respuestas adaptativas de las sociedades a las condiciones del momento. Pero, como sabemos, estas respuestas puntuales suelen experimentar un proceso de reificación que las vuelve autónomas e independientes y que, a fin de cuentas, es la causa de la apariencia de eternidad con que todas ellas se suelen presentar. Ocurre, además, que estos constructos culturales, al ser transmitidos por la tradición a las generaciones futuras, se convierten en un instrumento de represión superflua en la medida en que sus exigencias no tienen en cuenta las circunstancias de la nueva situación. La Moral Tradicional, por tanto, nos impone prohibiciones que en los tiempos que corren ya no tienen sentido, por la sencilla razón de que las circunstancias sociales, políticas y económicas han cambiado.
    En segundo lugar, ¿quiénes son los destinatarios de esta ética de la desmesura y del libertinaje? Evidentemente, no todos. Es la nuestra una Ética que va destinada a esa inmensa minoría de la que hablara Juan Ramón Jiménez, a esos pocos que, tras una larga estancia en las gélidas regiones donde mora el Espíritu, deciden descender en busca del calor de la costa con la intención de testar la calidad de los saberes allí conquistados. Para los demás, para la mayoría, para los más jóvenes y para aquellos que no han la paciencia que se requiere para encumbrar el empingorotado mundo de las ideas, lo mejor es continuar transitando por la estrecha y segura senda trazada por el deber y la virtud. 
    En tercer lugar, ¿cuáles son los límites? Los límites, como en la ética tradicional, vendrán marcados por los intereses del prójimo. 


    Echemos mano, una vez más, de nuestro Diccionario lúdico-filosófico, que siempre tiene una respuesta para todo:

VIRTUD.- 1. Desfiladero estrecho y escarpado que transcurre entre dos precipicios. Es el sendero por el que deben transitar quienes aspiran a disfrutar de la tibia temperatura del redil. 2. Pértiga que la mayoría utiliza para mantener el equilibrio sobre la cuerda floja de la vida. 3. Hierro candente con que se marca al ganado. 4. Molde utilizado para producir hombres en serie.

domingo, 21 de octubre de 2012

EL CANON OCCIDENTAL


   El fenómeno de los cánones literarios no es nuevo, ciertamente. Lo que sí es nuevo es el hecho de que estos se hayan convertido en los últimos tiempos en un fenómeno social de moda.
    El canon occidental, de Harold Bloom, es, como sabemos, la obra responsable de esta suerte de histeria colectiva que parece haberse adueñado de la voluntad de los profesionales de las letras, tales como profesores, críticos, editores y, cómo no, lectores. Uno de los síntomas más evidentes de la nueva manía es el revival de otros cánones anteriores a los que en su momento no se prestó la atención debida. ¿Quién se acordaba, hace sólo unos años, de obras como Mímesis, de Auerbach; de Si mi biblioteca ardiera esta noche, de Aldous Huxley; o del capítulo VI de El Quijote? Nadie. A lo sumo, cuatro gatos bibliópatas y diletantes.
    El Canon de Bloom, como todo canon, es una obra parcial y sesgada. Es, si se nos permite la valoración, la expresión supina del imperialismo cultural anglosajón, la expresión de un imperialismo que deriva, en última instancia, de la hegemonía a nivel planetario que la lengua inglesa ha alcanzado a lo largo de los dos últimos siglos. Y es también, y sobre todo, una obra que rezuma idealismo hegeliano por los cuatro costados. Este hegelianismo está presente en los dos postulados básicos sobre los que se sustenta todo el tinglado argumental: a) la concepción evolutiva-lineal de la Historia de la Literatura Occidental, y b) la creencia en que esta evolución alcanza su momento culmen en la figura de un tal William Shakespeare, entre los siglos XVI y XVII.
    En efecto, para Bloom la Historia de la Literatura Occidental es una cordillera que, de buenas a primera, emerge del mar de la nada con el impresionante y soberbio pico llamado Homero, extendiéndose a continuación, con las correspondientes depresiones y llanuras, en una serie de cumbres de igual o superior envergadura. Un Virgilio, un Dante, un Petrarca, un Cervantes, un…¡SHAKESPEARE! Al vate inglés sólo se le puede mirar de abajo hacia arriba, pues no hay un punto más alto al que podamos encumbrarnos para poder contemplarlo. Shakespeare es el Everest de esta cordillera, es la encarnación epifánica del Espíritu Literario, un titán encaramado sobre hombros de gigantes. Y, en consecuencia, -y esto ya no sería hegeliano- lo que viene después de él habrá de ser visto como decadencia y mediocridad, como un descenso progresivo hacia las profundidades abisales del momento presente.
    Pero esta concepción del devenir de lo literario que nos presenta Bloom, como hemos dicho, tiene mucho de sesgado y de parcial. Tiene mucho de etnocentrismo. Veamos a continuación el parecer de quien, a todas luces, es el olfato más fino y el oído más agudo que ha dado esta nuestra cultura occidental. Estamos hablando, cómo no, de Federico Nietzsche. En Humano, demasiado humano, dice lo siguiente:

    Efecto de la cantidad.- La paradoja más grande de la historia de la poesía es afirmar que un hombre puede ser un bárbaro en todo lo que constituía la grandeza de los poetas antiguos; un bárbaro, es decir, un ser defectuoso y contrahecho de pies a cabeza, y seguir siendo, a pesar de todo, el poeta más grande. Es el caso de Shakespeare, que, en parangón con Sófocles, parece una mina inagotable de oro, de plomo y de cascajos, frente a un tesoro de oro puro, de oro de una cualidad tan preciosa, que casi hace olvidar su valor como metal. Pero la cantidad, elevada a su más alta potencia, obra como cualidad, y de esto es de lo que se aprovecha Shakespeare.

    Sobran los comentarios. Nietzsche era corto de vista. Tuvo problemas de visión desde muy temprano que se fueron agravando con la edad. Pero, en contrapartida, como siempre ocurre en estos casos, desarrolló como pocos los sentidos del olfato y, sobre todo, el del oído, órganos mucho más certeros que el de la vista debido a su mayor cercanía con el objeto que cae bajo su consideración. ¿Qué es el Idealismo sino la consecuencia del encumbramiento del sentido de la vista sobre los demás sentidos? ¿Qué es la Idea sino aquello que se ve en el acto de la contemplación o theoría? Esto explica el hecho de que una filosofía que se pretende crítica con el Idealismo sólo sea posible con la condición de haberse rebelado previamente contra la tiranía del sentido de la visión. ¿Cómo suena y cómo huele?, este es el criterio de la nueva filosofía vitalista. Música, Gastronomía, y Medicina también, como modelos para la nueva forma de filosofar. ¿Y qué concluye el facultativo Nietzsche después de haber aplicado a conciencia su hipersensible estetoscopio? Que Shakespeare suena a hueco. Es decir, que tras su fastuosa fachada hay poco de valor.
    Un humilde servidor sólo ha leído del insigne poeta inglés las obras tituladas Romeo y Julieta y El rey Lear. Además, reconoce no dominar la jerga inglesa. Reconoce también haber leído Edipo Rey y Antígona y que su conocimiento de la nobilísima lengua helénica es aun más limitado que el que pueda tener del inglés. Y, sin embargo…, no hay color. No es preciso perder ni un minuto en pensárselo. Un humilde servidor se queda con Sófocles.

