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martes, 18 de diciembre de 2012

EL APRENDIZ DE BRUJO -Sobre el efecto boomerang de la tecnología-


   En un recóndito planeta de un Sistema de los arrabales de la Vía Láctea –de cuyo nombre acordarme no quiero…-, por una azarosa carambola del Destino, se produjo el milagro que a continuación te quisiera referir –venerando e hipócrita lector, mi semejante…-:
    Sucedió que un feo, sucio y apestoso mono, un cuadrúpedo piojoso como otro cualquiera, va y se yergue sobre sus cuartos traseros -así, sin más, como quien no quiere la cosa-, consiguiendo de este modo liberar las extremidades delanteras, es decir, superiores, de la pedestre función locomotriz. Este gesto, intrascendente en apariencia, es el germen de todo lo que después vendrá. ¡Fíjate! Una mano liberada que puede ser empleada para un sinfín de menesteres: blandir una garrota, sujetar a la hembra para que no se escape, dar alcance a toda suerte de frutos –especialmente a los prohibidos-, aferrar con fuerza el mástil de la propia masculinidad para mejor conjurar el horror vacuiego te absolvo in nomine patri…!-, etc., etc. La más importante de estas utilidades, no obstante, fue la primera. En efecto. Esa mano ociosa, teledirigida por un neocórtex aún incipiente, será la responsable de la aparición de la técnica. Al principio una simple piedra, después una tibia de tapir, a continuación un palo de afilada e incisiva punta… Después, mucho tiempo después, este primitivo instrumento, al ser arrojado hacia las alturas en apoteósico y desprendido gesto, acabará convirtiéndose, tras la correspondiente elipsis de cuatro millones de años, en los actuales artefactos espaciales con su correspondiente paramento psicodélico. ¿Te resulta familiar la historia? ¡Claro que te suena! Esta es la famosísima versión que el optimista Kubrick nos ofrece en 2001. Una odisea en el espacio. Pero no, en realidad el cuento no termina así. Lo que en verdad ocurre es otra cosa bien distinta. Es cierto que el artilugio, en la medida en que se somete a la dinámica rectilínea del progreso, experimenta múltiples transformaciones que desembocan en la aparición de aparatos capaces de pensar por sí mismos; es cierto que durante un tiempo la máquina es puesta al servicio del hombre; pero también es cierto que llega un momento en que la máquina deja de ser un simple medio, un simple utensilio al servicio del hombre, para convertirse en un fin en sí mismo. El hombre se olvida de la Inteligencia que le dio el ser y se humilla ante el nuevo dios de silicio y circuitos integrados. HAL triunfa sobre el osado astronauta. Y es entonces cuando ocurre eso que Kubrick no cuenta: el hueso primigenio, vencido por la fuerza de la gravedad, no consigue llegar a las regiones estratosféricas y vuelve a caer sobre….¿Adivinas…? Efectivamente: sobre la cabeza del mono. De modo que ahora tenemos un mono feo, sucio, apestoso, piojoso y, para más inri, con la crisma abollada. Este es la verdadera historia de la humanidad.

    Es necesario aprender de los fracasos. El asunto que en estos momentos nos urge es el siguiente: ¿dónde colocar el próximo monolito?

jueves, 13 de diciembre de 2012

DOS REFLEXIONES SOBRE EL AMOR


1.- Stendhal, en su estudio Sobre el amor, expone la famosa teoría de la cristalización. Básicamente, esta teoría afirma que el alma capaz de amar opera sobre la imagen del objeto amado un laborioso proceso de transfiguración mediante el cual éste queda adornado con una serie de perfecciones que de suyo no posee. Significa esto que el amante no es capaz de contemplar al objeto de su veneración de manera objetiva, puesto que lo que realmente hace es recrearlo imaginativamente, idealizarlo, sublimarlo y maquillarlo. No se trata, como en la leyenda de Cupido y Psiqué, de que el amor sea ciego sin más, sino, principalmente, de que sólo es capaz de ver en lo amado lo que previamente ha puesto en ello. Stendhal, tal como señala Ortega en su Estudios sobre el amor, es hijo de su tiempo, puesto que da por válida una de las principales tesis del idealismo alemán que se origina a partir de Kant: sólo conocemos aquello que previamente ha sido reelaborado por nuestras propias facultades cognoscitivas; lo que las cosas sean en sí mismas –el noumeno- siempre será un misterio para nosotros. Ahora bien, si el ser amado se presenta ante nuestra conciencia con una apariencia que no coincide con su auténtica realidad, si es pura fantasmagoría, cabe plantearse las siguientes cuestiones: ¿es posible vivir siempre bajo unos efectos alucinatorios similares?, ¿pueden las apariencias imponerse a nuestra conciencia de forma indefinida? La experiencia nos enseña que sólo el desamor tiene capacidad suficiente para disolver el grueso maquillaje con que el amor suele encubrir al objeto amado. Pero no se piense que al dejar de querer despertamos de un ensueño para recobrar el contacto con la realidad objetiva. No es esto lo que ocurre en un principio. Lo que realmente ocurre es que pasamos de una alucinación a otra, puesto que el mucho querer sólo puede conducirnos de manera inmediata al mucho odiar y al mucho despreciar. Si la otra persona era una princesa cuando estábamos enamorados, el desamor nos la ha de mostrar, necesariamente, como una auténtica bruja de nariz verrugosa. Sólo después, cuando las aguas se hayan amansado, podremos recuperar la objetividad relativa del término medio.

2.- ¿Qué nos enseña sobre el amor el cuento griego sobre Cupido y Psiqué? No hay que desdeñar las enseñanzas de los mitos y cuentos tradicionales, dado que son, como sabemos, los colectores donde se recogen los sedimentos de la experiencia vital de un pueblo a lo largo de muchos siglos. De hecho, no hay ninguna experiencia fundamental que no haya sido abordada, de una manera o de otra, por el arte y el pensamiento clásico. Todo está allí y, en este sentido, nuestra cultura occidental moderna no pasa de ser una glosa o nota a pie de página de esta cultura primigenia en la que hunde sus raíces. El cuento en cuestión nos enseñaría que la curiosidad, -base del pecado original y del conocimiento-, la duda y el recelo terminan por matar el amor. Es decir, que el amor es ciego en el sentido de que debe ser vivido. En el momento en que tratamos de conocerlo de manera intelectiva huye de nosotros para siempre. Es preciso, por tanto, disfrutar de sus dones de manera espontánea e irreflexiva si no queremos que se nos vuele de las manos como un pajarillo asustado. Fe y confianza es lo que necesita el amor, no análisis especulativos. Pero también nos enseña este cuento que es preciso pasar por el infierno del desamor para, finalmente, poder disfrutar del amor verdadero y auténtico. El pecado y la desobediencia nos llevan al dolor derivado del castigo correspondiente, pero es este dolor lo que en definitiva nos permite una experiencia más profunda y auténtica de las cosas. Este es el gran legado de la cultura griega, y Sófocles, ese personaje simpático y dicharachero –ese Goethe de la antigüedad- fue quien mejor supo hablarnos del poder formativo del dolor.

domingo, 9 de diciembre de 2012

LITERATURA Y PSICOANÁLISIS



    No hay experiencia más fascinante que la exploración del mundo interior. Los autores de libros de historia y las novelas de aventuras suelen sentir debilidad por aquellos personajes del pasado que arriesgaron sus vidas en su empeño por alcanzar el corazón de los territorios más distantes. Marco Polo, Cristóbal Colón, Magallanes, Elcano, Cabeza de Vaca, Livington y tantos otros son los héroes que, habitualmente, copan las portadas del papel cuché de la historia. Cada uno de ellos aparece como un nudo gordiano que confiere unidad y cohesión a los distintos episodios concretos y particulares de su época. Llegamos incluso a sospechar que la ausencia de cualquiera de ellos produciría un efecto inmediato de desleimiento que acabaría con la prelación y jerarquía de los hechos y que arrastraría todo hacia el mar de la uniformidad. Hace ya mucho tiempo que el hombre occidental holló el rincón más distante del planeta, y esto es lo que explica el auge del alpinismo y de la exploración submarina a partir, sobre todo, de la segunda mitad del siglo XX. Si lo horizontal ya no nos estimula, habrá que buscar nuevos retos en el ámbito de la verticalidad, en lo más alto y en lo más profundo.
    ¿Quién se acuerda, no obstante, de aquellos otros exploradores que fijaron sus metas en las profundidades del más acá de su propio mundo interior? ¿Acaso la aventura de éstos requiere un esfuerzo menor que la de aquéllos? ¿Acaso la exploración del mundo exterior no es, realmente, un sucedáneo de la exploración del mundo interior? Los auténticos retos están siempre dentro de nosotros mismos. El alpinista que se enfrenta al K2 no se enfrenta realmente a ningún accidente orográfico, se enfrenta a las limitaciones inherentes a su propia naturaleza. Tampoco el torero se enfrenta a un animal que lo puede herir o matar, se enfrenta al miedo que atenaza sus miembros. Todos los reinos que hay que conquistar, todas las princesas que hay que rescatar y todos los cofres que hay que desenterrar son, en el fondo del fondo, distintos nombres para una misma realidad: el Sí Mismo. Todavía habrá quien crea que Moby Dick es un relato que cuenta la historia de un marinero que ha de dar caza a una ballena o que El corazón de las tinieblas –A la mayoría le resultará más familiar Apocalypse Now, de Coppola- cuenta la aventura de un explorador que ha de remontar un río del África negra para encontrar a un tal Kurtz. Estas interpretaciones son válidas para el niño y para el jovencito adolescente, pues para éstos la enigmática realidad todavía no ha hecho entrega de todos sus secretos. San Agustín, Descartes, Pascal, Rousseau, Nietzsche, Freud, Jung y cualquiera que haya tenido la osadía de contemplar el interior de la propia pupila a través de su reflejo en el espejo, son los auténticos héroes de la historia de la humanidad. El espejito de la cruel madrastra de Blancanieves no es un simple objeto material al que se atribuya la cualidad humana del habla, es un símbolo de esa otra voz que se oculta en lo más profundo de nuestra alma y que, a diferencia de lo que afirma el cuento, no siempre está dispuesta a adularnos. Desde Freud sabemos cómo hay que actuar ante fenómenos como los sueños y los cuentos populares: dándoles la vuelta como a un vulgar calcetín. El alpinismo no es lo que aparenta ser, es espeleología de alturas.
    No sé si me he explicado con claridad meridiana. ¿Se me ha entendido? ¿Seguro que sí? No quiero que nadie se quede sin sacarle todo su jugo a la lección de hoy, pues aviso desde ya que puede ser materia de examen en el momento más inesperado. ¡Hummmm…! Dudo de que hayáis sido sinceros en vuestra respuesta. Creo que habéis dicho que sí por complacerme y para que deje de interpelaros continuamente. Ya sé lo que vamos a hacer para comprobar que, efectivamente, todo el mundo se ha quedado con el estribillo de la copla: ¡un examen sorpresa!

EXAMEN SORPRESA

IES. ALDEA GLOBAL
DEP. DE PROSPECCIONES PSICOLÓGICAS
Y LITERATURA COMPARADA
APELLIDOS:…………………………….NOMBRE:…………………………………
NACIONALIDAD:………………………ORIENTACIÓN (Subráyese lo que proceda)
-Lector macho.
-Lector hembra.
Duración: ¼ de vida.

CUESTIONES:

  1. Indique la idea común a los siguientes relatos pertenecientes a la Literatura Universal:
    1. Jasón y los argonautas.
    2. Orfeo y Eurídice.
    3. Los doce trabajos de Hércules
    4. La Ilíada.
    5. La Odisea.
    6. La Eneida.
    7. Confesiones.
    8. La Divina Comedia.
    9. El lazarillo de Tormes.
    10. Don Quijote de la Mancha.
    11. Hamlet.
    12. El criticón.
    13. Fausto.
    14. Los viajes de Gullyvert.
    15. La isla del tesoro.
    16. Moby Dick.
    17. Crimen y castigo.
    18. El corazón de las tinieblas.
    19. En busca del tiempo perdido.
    20. Ulises.
    21. Viaje al fondo de la noche.
    22. Rayuela.
    23. El caballero de la armadura oxidada.