    Nuestro canon personal, subjetivo y parcial como todos, está integrado por los siguientes autores:
1.- Homero, quien, como el Dios bíblico, crea un mundo completo y redondo a partir de la nada.
2.- Juan Ruiz (Arcipreste de Hita), por su inigualable sentido del humor y por la indulgencia con que representa las debilidades humanas.
3.- Quevedo, por la amplitud sin precedentes del espectro de sus intereses y por su habilidad en la orfebrería conceptista.
4.- Gracián, por ser el autor de la gran novela sobre la vida humana.
5.- Sterne, por ser el autor de la primera novela de la historia capaz de morderse la cola y por haber demostrado que lo literario se justifica a sí mismo.
6.- Flaubert, por ser el autor de Bouvard y Pécuchet, la gran novela sobre la estupidez humana.
7.- Dostoievski, por su condición de pionero en la exploración de los bajos fondos del espíritu humano.
8.- Nietzsche, por haber hecho de la poesía un vehículo perfecto para la expresión filosófica.
9.- Cortázar, por su sabia decisión de abandonarse al ritmo o swing y por la perfecta arquitectura de sus cuentos.
10.- García Márquez, por ser el Dios creador de ese microcosmos llamado Macondo, síntesis perfecta del universo y de las cosas humanas.

jueves, 18 de octubre de 2012

PENSAMIENTO Y VIDA


   Los pensadores se pueden clasificar en dos categorías distintas según sea su manera de relacionarse con las ideas. Están, por un lado, aquellos que ponen a funcionar los engranajes de su mente dentro de un horario determinado, como quien llega por la mañana a la oficina y prende la lumbre del ordenador. Son estos los pensadores profesionales, funcionarios y mercaderes de lo conceptual que tienen medido al dedillo el número de sinapsis que pueden realizar a lo largo de una jornada y el beneficio neto que cada una de ellas les debe reportar. Su hábitat natural son los centros de enseñanza de grado medio y, sobre todo, de grado superior. Si miramos a través de la ventana de sus despachos, podremos observarlos sentados frente al potro de tortura de su escritorio con el puño de una mano apoyado en la base del majín y mirando fijamente el albo lienzo de una pantalla a la espera de que una voz procedente de arriba ordene a sus neuronas que se levanten y echen a andar, tal como Jesucristo hiciera con el difunto Lázaro. Pero, como esta orden no siempre llega, puesto que las Musas, -como cualquier funcionario-, suelen acogerse a largos períodos de excedencia, lo habitual es que el pensador profesional reparta su tiempo y sus energías en dos actividades fundamentales: escrutar la esfera del reloj de la pared de enfrente con gesto intimidatorio, como queriendo meterle prisa, o cambiar el estéril tapete blanco de la pantalla por otro de color verde, siempre más lúd(br)ico, para pasar el rato con un solitario -¡Hagan sus apuestas, que en el juego de las conjeturas siempre toca!-. Esto es lo que explica esas reverberaciones psicodélicas que se suelen observar reflejadas sobre las lentes de sus antiparras y la expresión de sesuda concentración extática que transmiten los ojos parapetados tras las mismas. Para estos individuos, el pensamiento es el madero que deben arrastrar sobre los fatigados hombros de la mollera a lo largo del empinado sendero de la mañana hasta alcanzar, ya por fin, el Gólgota libertador de las tres de la tarde. Tan gravosa les resulta su ocupación, que muy pocos tienen la paciencia de aguardar a que la manecilla más esbelta y espigada se pose dócilmente sobre las doce. Cinco o diez minutos antes de que esto ocurra, arrojan los trastos de tortura contra algún desangelado rincón, cierran la puerta tras de sí mediante el consabido y elocuente portazo, bajan corriendo las escaleras del edificio al tiempo que se acuerdan de que no han sofocado la lumbre del ordenador –¡¿qué más da?! –suelen pensar en ese momento- No voy a perder dos minutos de mi vida en volver. Además, ¿acaso soy yo quien paga el recibo de la luz?- y, finalmente, habiendo tomado posesión de los mandos de su vehículo como alma que lleva el diablo, habiendo fijado los cinco sentidos en la tierra prometida del inminente finde –el partido del domingo y las cervecitas con los amigos-, abandonan el parking cagando leches y dejando en el ambiente una densa humareda que tarda unos minutos en disiparse en la siempre, hasta ahora, receptiva atmósfera. Sí, la verdad es que suelen ser muy modernos estos pensadores a tiempo parcial. Utilizan expresiones como finde, ¡qué fuerte!, súper…, para nada –articúlese la d de nada en la región palatal, pero adoptando las debidas precauciones para evitar tragarse la propia lengua- y, por supuesto, no pierden puntada en lo que respecta a las últimas novedades del mundo de la electrónica. Dominan como nadie la jerga bárbara de la que suelen echar mano –como el calamar de su tinta- los incondicionales de este particular mundillo del no va más y de lo último, de este mundillo absurdo donde las herramientas han dejado de ser consideradas como medios para convertirse en fines en sí mismas. El uso que hemos hecho unas líneas más arriba de la expresión cagando leches no es un simple gesto de claudicación ante los continuos requerimientos de la procacidad lingüística. Tal uso obedece, más bien, a la necesidad de subrayar cómo, en la mente de estos sujetos, lo último desde el punto de vista trascendente queda eclipsado tras lo último desde el punto de vista inmanente. Es decir, que para todos ellos el esfínter anal y lo que le precede resulta mucho más interesante y, por supuesto, mucho más asequible intelectualmente, que aquel otro esfínter existencial con su correspondiente contenido. Y esto que se constata en lo escatológico se constata igualmente en cualquier otra faceta de la realidad cultural. Todo debe ser susceptible de una lectura cómoda y fácil si queremos convertirlo en una mercancía capaz de circular a través de los estrechos conductos de los actuales medios de comunicación. Este, precisamente este, es el principal cometido de los pensadores a sueldo y a tiempo parcial: premasticar y, a veces, predigerir los contenidos culturales para que resulten accesible a los potenciales consumidores, crear con su sustancia una especie de papilla light apta para todos los gustos –fat food para el espíritu que dijera no recuerdo qué pensador francés de moda- ¿De qué se trata, si no, cuando se habla de establecer una vinculación entre Empresa y Universidad?
    Pero, en fin, lo que nos interesa de lo anterior es llamar la atención sobre el hecho de que la vida de estos pensadores suele ir en una dirección y sus ideas en otra, como si ambas dimensiones fuesen polos antagónicos que jamás pudiesen fusionarse en un abrazo unitario. Para ellos, el decurso de sus vidas y el de sus pensamientos acataría al pie de la letra lo establecido por Euclides en su postulado V referente a la imposibilidad de que dos líneas trazadas en paralelo se puedan cruzar en un punto x.
    El segundo grupo de pensadores está integrado por todos aquellos que han sido capaces de alimentar sus vidas con el combustible que les proporciona el propio pensamiento. Al haber hecho suyos los postulados de Reaman y Lobachetvski, dan por supuesto que por un punto determinado pueden pasar infinitas líneas paralelas, es decir, que vida y pensamiento se pueden y se deben condicionar recíprocamente, que es preciso pensar lo vivido y, viceversa, vivir lo pensado. Estos, como los anteriores, son conscientes de la enorme carga que para sus hombros supone el madero del pensamiento, pero se diferencian de ellos en que están dispuestos a soportar el peso de su condición de pensadores durante el tiempo que haga falta, en solitario y sin contar a lo largo de su fatigado caminar con el auxilio de ningún agregado penene de los que suelen actuar bajo la advocación de Simón de Cirene. Son capaces de soportar lo gravoso de su existencia porque son masoquistas, porque han aprendido a disfrutar con su dolor y a dolerse con su placer. ¿Y qué otra cosa es la Vida sino una mezcla de ambas afecciones? No hay censura en el uso del adjetivo masoquista, sino, más bien, encomio y alabanza, puesto que, a fin de cuentas, un masoquista es, simplemente, una persona que ha descubierto la esencial vinculación existente, en los niveles más profundos, entre el placer y el dolor. Ambas afecciones son como el Yin y el Yang de la vida anímica y afectiva de cualquier individuo, puesto que una no puede existir sin la otra.
    Se trata, en este segundo caso, de creerse lo pensado; de creérselo hasta el punto de llegar a estar dispuesto a incorporarlo a nuestra propia existencia, de hacerlo nuestro, de metabolizarlo y asimilarlo. Pero también, y esto es lo que normalmente no se suele tener en cuenta, de pensar siempre partiendo de lo previamente vivenciado –si se nos consiente el término-. Son estos los dos requisitos que ha de cumplir todo pensamiento que aspire a convertirse en auténtica palabra esencial -¿en palabra de Dios?-.
    Heráclito, Sócrates, Diógenes el cínico, Nietzsche, Unamuno, -en el ámbito de la Filosofía-, son algunos ejemplos de vidas pensadas y de pensamientos vividos. No sería nada complicado elaborar una lista similar, incluso más amplia, con los nombres de literatos, músicos y artistas de todas las condiciones de los que se podría afirmar lo mismo. Todos tomaron conciencia del carácter trágico de la vida y todos decidieron, libremente, apurar hasta las heces el cáliz de amargura que se les ofrecía y morir de pie. Unos eligieron situarse en el extremo superior de la línea vertical de la existencia y otros en el extremo inferior, pero todos fueron individuos de una pieza, divididos y enemistados consigo mismos, pero de una pieza. Además, estamos convencidos de que no hubo ni uno sólo de estos que no se percatara, antes o después, de que cuanto más se profundiza en una determinada postura tanto más se dilata el orificio que nos permite el acceso a su antagónica. Nietzsche debe de estar disfrutando del sosiego eterno que proporciona la inmortalidad, sentado a la diestra del Padre. Unamuno, probablemente, hará tiempo que dejó de buscar a Dios y de requerirle una respuesta que calme su hambre y su sed; de seguro que se encuentra sesteando con su palito entre los dientes y, ¿cómo no?, con algún delicioso y lúbrico fruto siempre al alcance de su mano. Sócrates, y su pupilo Platón, deben de haber montado una academia ambulante de sofistería en la que, por medio de la poesía y de la música, enseñan el arte de la sugestión. Finalmente, no podemos desdeñar la posibilidad de que Diógenes descubriera, hace ya tiempo, los encantos derivados de la propiedad privada –seguro que se quedó con la suntuosa mansión de Crates e Hiparquía-.