2) Según Freud, en los sueños y en los relatos de tradición popular (mitos y cuentos) operan los llamados principios de condensación y de desplazamiento. Explique con sus propias palabras en qué consisten estos principios y ponga un ejemplo lo suficientemente representativo para cada uno de ellos.


    Cuando termine con la corrección ya os diré yo quién entiende y quién no. Aviso, no obstante, de que soy un poco lento a la hora de corregir. Cualquiera de mis alumnos lo puede confirmar. Si alguien considera que no va a ser capaz de contener su impaciencia, le sugiero que utilice el procedimiento de la autoevaluación en base a lo dicho hasta el momento y en base también a lo que se habrá de decir en lo sucesivo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

DESMONTANDO A DOÑA MATEMÁTICA


   Vamos a dedicarle unas líneas a Doña Matemática, a esa señora siempre tan seria, siempre de luto y siempre dándoselas de importante. ¿No habéis notado cómo mira por encima del hombro a las demás asignaturas, como si fuese el mismísimo Coronel Gadafi? Doña Matemática se siente tan superior y tan importante que no soporta que le hablen de su dependencia de la Lógica. Su gran vicio es la presunción. Aferremos, pues, el martillo, tal y como nos enseñó Nietzsche en El ocaso de los ídolos, y propinémosle unos cuantos golpes sobre la panza a ver cómo suena. ¡Toc! ¡Toc! Aire, aire enrarecido después de tanto tiempo aguantando la respiración para conseguir una apariencia más impresionante.
    El Ilmo. Sr. Académico responsable de la letra “M” define el vocablo Matemática, en su primera acepción, de la siguiente manera: `Ciencia deductiva que estudia las propiedades de los entes abstractos, como números, figuras geométricas o símbolos, y sus relaciones.´ La segunda acepción resulta más simple: `Estudio de la cantidad´. Bien. Hemos de reconocer que el día destinado a realizarle la autopsia a la dichosa palabreja el Académico de turno estuvo inspirado y que fue preciso. Las definiciones expuestas demuestran que ese día no estaba de baja y que sus funciones no fueron desempeñadas por algún sustituto interino ávido de posar su pie sobre el firme terreno del funcionariado –todos sabemos que los interinos existen con la única finalidad de tener alguien a quien culpar cuando las cosas no se hacen bien desde dentro de la propia Administración-. Lo único que nos atreveríamos a corregir de estas definiciones es el orden en que aparecen, ya que consideramos que primero debería figurar la más genérica y luego, en segundo lugar, la más específica. Pero, a fin de cuentas, está más que bien. Efectivamente, la Matemática es, básicamente, la ciencia de lo cuantitativo, de lo medible y de lo mensurable. La Matemática es también, como la Lógica, una ciencia formal o deductiva, con la salvedad de que ésta es mucho más fundamental que aquélla. La Lógica es como la semilla que, al desplegarse deductivamente, da lugar a ese tronco fundamental de la Aritmética a base de aportarle sus nutrientes. Estos nutrientes son esos mismos que todo estudiante ha tenido que memorizar alguna vez: idempotencia, propiedad conmutativa, propiedad asociativa, propiedad transitiva y propiedad distributiva. Toda la Matemática está aquí.
    Pero vayamos al grano. Si hemos dicho que la Matemática es una memez, un tierno corderito disfrazado de la más inmisericorde alimaña, ¿qué decir de su mamá? Una memez a la segunda potencia. Si p, entonces q; si q, entonces r; luego, si p, entonces r. A la Lógica, igual que a su descastada hija la Matemática –puesto que no reconoce a su propia madre- le interesa la verdad formal o corrección. Ahora bien, como diría uno de mi pueblo, ¿esto qué es lo que es? Una verdad formal es una verdad venida a menos, una verdad anoréxica y bidimensional. La verdad formal sólo se obtiene sometiendo a una drástica dieta de adelgazamiento a la rolliza y siempre hermosa verdad material, que es la de toda la vida. El Lógico observa la realidad de manera similar a como el Jívaro debe de observar la cabeza de su enemigo. Esta es también, como sabemos, la actitud que adoptan muchos managers del mundo de la moda con las aspirantes a modelo. ¿Cómo suelen actuar estos managers? Lo normal es que se sirvan de los medios de comunicación para convocar lo que en ese mundillo se denomina un casting, que es eso mismo que aquí siempre se ha llamado prueba -¿recuerdan el chiste del cateto que una noche va a cenar a un restaurante de los finos y pide un plato de escargot aux fines herbes?-. De visu el manager realiza una selección previa de todas aquellas modelos que, grosso modo, pueden encajar en el canon de belleza demandado, según ellos, por la sociedad –como si la sociedad fuese un ente individual dotado de voluntad y de gustos volubles-. Después de esta primera criba se dirige a cada una de ellas por separado y les dice lo que no se puede decir en público: “si queréis desfilar por el recto y estrecho boulevard que conduce a la fama y al éxito, tenéis que perder unos quilitos. Cinco o seis estaría bien para empezar. ¿Cómo pretendéis meter esos cuerpos en un traje de la talla treinta y seis?”. ¿Se entiende el símil? Pues bien, algo similar es lo que el Lógico le dice a las rollizas y hermosas verdades con que a diario se entrevista: “Dieta o corsé. Estos son los requisitos para poder desfilar por la pasarela de la exactitud”. Recabemos nuevamente la inestimable ayuda del Diablo Cojuelo y pidámosle que levante la techumbre del Departamento de Lógica del cualquier Facultad de Filosofía y Letras. ¡A ver, Diablillo, que queremos ver con los ojos de la imaginación lo que para los ojos del intelecto resulta invisible! Bien. ¡Gracias por tu diligencia! Veamos: 

LÓGICO: ¡Buenos días! ¡Pase usted! Ya veo que ha leído mi anuncio y que cumple usted con los requisitos mínimos. Buena presencia y, sobre todo, una apariencia de verdad muy convincente. Ahora, como podrá imaginar, viene el pero. Le sobra a usted de aquí y de allí y, además, tiene usted cierto aspecto ambiguo y poco preciso. ¡Exactitud, medida, orden y simplicidad! Estos son nuestros lemas. Por cierto, se me ha olvidado pedirle que se enuncie usted.
VERDAD: “Quien tiene un porqué, siempre encuentra el cómo”.
LÓGICO: ¡Ah! Ya veo que es usted oriunda de una obra de Nietzsche. Magnífico pensador, pero demasiado exuberante. Tanta poesía lo echó a perder. A partir de ahora, si quiere usted formar parte de nuestro equipo y figurar en los manuales donde se explican las Ciencias Exactas, su enunciación será ésta: si p, entonces q.
    El Lógico quiere, pues, una verdad en los huesos, delgadita, delgadita. Pero, ¿acaso no hay verdad también en los michelines y en las patas de gallo?
    A lo largo de la historia han sido muchos los que han sucumbido a los encantos del more geométrico, como, por ejemplo, Descartes, Espinosa, Kant y tantos otros. Todos ellos buscaron exactitud y precisión para contrarrestar de alguna manera el vértigo que le provocaban las arenas movedizas de la existencia. ¡Pobres neuróticos! Intentaron introducir el titubeante cuerpo de sus vidas en los estrechos límites del corsé de la exactitud y terminaron convertidos en un trasunto del hombre máquina de D´Holbac, en la más pura precisión desprovista del pálpito de la vitalidad.
    A Nietzsche también le preocupaba el tema de la salud, pero no se le ocurrió buscar el remedio para sus males en la exactitud, sino en el procedimiento de la inmunización progresiva. Llegó a la conclusión de que el mal de la existencia se cura arrojándose de bruces en sus temidos y gélidos brazos, aceptándola plenamente hasta el punto de querer su eterna repetición. “Todo cuanto se extiende en línea recta miente- le murmuró el enano a Zarathustra-. Toda verdad es curva”. Y a esto nosotros deberíamos añadir lo siguiente: la verdad es poliédrica y, como la cebolla –que nos hace llorar- posee múltiples niveles de profundidad.
    Nietzsche nos ha proporcionado la piedra de toque para discernir la mentira de la verdad. ¿Quién miente aquí y quién no?
   Miente toda moral que despliega a los pies del hombre un camino de perfección que habrá de conducirlo a la consecución de su ideal.
    Miente Newton cuando defiende la infinitud del espacio y del tiempo.
    Mienten todas las historias que conciben la narración como la distancia más corta entre dos puntos en lugar de hacerlo como laberinto o espiral. -¿Desea el lector, realmente, que se le mienta?-.
  Mienten, por supuesto, la Lógica y la Matemática con sus dietas de adelgazamiento y con su hueca y estéril apariencia.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