domingo, 14 de octubre de 2012

JULIO CORTÁZAR Y LA TAREA DE ABLANDAR EL LADRILLO




Cortázar nos legó su famoso Manual de instrucciones con la intención de enseñarnos a realizar todas aquellas operaciones que, precisamente por desencadenarse en nosotros de una manera espontánea y prerreflexiva -refleja en ocasiones-, no suelen requerir de mayores explicaciones. Instrucciones para llorar, Instrucciones para subir una escalera, Instrucciones para tener miedo…¿Qué necesidad hay de que alguien nos recuerde las distintas operaciones y los distintos trámites que hay que aplicar para llevar a efecto este tipo de actos si todos ellos o bien los hacemos de manera innata o bien los aprendemos durante los primeros años de vida? Ninguna, evidentemente. A menos que…-sí, ¡qué duda cabe!-, a menos que con ello se nos pretenda advertir sobre las perniciosas consecuencias que acarrea el hacer las cosas por pura rutina, en respuesta a un hábito firmemente arraigado en los profundos cimientos de nuestra personalidad o -lo que sin duda sería la peor de las posibilidades- como respuesta a un estímulo que ni siquiera tiene necesidad de transitar fugazmente por nuestro siempre infrautilizado neocórtex. Creo que empezamos a verlo claro, sí. No sería descabellado afirmar que en realidad no somos los autores de las cosas que se hacen de alguna de estas maneras, que en estos casos más que autores somos simples medios o herramientas al servicio de los designios y de la voluntad de otra instancia superior -inferior o anterior- que es la que en realidad mueve los hilos y establece los fines, es decir, que más que actuar somos actuados. Y claro, si no actuamos, si es otra cosa lo que realmente actúa a través de nosotros, la conclusión cae por su propio peso: en la mayoría de los casos, nuestras experiencias no son realmente nuestras y, por ende, no estamos en disposición de extraerles todo ese jugo vivencial que nos podrían reportar si el caso fuese otro. Así pues, la rutina, la costumbre y el hábito arrojan sobre nuestra piel la anestesiante ceniza del tedio y del hastío, impidiéndonos así experimentar las cosas importantes de la vida con la intensidad con la que son capaces de ofrecérsenos…
Cortázar quiso que llorásemos como la primera vez, quiso que tuviésemos miedo como el día aquél en que por primera vez nos hablaron del espantoso hombre del saco y quiso que aprendiéramos a subir las escaleras como el niño de tres años que, aprovechando un descuido de sus progenitores, accede al fascinante y novedoso rellano de la escalera dispuesto a trepar hasta el último piso de ese laberinto fantástico que para su lábil imaginación es el bloque de viviendas.

*
    Me van a permitir ustedes que me cite a mí mismo, porque así me ahorro tener que dedicar un tiempo del que no dispongo a emborronar el albo lienzo de la pantalla de mi ordenador. Máxime en estos momentos difíciles en que la Musa se muestra más estrecha de lo habitual a la hora de prodigarme sus favores. El largo fragmento que reproduzco más arriba forma parte de mi libro BIBLIOFILIA HERÉTICA –Ensayo sobre la carnalidad del verbo-, concretamente del capítulo titulado, precisamente, Manual de instrucciones y que, en lo básico, consiste en una serie de recomendaciones atingentes al modo de relacionarse con el objeto libro. Véase: cómo comprarlo, cómo manipularlo, cómo olerlo, cómo leerlo, cómo clasificarlo y cómo prestarlo.
    Pero no es de mi libro de lo que quiero hablar aquí. La auténtica protagonista de esta entrada es la literatura de Julio Cortázar en lo que, según creo, ésta tiene de más original e innovador: su tremenda capacidad para hacer del español peninsular –rocoso y rígido hasta la esclerosis- un elemento poroso, blando, lábil, sinuoso y activo. Es decir, vivo.
    El texto clave a la hora de dilucidar este asunto lo encontramos en el Prólogo para el Manual de Instrucciones más arriba referido. Dice así:

    La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo está en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente,…

    Sólo unas líneas más adelante nuestro autor utiliza los sintagmas ladrillo de cristal y pasta de cristal congelado.