APOLOGÍA DE LA SENSUALIDAD

   Mamá Naturaleza, siempre tan previsora, instaló sobre el semoviente humano los famosos cinco sentidos para que éste pudiese orientarse por el entorno de manera segura y eficaz, evitándole así los siempre molestos coscorrones contra los troncos de los árboles y los no menos molestos mordiscos del tigre dientes de sable. -Ya sabemos que esto de la vida es una alocada carrera de obstáculos en la que, para mayor ensañamiento, hemos de alcanzar una meta que no sabemos muy bien dónde se halla ubicada. Ocurre, además, que justo antes de que suene el pistoletazo de salida se nos vendan los ojos y  se nos hace girar sobre nuestro propio eje una cincuentena de veces-. ¡Oh, sino cruel!
   Los sentidos han sido diseñados de modo que cada uno de ellos cubra un determinado ámbito de la realidad siguiendo un ordenamiento progresivo. Allí donde no alcanza uno, de seguro que sí alcanza el contiguo. De esta manera se evita que queden zonas de la realidad opacas y oscuras en las que podamos meter el pie de manera accidental y perecer como consecuencia de ello. Se pueden clasificar en función de la mayor o menor proximidad que cada uno de ellos requiere en relación a su objeto específico, formando así una escala que va desde los más primarios y cercanos a los más sofisticados y distantes. Empezando por los más primarios, el orden sería el siguiente: gusto, olfato, tacto, oído y vista. Las facultades cognoscitivas superiores del hombre parten, casi en su totalidad, de los dos últimos, puesto que éstos son los encargados de transmitir la palabra –el logos- bajo las dos modalidades en las que podemos encontrarla, que son la oral y la escrita. Los tres restantes, en cambio, gozan de un prestigio mucho menor debido a que permanecen vinculados a las más primarias funciones de la animalidad. De hecho, a lo largo del proceso civilizador es fácilmente constatable un progresivo atrofiamiento de la operatividad de estos sentidos, sobre todo de los de menor rango. Necesariamente ha de ser así, puesto que, a mayor grado de desarrollo cultural, mayor distanciamiento del hombre en relación a su entorno.
   El sentido del gusto es el más primario de todos debido a que precisa que entre el órgano sensorio –las papilas gustativas- y el objeto sentido exista un contacto total y absoluto. Es más, la sensación derivada de este contacto sólo se produce con la condición de que el objeto sea previamente destruido, dado que el objetivo último es la apropiación del mismo a través del posterior proceso del metabolismo, que no es otra cosa que un convertir en propio lo extraño en aras de la conservación. Desde esta perspectiva, el sentido del gusto no es más que un mecanismo de control y de seguridad instalado en la puerta misma del aparato digestivo con la finalidad de detectar a posibles intrusos que puedan resultar no aptos para el fin señalado. Son, si se nos permite la licencia, como estos seguratas que observamos en las entradas de ciertos edificios públicos  y a quienes se les suele encomendar la labor de evitar la introducción de objetos potencialmente dañinos para las dependencias. Lamer, chupar y morder son las actividades a través de las cuales  conseguimos desprender del objeto destinado a ser ingerido las partículas a partir de las cuales habremos de colegir su idoneidad de cara al fin establecido. -Afortunadamente, a los referidos agentes que velan por la seguridad de los edificios públicos no se les exige un celo similar al exigido a las papilas gustativas-.
   Es indudable que el sentido del gusto y todas estas actividades que le sirven de propedéutica son un ingrediente fundamental en cualquier relación íntima entre dos personas. Abrazar, besar, morder, lamer y penetrar son actos que buscan la fusión e identificación con el otro, y los amantes suelen ser muy conscientes de ello. Véase: ¡Ven acá para acá, hermosa, que te voy a comer enterita! De hecho, no son pocos los que aliñan y condimentan sus juegos sexuales, por aquello de exorcisar la rutina, con productos procedentes de la huerta o, cuando esto no es posible, directamente del supermercado: fresas, nata, miel, chocolate líquido…¿foiegras? -¡Qué horror!-. ¿Recuerdan la escena del huevo en la película El cartero de Neruda? -¿O era una pelota de futbolín?- ¿Recuerdan la escena del huevo en la película El imperio de los sentidos? Sin lugar a dudas, un objeto tremendamente interesante y, sobre todo, tremendamente polifuncional. En fin, no es necesario redundar  más en ciertos detalles que todo el mundo conoce y que, por lo general, sólo trascienden los límites impuestos por el recato y por el pudor a través de las imágenes suministradas por la siempre b(f)oyante industria de la pornografía –otra, como la turística, que tampoco parece afectar las consecuencias de la crisis. Es más, está comprobado que el único efecto que producen las grandes catástrofes sobre la libido es el de su intensificación y enervamiento. Cuando las personas le ven las orejas al lobo o cuando barruntan la inminencia del fin suelen reaccionar intensificando exponencialmente su actividad sexual, quizás por aquello de poner a salvo el propio bagaje genético, lo único realmente importante desde el punto de vista de la especie-.
   El sentido del olfato, por su parte, no requiere de un contacto directo con el objeto, pero sí de una proximidad relativa que permita que las moléculas desprendidas por éste puedan ser captadas por el órgano sensorio situado en el interior de las prominentes e inquisitivas narices -¡¿Qué asociaciones no se producirían en el interior de la siempre retorcida mente de un psicoanalista?! Cyrano de Bergerac, Pinocho, Ovidio Nasón y don Luis de Góngora. Pregunta del millón: ¿Existe alguna relación entre esta septentrional prominencia y aquella otra más meridional y, por supuesto, siempre más prominente? Los estudios de campo realizados por un servidor parecen apoyar de manera incondicional la respuesta afirmativa. ¡Que le pregunten si no al Tristram Shandy de Sterne!-. El sentido del olfato sería más primario que el del tacto porque también requiere de una apropiación química, cosa que en el caso de este último no ocurre.
   ¿Qué decir de la relevancia del olor en el exclusivo y estrecho ámbito del contacto carnal? -Se trata de, posiblemente, el más reducido ámbito en donde se puede entablar una relación entre dos personas y, al mismo tiempo, por paradójico que parezca, del ámbito que parece admitir mayor variedad en cuanto a casuística combinatoria-.  Los seres humanos hemos perdido la capacidad que poseen todos los mamíferos superiores para detectar a distancia, mediante el olfato, si una hembra se encuentra en actitud receptiva o no. Tal como decíamos más arriba abusando un poco de la socorrida imaginación, es indudable que en el caso de las personas el estado de excitación sexual también hace que las glándulas ubicadas en la región genital segreguen determinadas hormonas –las manidas feromonas- con la finalidad de comunicar a los posibles candidatos la actitud proclive para la cópula. Ya sabemos que la Naturaleza ha querido que sea la hembra la encargada de atraer al macho de esta manera. Estas hormonas actúan en la hembra como una especie de reclamo publicitario, como si fuesen un enorme cartel con luces de neón que llevasen sobre la cabeza y en el que se pudiese leer desde una distancia de varios cientos de metros el texto HEMBRA EN CELO –con una flecha igualmente luminosa apuntando directamente hacia la susodicha-. Y, como resulta que todos los ejemplares machos hemos sido dotados con potentes radares diseñados expresamente para detectar el más leve indicio de lubricidad femenil dentro de un radio de varios kilómetros a la redonda, en cuestión de pocos segundos la receptiva reina se ve rodeada por todo un enjambre de zánganos consumidos por los ardores del celo y, por supuesto, más que proclives a sucumbir a sus requerimientos. Pero todo esto, como hemos dicho, en la especie humana ya no es como era en los orígenes. El exceso de higiene, el abuso de cosméticos y la contaminación ambiental de las ciudades son los principales responsables de que el olor ya no juegue el papel tan relevante que, de seguro, jugaba hace tan sólo unas decenas de miles de años. Nos hemos empeñado en borrar de nuestro organismo cualquier indicio de animalidad, cualquier cosa que nos haga recordar nuestros humildes orígenes, y la primera víctima de esta santa cruzada realizada en nombre del inodoro espíritu ha sido, evidentemente, el olor corporal. Es indudable que la eliminación del rancio olor a sobaquina mediante los distintos procedimientos profilácticos e higiénicos es una conquista de la civilización ante la que todos debemos sentirnos orgullosos –unos más que otros, claro-, pero el problema radica en que la higiene no discrimina entre olores de distinta naturaleza. ¿Es realmente deseable el hecho de que nuestro olfato ya no sea capaz de evaluar el grado de excitación sexual de la chica que viaja sentada en el asiento contiguo al nuestro? Si los ejemplares machos pudiésemos contar con las siempre certeras indicaciones de los efluvios corporales, es posible que, al prescindir de inútiles rituales de cortejo, nos ahorraríamos un tiempo precioso y, en más de una ocasión, algún que otro guantazo.
   Dado que en la actualidad el sentido del olfato ha dejado de ser operativo de cara a propiciar el encuentro entre machos y hembras con fines reproductivos, como siempre ocurre, la Naturaleza se ha visto forzada a compensar esta discapacidad reforzando algún otro sentido. En la especie humana, de hecho, podemos constatar que las funciones antaño encomendadas a los sentidos inferiores han pasado a ser responsabilidad de los superiores. ¿Cómo sabemos actualmente si el ejemplar del sexo opuesto que tenemos justo delante está en actitud receptiva? Fundamentalmente, a través de la información que nos llega a través de los ojos: vestimenta, maquillaje, gestos, actitudes, miradas…y, ya por último, en función de su mayor o menor cercanía. La industria de la perfumería, consciente de la relevancia significativa del olor para los seres humanos, ha sabido sacarle partido a la pérdida ocasionada en este sentido por la práctica generalizada de la higiene. Evidentemente, no es lo mismo un olor artificial que uno natural, pero, en el fondo, de lo que se trata es de crear una serie de sucedáneos que suplan de alguna manera las funciones antaño detentadas por los olores naturales. Si la esencia de feromonas se pudiese sintetizar en un laboratorio de manera similar a como se hace con los distintos perfumes, habríamos dado con la panacea, con la piedra filosofal de lo oloroso.
   Uno de los aromas más intensos y profundos que se puede experimentar es el que exhala el cuerpo de un libro viejo cuando se lo abre en dos delante de nuestras narices. Es como si sus íntimos pliegues hubiesen almacenado la sustancia y la savia de todas las cosas a lo largo de los siglos. Otro aroma,gual de relevante, es el que procede de los pliegues y recovecos del cuerpo del ser amado cuando, igual que el libro, es abierto en dos durante los preliminares del deleite.