    Un ladrillo de cristal de perfiles geométricos; un ladrillo rígido y frío, congelado; un fósil quebradizo…Esto es para Cortázar el lenguaje. ¿Cualquier lenguaje? No, evidentemente. Sólo el que ha pasado por los talleres de la Academia, sólo el que ha sido sometido al lecho procústeo de la Gramática, sólo el que ha sido sometido al proceso de limpieza y fijado es así. ¿Y qué significa limpiar y fijar la lengua? ¿En qué consiste el esplendor de ésta?
    La RAE1 es la gendarmería de las palabras y los académicos son los alguaciles responsables de la persecución de aquellos usos que no se atienen a la Norma, esto es, al Código Penal pergeñado por los máximos representantes de la jurisprudencia lingüística. Cualquier uso desviado de esta Norma debe ser automáticamente detectado, juzgado y colocado en la picota. Las palabras malsonantes –palabrotas o tacos-, los solecismos o vulgarismos, las hablas excesivamente relajadas –de andaluces, canarios e hispanoamericanos, preferentemente-…Estos son los enemigos que es preciso perseguir, juzgar y castigar.
    Limpia, fija y da esplendor… ¡Efectivamente! El principio que preside el nacimiento de la RAE es un principio de orden religioso y moral. ¿Es casualidad, acaso, que el acta fundacional de la institución de marras viera la luz al mismo tiempo que se producía el declive de la institución inquisitorial? Creemos que no. Siempre ocurre lo mismo en la Historia: una institución sólo sustituye a otra precedente cuando demuestra una rentabilidad mayor. Es decir: una mayor eficacia –represiva, en este caso- unida a un gasto mucho menor. Porque, si el lenguaje es la expresión del pensamiento, ¿no es cierto que controlando aquél podremos controlar también a éste?
    Pero, después de tres siglos de control, después de tres siglos de lenguaje sometido al yugo de la Norma, después de tres siglos de palabras encadenadas, he aquí que hace acto de presencia el gran Simón Bolívar del lenguaje: JULIO CORTÁZAR. Las palabras de Morelli, el Cristo de nuestro Bautista –o viceversa-, son lo suficientemente explícitas al respecto.

    Pero hasta aquí no hemos dicho nada acerca de nuestro héroe que no se supiese.
    Lo que Cortázar realiza en relación a la lengua castellana es la culminación del gesto que a principios del XIX realizaran los grandes libertadores en el terreno político. De hecho, Cortázar se sitúa en la estela de intelectuales como Domingo F. Sarmiento, en Argentina, y Alberto Blest Gana, en Chile. Estos se dieron cuenta de que, a pesar de la independencia política recientemente lograda, los nuevos estados latinoamericanos continuaban manteniendo con la metrópolis un vínculo de sometimiento, mucho más difícil de superar que el meramente político, a través de la lengua. Esta certeza es lo que les hace parar mientes en la cultura y la lengua francesas en tanto que antídotos contra el bacilo nefasto que para ellos representaba la cultura hispánica. Pero… ¿Cómo liberarse de un instrumento de dominación tan sutil como lo es la lengua? ¿Cómo sustraerse a la influencia de algo que hemos ido asimilando, de manera inconsciente, desde la cuna? Sólo Cortázar ha sabido que la solución pasaba por la liberación del cepo de la preceptiva.

    Pero, ¿de qué puerto parte Cortázar en su expedición de ataque contra ese recio bastión de la Gramática y contra el more geométrico en que se inspiraron sus constructores? En el Capítulo 82 de Rayuela, Morelli nos informa de lo siguiente:

    ¿Por qué escribo esto? No tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo escribo dentro de ese ritmo, escribo por él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento y que hace la prosa, literaria u otra…

    La deuda de Cortázar con el jazz está fuera de toda discusión. Se trata, sin ninguna duda, del más importante aliado con que cuenta en la difícil empresa que se ha propuesto llevar a cabo. Cortázar realiza en el ámbito de la literatura algo muy similar a lo que los músicos de jazz realizan en el ámbito de la música tradicional y clásica. En uno y otro caso se trata exactamente de lo mismo: de un ablandar las formas con el fin de que éstas fluyan encaramadas en los lomos del ritmo, esto es, del swing. Y ésta, precisamente, es la palabra clave.

    Ahora bien, ¿no es cierto que podemos encontrar intentos similares a los de nuestro autor en otros escritores y filósofos del pasado? En efecto. ¿Qué me dicen de los juegos tipográficos y de la preocupación por la forma en Sterne? ¿Qué me dicen de los movimientos de vanguardia, especialmente del surrealista, con su manía por las asociaciones libres, por los cadáveres exquisitos y por las sustancias capaces de favorecer determinados estados de conciencia? ¿Qué me dicen de filosofías como el postestructuralismo francés y el pensamiento débil italiano? ¿Qué me dicen del misticismo oriental tipo budismo zen? Creemos que hay un algo de todo esto en la literatura cortaziana.

    Según la doctrina de Saussure, el signo lingüístico –la palabra- resulta de la unión indisoluble entre un significante y un significado. No puede darse el uno sin el otro. Lo que sí puede –y suele- ocurrir es que una de las dos dimensiones destaque más que la otra. La historia de la Literatura occidental, desde Homero hasta principios del siglo XX, ¿qué otra cosa ha supuesto sino la hegemonía del significado sobre el significante? Obras como el Ulises de Joyce son las que comienzan a decantar la balanza del lado del significante. Y aquí, en la vanguardia de esta tendencia, es donde hemos de encuadrar a nuestro insigne escritor.

    Esta teoría saussureana del signo lingüístico puede resultarnos tremendamente útil para la realización de un estudio sobre los distintos procedimientos narrativos que podemos encontrar en la obra de Cortázar. Creemos que estos pueden ser clasificados según la relación que se establezca entre ambos términos del binomio –significante/significado-. En la narrativa cortaziana existen relatos convencionales en los que la balanza se decanta del lado del significado, existen relatos experimentales y vanguardistas en los que la preeminencia del significante eclipsa la dimensión significativa y existen relatos mixtos…
    Pero…Es evidente que esta entrada se está alargando más de lo debido. En otra ocasión, si es que la Musa quiere, retomaremos este asunto.
¡Abur!

1 En nuestro Diccionario apócrifo lúdico-filosófico podemos leer lo siguiente: RAE.- 1. Real Academia Española de Taxidermistas de la Lengua. Efectivamente, los académicos de la lengua son para las palabras lo que los entomólogos para las mariposas que vemos crucificadas sobre ciertos paneles acristalados. 2. Departamento del Ministerio de Sanidad cuyo lema es Limpia, Relimpia y Saca Brillo. Está integrado por individuos que, impelidos por su hipocondría y mojigatería, defienden con ahínco la necesidad de someter el lenguaje a los más estrictos procedimientos profilácticos para despojarlo de ciertos supuestos gérmenes, virus y churretes de dudosa procedencia. Según fuentes dignas de crédito, en cuestión de meses los operarios del Departamento tendrán listo un prototipo de condón linguo-oral que, al ser colocado entre los labios y los dientes, será capaz de neutralizar cualquier elemento potencialmente infeccioso de entre los muchos que suelen adherirse al plumaje de las volátiles palabras. El ingrediente encargado de la neutralización es un elemento conocido por todos desde hace muchísimo tiempo, la única novedad es el uso que a partir de ahora se le pretende dar. Se trata, ¿cómo no?, de la eufemina. Sabemos por estas mismas fuentes que el prototipo del condón linguo-escritural se haya todavía en fase de experimentación.

lunes, 28 de mayo de 2012

LAS "ANTITAUROMAQUIAS" DE MANUEL VICENT


   Hace unos años, comenzamos a redactar una breve reseña sobre la Antitauromaquia, de Manuel Vicent, pero el proyecto quedó truncado nada más nacer por una cuestión de conciencia. Nuestro trato con este texto nunca ha pasado de ese ligero ojeo –y hojeo- que se suele hacer en las librerías cuando se sale a la caza de nuevos ejemplares para nuestra sala de trofeos y…, claro, ¿cómo hacer la reseña de un libro que no se ha leído si no es dejándose condicionar por los propios prejuicios o por la propia apariencia del asunto? Es ésta la causa de que decidiéramos abandonar el proyecto y dedicar nuestro tiempo a otros menesteres.
   Estas son las pocas líneas que en su momento logramos articular sobre la obra en cuestión:

   Hemos considerado que “Juan Belmonte, matador de toros”, es el mejor libro sobre temática taurina escrito hasta la fecha. Pues bien, su complemento antagónico sería este otro que ahora glosamos: “Antitauromaquia”, de Manuel Vicent. Sin pretender entrar a valorar la calidad y valía literaria del escritor valenciano, nos parece que este libro suyo es un ejemplo paradigmático de esa visceralidad de la que más arriba hablábamos en relación a la crítica de ciertos detractores, con el agravante, además, de que la crítica que pueda contener aparece sazonada con un plus de mal gusto ramplón, escatológico a veces, que la deslegitima de entrada. Quiere esto decir que la ofensiva de M. Vicent no parte principalmente de la razón y del intelecto, sino de los propios intestinos. No presenta argumentos, no razona, no justifica. Se limita, más bien, en explícita imitación de la táctica defensiva de ciertos pájaros, a regurgitar sobre el rostro del enemigo atacante la plasta hedionda procedente de sus vísceras. El libro es, literalmente, y con perdón por la expresión, una “cagada” de su autor, y ello en un triple sentido: 1) algo que sale muy mal, 2) producto de las vísceras, que no del intelecto, y 3) ofensa y desconsideración hacia el mundo taurino que ha de interpretarse bajo la forma del tradicional “me cago en…”.
   El libro, pues, rezuma mal gusto por los cuatro costados debido a que es el fruto del resentimiento más visceral.

   El asunto quedó completamente olvidado durante un tiempo, concretamente hasta el pasado año, que es cuando me tropiezo con un artículo del mismo autor que llevaba por título El clarín. Lo leí varias veces, por activa y por pasiva, del derecho y del revés, obteniendo como resultado una molesta sensación de dejà vu. Fue entonces cuando comencé a sospechar que los prejuicios que me habían llevado a redactar el texto de más arriba tenían cierto fundamento. Y, como no pude evitar la tentación de la réplica, redacté unas líneas que, con el título de Sordina para el clarín del Sr. Vicent, dirigí a la sección Cartas al Director, del Diario El País y que, evidentemente, no tuvieron a bien publicar. Son éstas:

   Al Sr. Vicent no se le pueden negar las virtudes de la perseverancia y de la puntualidad. Fiel a la cita, el pasado domingo día 8 hacía pública su anual diatriba contra la Fiesta Nacional.
   Dejando al margen la bosta bovina, los regueros de sangre, las moscas zumbonas y el sahumerio de los habanos –elementos cargados de emotividad subjetiva que nunca faltan en su habitual caracterización de la Fiesta-, nos interesa llamar la atención sobre algo que ya no cuenta con la excusa de la insoslayable subjetividad: la deficiente trabazón interna de su discurso. En síntesis, viene a establecer que el desinterés mayoritario hacia la Fiesta constituye la prueba palpable de que ésta ha perdido la batalla en el terreno de la estética. Pero, ¿no es cierto que esta misma regla nos llevaría a negar valor estético a los más selectos frutos de la denominada alta cultura, dado que, de igual modo, carecen del reconocimiento y de la aceptación de la mayoría?
   La fiesta de los toros está herida –en buena medida, por culpa de los propios actores protagonistas-, pero, afortunadamente, los aficionados contamos con el consuelo de poder decir aquello de: “Siempre nos quedará París”.

   Y nuevamente el asunto quedó relegado a un ultimísimo plano, eclipsado por otras cuestiones más candentes y perentorias.
  Pero todo vuelve…El pasado 6 de mayo el Sr. Vicent nos obsequia con su libelo anual, esta vez con el título La marca. Y, ¿quién se resiste a entrarle al trapo? Nuevamente hemos de dejar al margen las inevitables moscas, los inevitables vómitos de sangre y la inevitable caspa del casticismo, para atenernos a lo sustancial del texto: la imagen que España proyecta hacia el extranjero está mediatizada por el deleznable espectáculo de lo taurino, lo cual, al parecer, es algo consustancial a nuestra particular idiosincrasia. Y es tan consustancial, que la derecha castiza del lorailo-lailo (todos los aficionados a los toros son de derechas, incluidos Lorca y Joaquín Sabina), no contenta con torturar y asesinar a pobres animales indefensos, ha decidido ejercitar su sadismo atávico sobre los lomos de ese manso que es la ciudadanía (siempre de izquierdas). El artículo, como siempre ocurre cada vez que el Sr. Vicent aferra con fuerza la pluma para su anual desahogo, incurre en los tradicionales vicios del simplismo, la generalización y, ¿cómo no?, el subjetivismo más visceral. El único mérito del escrito es el eficaz uso de la metáfora taurina para explicar la delicada situación de la ciudadanía en estos momentos de crisis. Lo cual demuestra, ¡por cierto!, que ni siquiera los más furibundos detractores de la Fiesta Nacional son capaces de desprenderse de un arquetipo que todos llevamos grabado en lo más profundo de nuestro inconsciente colectivo.
   Las cosas no se deben dejar a medias. Una vez empezada la faena es preciso rematarla.
   Hace unos días decidimos internarmos en la jungla del Internete en busca de nuevas pruebas de los vicios nefandos del Sr. Vicent. Una vez más hemos de obviar la irrenunciable cuota de subjetivismo que siempre acompaña a las obras humanas, así como el habitual pateado del Diccionario y de la Semántica misma, tan habitual entre los representantes del movimiento animalista, para centrarnos en lo sustancial de estos escritos.

   Uno de los más celebrados es aquél en el que, tras la correspondiente batería de argumentos sofísticos, concluye rizando el rizo de la perversión lógica al establecer un paralelismo entre tauromaquia y canibalismo. Admito que el toreo sea un arte si a cambio se me concede que el canibalismo es gastronomía, viene a decir. O sea: sólo si p (canibalismo) es q (gastronomía),  r (tauromaquia) podrá ser s (arte). No hace falta estar familiarizado con las leyes de De Morgan, Modus Ponens, Modus Tollens, Transitividad y otras para darse cuenta de que el argumento es sofístico a más no poder, es decir, pura pirotecnia verbal. Pero resulta que la debilidad del argumento, además de formal, es también material, esto es, de contenido. Tenemos la impresión de que la imagen que el Sr. Vicent maneja del canibalismo en poco o nada se diferencia de la difundida por las películas de Hollywood: indígenas con taparrabos danzando alrededor de un caldero enorme en cuyo interior se cuece dignamente un pobre y desvalido explorador europeo. Evidentemente, el canibalismo no es un fenómeno que esté al servicio de la alimentación.[1] El canibalismo no es gastronomía porque es mucho más que esto: un ritual religioso y sagrado que, partiendo de la función primaria de la alimentación, busca ante todo la comunión con el espíritu de los antepasados, con el Dios-tótem o, en algunas ocasiones, con el carisma y la fuerza de los enemigos vencidos en la batalla. La relación entre canibalismo y gastronomía es la misma que pueda haber entre tauromaquia y un reality de la TV. Así pues, el toreo, como el canibalismo, es básicamente un ritual sagrado. Y, ¿no es el rito el fundamento de todo arte?
  