domingo, 25 de noviembre de 2012

SÍNDROME DE LA GALLINA HIPNOTIZADA


   Si es usted profesor o trabaja en contacto directo con los jovencitos en proceso de puberización, habrá reparado en esa chavala de nombre impronunciable que, con la cabeza gacha, y cada vez que la ocasión se tercia, canaliza sus cinco sentidos en una mirada rectilínea que apunta hacia un algo situado entre el pupitre y su propio cuerpo, hacia un algo que todos sabemos que no es un libro -cinco segundos es mucho tiempo para dedicárselos a un libro-. Habrá reparado en el dato de que no sólo no parpadea, sino que, además, ni siquiera habla con su compañera, siendo ella la mismísima personificación de la locuacidad. Habrá tenido que reprimir la tentación de golpearle en la frente con los nudillos -¡toc, toc…!- para a continuación inquirir: ¿hay alguien ahí?. Se habrá acordado usted de esos personajes de las películas de marcianos que vuelven a la tierra después de haber sido abducidos y que miran sin ver porque sus mentes han sido reprogramadas en el interior del platillo volante. O quizás se halla acordado de la gallina hipnotizada mediante el procedimiento de trazarle una raya con tiza justo delante de los ojos.
    El fenómeno, ciertamente, no es exclusivo de los más jóvenes. Los abducidos por la tecnología son legión y los podemos encontrar en cualquier lugar del mapa, por recóndito o reservado que éste sea: en el cercanías, en el autobús, en el metro, en el avión, en el talego, en los despachos, en el parque, en el restaurante, en la playa, en la cima del Kilimanjaro, en el váter, en el paritorio, en el velorio… De hecho, es muy probable que usted mismo sea uno de estos, dado que el fenómeno es ya pandemia.

    He decidido sentarme delante del portátil y redactar estas líneas porque el otro día caí en la cuenta de que no es normal que un fenómeno social tan difundido carezca de nombre. ¿Cómo podríamos llamarlo sin necesidad de bajarse los calzones echando manos del inglés? Mis propuestas son estas dos: Síndrome de la Gallina Hipnotizada o Trastorno de Abducción Tecnológica.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

UNA RADIOGRAFÍA DEL MOMENTO PRESENTE


   La historia de la humanidad, desde la aparición de los primeros ejemplares de Homo Sapiens Sapiens hasta la actualidad, es un largo proceso en el que podemos observar claramente cómo los márgenes de la llamada juventud se han ido ampliando progresivamente, hasta el punto de haber llegado a copar casi la mitad del monto total del tiempo vital que a cada cual se le ha asignado. Nos da la impresión de que en la actualidad las etapas de la vida ya no son esas cuatro que, según los poetas clásicos, se correspondían con las estaciones del año. Hoy en día habría que hablar de dos: el verano de la juventud y el invierno de la vejez. Es más, habiéndose simplificado tanto las fases que ha de recorrer cualquier ser humano a lo largo de su vida, el tránsito de una a la otra sólo se puede producir mediante un salto, en modo alguno de manera gradual como antiguamente. Es decir, que te puedes acostar siendo un jovencito y levantarte a la mañana siguiente convertido en un auténtico carcamal.
    Ocurre, además, que la prelación de antaño se ha invertido. Infancia, juventud y madurez eran concebidos como peldaños que había que ir subiendo progresivamente hasta alcanzar lo que entonces se concebía como el lugar preeminente de la vejez. Pero ahora todo esto ha cambiado y el único estado digno de preeminencia y de respeto parece ser el correspondiente a la juventud. Los psicólogos han acuñado el término Síndrome de Peter Pan para aludir de alguna manera a esta nueva afección de tantos miembros de la sociedad. Si la infancia y la juventud son el modelo de referencia, es necesario pensar, hablar, vestir, divertirse y gesticular tal y como lo hacen los jóvenes. Es necesario, además, borrar de nuestro físico cualquier huella que nos convierta en sospechosos de intrusismo generacional, y de aquí el auténtico boom que están viviendo los talleres dedicados al tuneado de la maquinaria anatómica. El ideal de muchos abuelos –de los más pudientes, por supuesto- es poder dejar al morir un cuerpo lozano y de buena apariencia. Pero no siempre se trata de esto. Es posible también que algunos de ellos, al presentir la proximidad de la Parca, decidan hacerse una puesta a punto para así hacerla dudar y conseguir una pequeña prórroga para el inevitable encuentro. ¡Quién sabe! ¿Se imaginan a la Muerte plantada ante la ambigua figura de uno de estos abuelos víctimas de lo fashion y del tuneado anatómico? ¿Se la imaginan rascándose inquisitivamente la calavera con las descarnadas falanges de los dedos corazón e índice dudando de si el lozano ejemplar que tiene delante ha agotado realmente su cupo vital?
    Pero si existe un factor que contribuya como ningún otro a la difusión de este tipo de mentalidad, ése es, sin ninguna duda, el de la Globalización. La Globalización, para quien no lo sepa, no es otra cosa que la difusión a nivel mundial de la cultura de masas norteamericana –la cultura normativa o alta cultura es algo distinto y, por supuesto, bastante minoritario-. La de masas es una cultura que funciona a nivel de lo que Piaget denominó pensamiento operante o concreto, que es el que suele localizarse en los niños de entre siete y doce años. Consiste, básicamente, en vincular los procesos mentales con los relacionados con la manipulación manual y, si se nos permite la licencia, visual. El niño es empirista y sensualista por naturaleza, en el sentido de que no es capaz de echar a andar la maquinaria del razonamiento sin contar con la presencia de una serie de modelos concretos en los que se ejemplifique el proceso. Es decir, eso de: Mira, nene. Como ves…, ¿lo ves?..., en esta mano tengo dos naranjas y en la otra tengo tres. Si cojo las naranjas de mi mano izquierda y las pongo junto a las naranjas de la mano derecha, al final resulta que tengo cinco naranjas. ¿Ves? ¡Compruébalo por ti mismo si quieres!. Pues bien, este tipo de pensamiento vinculado a lo visual es el único que puede ser difundido con eficacia a través de los medios de comunicación de masas, puesto que es el único al que puede acceder la mayoría. En el fondo, evidentemente, se trata de una cuestión relacionada con el marketing, con el llamado arte de vender. Los productos que interesan a cuatro gatos, por muy interesantes y exclusivos que puedan resultar, no son dignos de circular a través de los medios de comunicación de masas, puesto que no resultan rentables.
    El criterio de la mayoría –o de los sedicentes intérpretes de las mismas- es el auténtico lecho procústeo para cualquier creación del espíritu humano, pero un lecho que ya no funciona como antaño, dado que en la actualidad sólo se aplica a aquellos productos que exceden el umbral máximo establecido por las masas. Aquéllos que no encajen dentro de sus límites predeterminados deben ser sometidos a una cura de humildad, a un proceso de jivarización que reduzca considerablemente su complejidad cualitativa. Sólo después de este proceso el producto puede ser marcado con el sello de DISNEY LAND, Made in USA, un sello que le permite circular libremente a lo largo y ancho del circuito de la globalización comercial y, al mismo tiempo, un indicativo de que es apto para todos los públicos. Toda obra, por tanto, ha de ser elaborada atendiendo al criterio prescrito por lo juvenil, que no es otro que el de las masas, el cual, a su vez, coincide a la perfección con el de lo comercial. Pensemos, por ejemplo, en una película, en una canción o en una novela. ¿Qué requisitos han de cumplir para gozar de la aceptación del público y convertirse en un fenómeno de superventas, en una auténtica mina de oro? No es necesario romperse demasiado la cabeza para dar con la mágica fórmula del éxito: mucha simplicidad argumentativa, una pizca de intriga, acción trepidante y abundante, predominio de lo visual-sensitivo sobre lo intelectivo, protagonistas jóvenes y hermosos que se ven envueltos por las brumas de lo marginal y extraño, presencia machacona de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y, por supuesto –esto es de lo poco que se mantiene inalterable- mucho amor y un poquito de sexo. Introdúzcanse todos estos ingredientes en la coctelera, agítese a continuación con cierto esmero y ya tenemos ahí a nuestra obra a punto de ser abrazada por los ávidos y lubricados brazos del Mercado.
    Pero el Mercado es insaciable. Es como el mítico Minotauro del laberinto, que cada equis tiempo exigía su correspondiente ración de hermosa juventud virginal. A toda víctima que ha de ser ofrecida en holocausto se la recibe con los brazos abiertos y haciendo ostentación de las más refulgentes sonrisas, se la cuida, se la mima, se la agasaja y, finalmente, se la baña, perfuma y maquilla para que en el momento de la inmolación ofrezca un aspecto inmejorable. El suyo, y ellas lo saben, es un éxito efímero. En el fondo todas han hecho suya la filosofía popular de nuestro tiempo: quince minutos de gloria a expensas de lo que sea, reina por un día o, como dicen en México, mejor tres años como un rey que cincuenta como un buey.
    Vivimos, pues, bajo la dictadura de lo efímero, del usar y tirar, de lo desechable y caduco. Se valora lo novedoso por la sencilla razón de que es novedoso, pues lo nuevo y distinto, lo moderno, siempre ha sido el principal reclamo para los consumidores potenciales. ¡¿Qué más da la calidad del producto si no aspiramos a que perdure?! De lo que se trata es de adquirir y gastar para volver a repetir inmediatamente el mismo proceso. Y así, hasta el fin de nuestros días.

domingo, 18 de noviembre de 2012

CONOCIMIENTO Y DOLOR


    La conciencia es una ventana abierta al mundo que nos permite contemplar todo esa realidad que rodea al hogar de nuestro YO. Se trata de una capacidad que, en cierto modo, el hombre comparte con otros muchos animales, concretamente, con todos aquellos que se orientan mediante los sentidos. Pero hay una diferencia muy importante entre la conciencia animal y la humana: aquélla es una flecha que apunta siempre en dirección al mundo objetivo, es una pura transitividad que recae sobre el correspondiente complemento directo; la conciencia humana, en cambio, tiene la capacidad de tornarse reflexiva y, por tanto, de considerar al propio sujeto como objeto de su interés. Es decir, los animales conocen, pero sólo el hombre conoce que conoce, sólo el hombre es capaz de hacer abstracción de su interés por el mundo y volcarse plenamente en el escrutinio de su propia realidad interior. Esta es la gran diferencia, la gran ventaja del hombre y, al mismo tiempo, su gran inconveniente y su cruz, pues no sería descabellado afirmar que la autoconciencia es la principal causa del sufrimiento humano.
    Todos los hombres desean por naturaleza saber, dejó sentenciado Aristóteles en los prolegómenos de su Metafísica. Como la necesidad de conocimiento es una cualidad que está incrustada en la propia médula de la esencia humana, se entiende que el hombre pueda experimentar placer como consecuencia del acto de comprender y de saber el porqué de las cosas, es decir, que una buena parte de la felicidad de la que es capaz derive directamente de su capacidad intelectiva. Aristóteles podría haber sintetizado sus ideas al respecto en una fórmula sucinta que dijese algo así como: “El grado de felicidad de que es capaz un hombre es directamente proporcional a su grado de intelección”. Quienes saben serían más felices que los que no saben. Pero tenemos la impresión de que al Estagirita se le pasó por alto un dato de suma relevancia: ¿acaso no es cierto que cuanto más sabemos más conscientes somos de lo que ignoramos? No tenemos ninguna duda al respecto. Y, como resulta que la ignorancia se identifica con la infelicidad, al final resulta que la tesis de nuestro filósofo queda anulada por el procedimiento de reducción al absurdo: saber nos hace felices y saber nos hace infelices. ¡Una pura contradicción!
    El conocimiento, especialmente el de tipo reflexivo, es la principal causa de dolor y de sufrimiento para el hombre, el pecado original que ocasiona la expulsión del paraíso terrenal de la infancia inocente e irreflexiva. Quien añade conocimiento, añade dolor, sentenció el Eclesiastés.
    De estas ramificaciones de mi enmarañado discurso se desprende, como un fruto maduro al final de la canícula, toda una terapéutica: a la salud –del espíritu, al menos- a través del ofuscamiento de la conciencia. ¡Qué gran terapeuta debió de ser el tal Cómodo! ¿Que por qué? En primer lugar, conjeturó que el origen de la enfermedad de la existencia radicaba en la excrecencia tumorosa del conocimiento, y de ahí, quizá, que se decidiera a liquidar a su padre Marco Aurelio, seguramente no por cuestiones de poder, sino por el simple hecho de ser el autor de las Meditaciones, uno de los muchos virus oportunistas de la época mutado a partir de aquellos otros diseñados a conciencia por toda la caterva de filósofos griegos en el perverso alambique de sus ociosas mentes. Además, una vez extirpado el tumor, tuvo la felicísima ocurrencia de administrar un tratamiento paliativo de una eficacia tal que aún hoy en día se sigue utilizando: dictaminó que el hueco ocasionado por la cruenta intervención amputadora debía ser rellenado, día tras día, mediante altas dosis de pan y circo, el sedante de mayor eficacia que uno pueda imaginar. Por estas razones, por lo tanto, solicitamos desde aquí al Ilustre Colegio de Médicos y Farmacéuticos del país –si no existe, que alguien lo invente-, que incluyan al denostado Cómodo en el listado que recoge a los representantes más egregios de la historia de la medicina paliativa. Es de justicia que su busto de mármol inmarcesible aparezca junto a los de Hipócrates, Galeno, Pasteur, Semmelweis, Sinmund Freud y Patarroyo.