   En el artículo del 2 de mayo de 2004 sólo hay una metedura de pata digna de mención. El resto es más de lo mismo –o sea, moscas, muchas moscas…-:  creemos que ignorarlo todo sobre la lidia supone un paso en el refinamiento del espíritu. ¡Ole, ole, y ole! No es sólo que se considere la ignorancia como una vía de acceso al refinamiento espiritual, sino que aquí huele a seminario. ¿Considera acaso el Sr. Vicent que el pensamiento puede verse contaminado de alguna manera por lo pensado? Y, ¿cómo ha de lograrse esta ignorancia, de manera voluntaria o por imposición censora? Lorca, quien dijo de los toros que se trata de la fiesta más culta que queda actualmente en el mundo, debía de padecer de un acusado déficit en cuanto a refinamiento espiritual y a sensibilidad se refiere, ¿o no?

   En un artículo de 2006, del que no tenemos ni título ni fecha exacta, las meteduras de pata hasta el corvejón son clamorosas.
   Primera: La estética de masas ahora se congrega alrededor de unos héroes que son campeones de motos, de fórmula 1, de rallies, de baloncesto, de tenis, de golf, de fútbol…Tratándose, como resulta obvio, de una variante del argumento presentado en el artículo más arriba comentado –El clarín-, nuestra respuesta ha de limitarse a la siguiente pregunta: ¿y…? El criterio de la mayoría para lo que ha sido establecido: para elegir a nuestros representantes políticos, y punto.
   Segunda: Este espectáculo baja varios niveles más en la degradación cuando abandona las plazas oficiales y se convierte en capeas populares con toros de fuego, ensogados, alanceados, (…). A continuación hace referencia al hecho de que el Parlament de la Generalitat se dispone a tramitar la prohibición de las corridas de toros en territorio catalán y comenta que tal hecho no debe ser visto como algo vinculado con las reivindicaciones nacionalistas sino, antes bien, como una prueba de la superioridad espiritual de los catalanes. Evidentemente, en el año 2006 el Sr. Vicent no podía predecir lo que iba a ocurrir unos años después. A ver: si los catalanes –los políticos catalanes, más bien- son más evolucionados que el resto de los españoles, ¿cómo es que han dejado intactos esos correbous que, según acaba de reconocer el propio autor, son incluso más censurables que las propias corridas de toros? Está claro que la cuestión de fondo de todo este asunto tiene mucho que ver con las reivindicaciones nacionalistas y poco o nada con una supuesta superioridad espiritual o con el bienestar de los animales.  

   En el artículo del 4 de mayo de 2008 los argumentos –o pseudoargumentos- de los anteriores artículos se repiten, siempre, ¿cómo no?, con el correspondiente aliño de moscas, estiércol, puyazos y sol, un sol de cinco de la tarde, un sol que es para los españoles lo que el aceite de oliva para las ensaladas –el Señor Vicent cree en el determinismo ambiental-. Limitémonos, por tanto, a comentar un par de líneas. ¡Pero vaya un par de líneas!: Pero la profunda sensibilidad de esa canción (paraules d´amor) está a mil años luz de un puyazo que hace correr la sangre del toro hasta la pezuña. A Serrat se le puede perdonar esta caída, dado el amor que se le tiene, siempre que sea por una vez y no más. Una y no más…, que sea la última vez…, que no se vuelva a repetir…El Sr. Vicent, metamorfoseado de pronto en Gran Inquisidor, haciendo gala de una abnegación absolutamente encomiable, está dispuesto a mirar para otra parte, a hacer borrón y cuenta nueva, a no tener en cuenta la traición, porque…¿Por qué? ¿Quizás porque Serrat es catalán?, ¿quizás porque considera que no era consciente de lo que hacía al acudir a la plaza?, ¿quizás porque es famoso?, ¿quizás porque es necesario ganarlo para la causa? Lo que está claro es que en esta ocasión Don Manuel no ha podido evitar la mostración del Mr. Hyde que todos llevamos dentro, ese otro yo oculto que, como sabemos, en esta piel de toro que es España siempre se manifiesta ataviado con vestido negro y talar.

   El avance de la civilización se paga al precio de una notable barbarie, dijo Walter Benjamin. ¡Y cuánta razón tenía! Lo que no dijo el filósofo judío-alemán, que nosotros sepamos, es que el procedimiento del que se sirve la barbarie para progresar a rebufo del propio progreso civilizador es el mimetismo. Esto significa que muchos de los supuestos logros del supuesto progreso no son tales, sino, antes bien, pérdidas o retrocesos. El animalismo sería un buen ejemplo de esto último, uno de los muchos avatares de que se sirve la barbarie para hacerse un hueco en este mundo nuestro tan moderno, dinámico, aséptico y…¿vacuo?
   Quien quiera más detalles sobre cómo se manifiesta la barbarie en los tiempos modernos, puede echar un vistazo al artículo recogido bajo la etiqueta TAUROMAQUIA con el título Del linaje de Atila.
  

*
   El señor Vicent está en su derecho a opinar sobre lo que le venga en gana, ¡faltaría más!, igual que cualquier hijo de vecino, pero no podemos evitar la sensación de que la lucidez de la que hace gala cuando escribe sobre otros asuntos se volatiliza completamente cada vez que, llegando el mes de mayo, decide echarse al ruedo. Está visto y demostrado que de los prejuicios y emociones sólo se pueden esperar consignas y proclamas, nunca razones.
   No pongas tus sucias manos sobre Mozart, Balada de Caín, Póker de ases…Estos son los títulos de la obra convencional del Sr. Vicent que hemos leído. Y con ellos nos quedamos.


[1] Quizás la excepción a esta afirmación la constituya el canibalismo practicado por los antiguos aztecas. Según Marvin Harris, la razón última de esta práctica habría que buscarla en los escasos recursos alimenticios de la región. El hecho de que los insectos aparezcan en la dieta habitual de estos pueblos sería una prueba determinante.

miércoles, 23 de mayo de 2012

¡LLEGA A SER EL QUE ERES!


¡LLEGA A SER EL QUE ERES!

    Cuando se habla de imperativos, lo habitual es acordarse de aquél que formulara Kant –en sus tres variantes- para el estrecho ámbito de la moralidad. El que encabeza estas líneas, conocido como pindárico, en cambio, es un auténtico desconocido para el gran público, quizás por la sencilla razón de que no figura entre los contenidos de ninguna programación susceptible de tener que dar cuentas ante el sumo sanedrín de la Selectividad. A pesar de ello, según nuestro modesto parecer, no existe para el hombre otro mandato más importante y fundamental que éste.
    Originariamente, el imperativo pindárico estaba vinculado con la llamada moral agonal de los antiguos griegos, que es la misma que vemos ejemplificada en los personajes protagonistas de la Ilíada, esa suerte de Antiguo Testamento pagano para nuestra cultura occidental. Aquí vemos, por ejemplo, cómo el anciano y sabio Néstor arenga a los árgivos, dánaos y aqueos –a los griegos- recordándoles su obligación de hacerse merecedores del nombre del que son portadores, es decir, de ponerse a la altura de sus padres y abuelos, auténticos depositarios de la dignidad y de la areté –excelencia-. En efecto, para los antiguos griegos, el campo de batalla constituía la piedra de toque perfecta donde medir y calibrar la calidad de los individuos y, sobre todo, donde demostrar que se era un digno portador del nombre de su familia y linaje. Aquiles el pélida –hijo de Peleo-, Agamenón el átrida –hijo de Atreo-,…La idea es que poseemos una determinada dignidad por el simple hecho de ser hijos de, pero que esta dignidad no basta, puesto que se trata de una cualidad meramente potencial que es preciso actualizar en el campo de batalla mediante el derramamiento de sangre, esto es, arrebatándosela al enemigo vencido. Afortunadamente, en los tiempos del poeta Píndaro –siglo VI a. C.- el mandato comienza a desvincularse de la cuestión del linaje y, en consecuencia, a interpretarse desde una óptica a todas luces más positiva. Se trata ahora de que el hombre, cualquier hombre libre y maduro –lo cual supone dejar al margen al 75 % de la población- se vea en la necesidad de actualidad y desarrollar todas y cada una de las posibilidades inherentes a su condición humana. Es decir, se trata de esa misma necesidad de realización personal a la que en los años sesenta se aludía con la expresión necesidad de encontrarse a sí mismo.
    Hoy en día, cuando la cuestión del linaje y del honor parece haber perdido todo el peso que poseyera en la antigüedad, el imperativo pindárico ha de ser visto como fundamento básico de la Antropología y, de manera derivada, de disciplinas tan determinantes como la Ética y la Pedagogía.

    ¡Llega a ser el que eres!...La expresión, simple en apariencia, es sumamente compleja en realidad. Precisa, por ello, de un análisis profundo y sistemático.
El imperativo pindárico parece basase en dos supuestos:
  1. Existe un desfase, en el interior de nuestra propia naturaleza, entre aquello que somos de hecho y aquello que podemos llegar a ser.
  2. Si se nos exige que lleguemos a ser lo que somos, ello obedece a que no tenemos duda alguna en lo referente a lo específico de la naturaleza humana.
    Comencemos analizando el primero de estos supuestos. Para ello, la teoría aristotélica del acto y la potencia puede sernos de gran ayuda. Somos seres humanos por el simple hecho de haber nacido, pero la realidad de esta humanidad inicial que todos poseemos de entrada es algo meramente testimonial e incipiente. El bebé es a la idea de Humanidad lo que la bellota pueda ser en relación a la idea de roble. Las tesis del Existencialismo, tal y como fueron formuladas por Sartre, apuntan en la misma dirección. Según el filósofo de los guantes negros, cuando nacemos no somos personas plenas, sino un mero proyecto de persona, es decir, una existencia huera y vacía que, mediante el ejercicio de la libertad, a través de la adquisición de hábitos, ha de irse rellenando con la densa sustancia de la esencia. Esto significa que la esencia, lo que llamamos naturaleza humana, no es algo dado de entrada, sino algo añadido, un resultado o recompensa.
    Aunque sea una obviedad decir que entre una bellota y una persona existen muchas diferencias, es preciso decirlo. Una de estas diferencias, quizás la más importante, es que la bellota, una vez dadas ciertas condiciones medioambientales, es capaz por sí misma de completar todo el proceso de su desarrollo hasta terminar convertida en un roble, mientras que, en el caso de las personas, la conquista de su Humanidad no siempre está garantizada. De hecho, nos atreveríamos a decir que son muy pocos los que consiguen situarse a la altura del ideal que viene marcado por su esencia. Y aquí es donde entran en juego disciplinas tan determinantes como la Ética y la Pedagogía, pues su principal cometido no es otro que el de contrarrestar el tremendo potencial de maleabilidad que poseemos los individuos. Ética y Pedagogía son los rodrigones que permiten que los individuos crezcamos en vertical y que podamos dar frutos suculentos y sanos.
    No hay quehacer más importante para una persona que la de llevar a feliz término el proyecto inicial de humanidad con el que todos nacemos. El cometido de la Ética en relación a cuestión tan determinante es doble: señalar la meta que es preciso alcanzar y, en función de ésta, establecer los preceptos y prohibiciones que se han de acatar para que tal cosa sea posible. Si quieres A, entonces debes hacer tales cosas y evitar tales otras. Este es el ámbito en que se desenvuelve. Las llamadas virtudes morales, las que dependen de la Voluntad –moderación, prudencia, generosidad, perseverancia, valentía, sinceridad…- constituyen su objetivo prioritario. La adecuada asimilación de éstas constituye la base ancilar sobre la que han de levantarse las llamadas virtudes dianoéticas o intelectuales, que son las que competen a la Pedagogía –saber resolver problemas matemáticos, saber inglés, saber analizar un texto…-. Sólo cuando ambos tipos de virtudes se dan de manera óptima en una persona podemos decir que ésta ha conseguido realizarse como tal persona o que se ha situado a la altura del ideal. Aunque esto, como sabemos, al tratarse de un ideal, es algo que nadie logra de manera íntegra y perfecta. Como muy bien viera Kant, tendríamos que ser inmortales para que fuese posible una plena coincidencia entre ser y deber ser, entre lo que somos de hecho y aquello a lo que deberíamos aspirar.
    De lo anterior se desprende que el resultado de la colaboración entre Ética y Pedagogía es la Humanidad como obra de arte. Ambas disciplinas son las manos responsables de dar forma a la figura del Hombre, que es la más digna entre todas. Cuando se habla de Arte, todos pensamos en las siete canónicas –Arquitectura, Escultura, Música, Pintura, Literatura, Danza y Cine- sin darnos cuenta de que todas estas modalidades son subsidiarias de otro arte muy superior, puesto que coadyuvan a la consecución del objetivo fundamental de éste: la plenificación del hombre. Si las artes tradicionales conforman el grueso de las Humanidades, ¿no se debe ello a que son los instrumentos de humanización más poderosos que podamos concebir?

    Puesto que la cuestión recogida en el apartado b ya ha sido abordada en otros textos nuestros, nos vamos a permitir prescindir de una nueva incursión en terreno tan pantanoso. La cuestión que urge abordar a continuación es otra y no menos importante que la anterior. Ya dijimos que el hombre, a diferencia del árbol, no tiene garantizado su pleno desarrollo como individuo, pues las posibilidades de que su proyecto existencial se malogre son muchas. Al conjunto de trabas, obstáculos e interferencias que hemos de superar a lo largo del accidentado camino de la realización lo vamos a recoger bajo un marbete común: OSCURANTISMO. Odiseo (Nadie) debe arribar a Ítaca (debe situarse a la altura de su ideal, es decir, debe convertirse en un Alguien). De esto hemos hablado hasta aquí. Otro día hablaremos de las Sirenas, Calipsos, Circes, Cíclopes, Lotófagos, Escilas y Caribdis; hablaremos de todo aquello que puede desviarnos de nuestro objetivo; es decir, de todo aquello que puede malograr la obra de arte en que hemos de convertir nuestras vidas; es decir, del oscurantismo como representación del mal en este orden de cosas.

domingo, 20 de mayo de 2012

SOBRE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

   Hace unas semanas tuvimos la ocasión de leer el artículo que, con el título de Reducción del animal humano, Víctor Gómez-Pin acababa de publicar en la sección de Opinión del Diario El País. Básicamente, el texto venía a ser una aplicación a la actual situación socio-económica de los postulados fundamentales de lo que, desde hace algún tiempo, constituye el marco teórico por donde discurren sus intereses filosóficos fundamentales: el estatus ontológico de lo humano en relación a la elemental animalidad. ¿Qué consecuencias se derivan para el animal humano de la actual situación económica y social? Esta es la pregunta específica que se plantea nuestro filósofo. La respuesta es clara e inequívoca: la principal de las consecuencias es una devaluación de lo humano, esto es, su degradación y, en consecuencia, el acortamiento de la brecha que lo separa del animal. Cuando el hombre ha de emplear la mayor parte de su tiempo y de sus energías en garantizarse la subsistencia, resulta inevitable que se produzca una deflación y empobrecimiento de esa dimensión específicamente humana a la que Aristóteles, de manera genérica, se refería con el término logos. Zoón lógon échon –animal poseedor de logos, es decir, animal racional, animal que discurre, animal dotado de palabra, animal que dialoga…-, ésta es la definición que el estagirita dio del hombre, y ésta es la definición que nuestra cultura occidental ha venido haciendo suya desde hace dos mil quinientos años. Y fue también Aristóteles quien se dio cuenta de que el requisito que hace posible el surgimiento y la pervivencia de este atributo específico de la humanidad no es otro que el ocio, es decir, el tiempo libre, es decir, el hecho de no tener que sacrificar todo nuestro tiempo y toda nuestra energía para dar cumplimiento al imperativo del aver mantenençia, que dijera Juan Ruiz. El término latino del que deriva nuestro término ocio es otium, término que también podemos percibir con claridad meridiana en negocio (de nec-otium). El negocio, la actividad productiva destinada a la preservación y a la continuidad de nuestro ser biológico, por tanto, es la negación del ocio, esto es, del tiempo libre, que es, como hemos dicho, la condición de posibilidad de la que depende y de la que se alimenta esa otra dimensión específicamente humana que es el Logos o Espíritu. Pero las sorpresas etimológicas no se agotan en lo anteriormente dicho. El término griego equivalente al latino otium es scholé, de donde deriva…. ¿lo adivinan? ¡Pues claro que sí!...: escuela. Ergo: tenemos escuelas, tenemos formación, tenemos cultura –y también CULTURA-, tenemos humanidades y humanidad porque tenemos tiempo libre. Si se restringe el tiempo libre, porque es preciso incrementar las horas destinadas al trabajo, ¿no se restringe también aquello que nos diferencia de los simples animales?
   El artículo de Gómez-Pin me hizo recordar los tiempos idos y que ya nunca más volverán, cuando era feliz e indocumentado, cuando era capaz de enfrentarme con los textos de los grandes pensadores sin la mediación celestinesca de los intérpretes, exegetas, hermeneutas y demás especialistas en la predigestión de la Cultura. Me acordé, concretamente, del texto del humanista italiano Pico Della Mirándola que lleva por título Discurso sobre la dignidad del hombre. Me acordé, rizando el rizo de la concreción, del fragmento que dice así:

   El mejor Artesano decretó por fin que fuera común todo lo que se había dado a cada cual en propiedad, pues no podía dársele nada propio. En consecuencia dio al hombre una forma indeterminada, lo situó en el centro del mundo y le habló así: “Oh Adán: no te he dado ningún puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras. A los demás les he prescrito una naturaleza regida por ciertas leyes. Tú marcarás tu naturaleza según la libertad que te entregué, pues no estás sometido a cauce angosto alguno. Te puse en medio del mundo para que miraras placenteramente a tu alrededor, contemplando lo que hay en él. No te hice celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal. Tú mismo te has de forjar la forma que prefieras para ti, pues eres el árbitro de tu honor, su modelador y diseñador. Con tu decisión puedes rebajarte hasta igualarte con los brutos, y puedes levantarte hasta las cosas divinas.”

      Sólo unas líneas más adelante perfila y completa el retrato con estas contundentes palabras:

   Si te detienes ante alguien obnubilado, como otro Calipso, con vanos fantasmas, y entregado al halago acariciante de los sentidos, no es un hombre lo que ves, es una bestia. Si ves a un filósofo que todo lo interpreta a la luz de la razón, venérale; es un animal celeste, no terreno.

*

   En El puesto del hombre en el cosmos, Max Scheler defiende la tesis del salto cualitativo. La diferencia entre el hombre y el animal, viene a decir el filósofo, no es una diferencia meramente cuantitativa y de grado, sino, fundamentalmente, cualitativa.[1] De esta tesis es posible deducir que existe un tope inferior más allá del cual el hombre no puede ir, es decir, que no es posible un retorno absoluto y total a la pura animalidad. El hombre podrá ser más o menos hombre, más o menos humano, pero nunca, por muy degradado que esté, podrá equipararse con una bestia.
   El puesto que el hombre ocupa en el cosmos, por tanto, es un puesto relativamente inestable o, si se prefiere, relativamente estable. Esto significa que su naturaleza admite variaciones, que está sujeta a perfeccionamiento o a degradación, pero siempre dentro de ciertos límites. Y es este marco el fundamento de toda Ética y de toda Pedagogía. Sólo para un ser con estas cualidades tiene sentido el imperativo pindárico que dice aquello de ¡Llega a ser el que eres!

   Pero volvamos al peliagudo asunto de la relación entre lo humano y lo animal. Tenemos la sensación de que la gran mayoría de los estudiosos del tema, con la excepción quizás de Gómez-Pin, abordan el asunto desde postulados –tesis no demostradas y que, sin embargo, no se cuestionan- netamente idealistas. En efecto, la mayoría dan por supuesto que la naturaleza humana radica en su espíritu y que éste se halla prisionero en el interior de la cárcel –o sepultura, que dirían los pitagóricos- del cuerpo. Desde esta óptica, el cuerpo, vinculado con la animalidad, es visto como un impedimento, como un lastre, como una cadena de gruesos eslabones que nos impide elevarnos hasta esas alturas en las que se localiza nuestra verdadera y auténtica patria. Esta es la imagen tradicional que ha de ser retomada y matizada. Nuestra opinión es que nuestro cuerpo no es el argel de nuestro espíritu, sino, antes bien, que somos simultáneamente ambas cosas. Es decir, que nuestra animalidad es parte constitutiva de nuestra humanidad, y viceversa. La cuestión, por tanto, no es cómo hacer para conseguir la emancipación del cuerpo-animal, sino cómo ha de ser nuestra relación con éste.
   Hay una cumbre que es preciso coronar. Hay un recorrido –itinerario o periplo- que es preciso realizar, hay una serie de obstáculos y de dificultades que es preciso superar –Sirenas, Circes, Lotófagos, Cíclopes…, tentaciones y miedos varios...-, y hay una meta que es preciso alcanzar. De acuerdo. Pero es preciso saber que el aire de las cumbres, a pesar de su excelencia cuando de curar jamones y de curtir espíritus se trata, no suele ser apto para la Vida. Si subimos, por tanto, es para eso, para curtirnos y para entrenarnos, para fortalecer nuestros corazones y para ganar en resistencia. Luego es preciso volver al valle. En efecto, Ítaca no es la meta. Ítaca, tal como sostiene Kazantzakis en su Odisea, siempre será un punto de partida.
   El nombre de la doctrina que se desprende de las anteriores consideraciones es, como ya se habrá adivinado, Hedonismo.
   Hay dos clases de hedonismo. Uno es primario, directo y espontáneo; el otro, en cambio, sería secundario, indirecto y mediatizado por la reflexión. Y este, el segundo, es el que aquí queremos hacer nuestro. El hedonismo primario, que es el que cuenta con mayor número de adeptos, es degradante para la persona y, en consecuencia, moralmente censurable. Sólo el lecho procústeo de la virtud puede moderarlo. El secundario, que es el de Epicuro y sus lechones –Horacio dixit-, el de esa inmensa minoría a la que se refiriera Juan Ramón Jiménez, es justo lo contrario: un potenciador de la humanidad de sus adeptos y la puerta de acceso a lo que en otro lugar hemos llamado conocimiento vivencial.  
   Quien ha vivido durante algún tiempo entre los glaciares de las alturas por donde gusta planear al Espíritu se halla inmunizado frente a cualquier amenaza con que pueda encontrarse tras su vuelta al valle. Para alguien así, el cinturón de seguridad de la virtud sólo puede ser visto como un estorbo y como una traba de cara a la consecución de sus proyectos y al logro de sus ambiciones.


[1] Que tomen buena nota de esto todos aquellos que no paran de llamar la atención sobre el hecho de que humanos y primates compartimos en torno al 98% de la información genética.