*

    Dicen que si tomamos un alacrán y lo colocamos en el interior de un círculo de fuego, él mismo, temiendo morir abrasado, se inyecta su propio veneno y muere. Pues bien, la autoconciencia del hombre, su capacidad de reflexión, es su propia cola de alacrán preñada de veneno. La diferencia entre el proceder del hombre y el del siniestro y especulativo animalejo radica en que éste se mata por sobredosis al inocularse todo el veneno de una sola vez, en una única dosis, mientras que aquél prefiere hacer lo mismo de manera gradual y progresiva, es decir, inyectándose una pequeña cantidad de veneno cada equis tiempo, consiguiendo así el paradójico efecto de la inmunización. Filosofar, pensar, -dijo el filósofo- es aprender a morir. ¿Y si la capacidad de raciocinio no fuese sino una tara psíquica consecuencia directa de la endogamia de nuestros primeros padres?

    Saber o no saber, ésta es la cuestión, amigo Hamlet. ¿Es el conocimiento un premio o un castigo? No me resisto a cerrar esta digresión de alto voltaje filosófico haciendo alusión a las conjeturas del desgraciado y neurótico J. S. Mill sobre este respecto. En su Autobiografía podemos leer lo siguiente: “Un ser de facultades superiores requiere más para ser feliz, es probablemente capaz de más agudo sufrimiento, y ciertamente accesible a él en más puntos, que uno de un tipo inferior; pero, pese a estos riesgos, nunca puede realmente desear sumergirse en lo que le parece un grado inferior de existencia”. Y en otro lugar, por si lo anterior no se ha entendido, dejará caer un mazazo que ya no deja resquicio alguno para la duda: “Prefiero un Sócrates insatisfecho a un cerdo satisfecho”.
    Cómodo el misósofo versus el filósofo Mill. La DUDA, siempre la duda, esa cola de alacrán preñada de veneno que se cierne sobre nuestras cabezas como un siniestro signo de interrogación, como una pregunta sin respuesta.

lunes, 5 de noviembre de 2012

TEORÍA DE LA INVOLUCIÓN


   Existen muchos animales fascinantes, como la sensual y enigmática pantera de elástico caminar, el broncíneo escualo de infernal mirada o el vigoréxico rey de la selva, pero ninguno de éstos podrá jamás ocupar el alto pedestal que en mi imaginario personal ocupan las aves de presa. En el fondo, muy en el fondo, se trata de una cuestión de altura, de verticalidad, de estar o no estar sujeto por ese cable de acero con que la ley de la gravedad somete a la mayoría de las criaturas. Pesadez o ligereza, materia o espíritu, en esta disyuntiva radica la cuestión. Trascender la pesada materia de la que estamos hechos y contemplar el mundo de abajo como un todo mediante un único golpe de visión siempre ha sido la aspiración suprema del filósofo. Contemplar el mundo desde el punto de vista de la Divinidad, igualarse con Dios siguiendo el ejemplo de las aves, ¡casi nada! Téngase en cuenta, no obstante, que al decir que las aves en general, y las de presa en particular, han de ser vistas como un símbolo del nexo existente entre el hombre y Dios, no hemos pretendido sugerir, ni mucho menos, que ambos se caractericen igualmente por esa misma condición depredadora, aunque en materia de antropología y de teología haya opiniones para todos los gustos.
    En general, el conjunto formado por la totalidad de los seres vivos también es susceptible de ser dividido en otras dos subcategorías, y no me refiero a eso del reino animal y del reino vegetal, me refiero a esto otro: los que comen y los que son comidos. ¿Qué es la vida animal si hacemos abstracción de la excepción que en el orden natural supone la emergencia del espíritu en el hombre? Schopenhauer tenía una opinión muy clara al respecto: unos afilados colmillos ensangrentados que devoran un cuerpo que es el suyo propio.
    Pero no nos pongamos tremendistas. Si el primer puesto del escalafón yo lo tengo reservado para las aves de presa, es de lógica plantearse a continuación a qué especie le corresponde el más ínfimo de los peldaños. ¿Quizás a la lombriz? Hay razones muy poderosas para sospechar de este vil animalejo, puesto que es viscoso, se arrastra bajo tierra alimentándose de desperdicios, vive completamente ajeno a la luz y, para colmo, no vuela. Pero no, no se trata ni de la lombriz, ni de la cucaracha ni de la zarrapastrosa rata. ¿Quieren ustedes, estimados lectores, hacer uso del comodín del público?...¿Sí? Pues no se lo aconsejo. La opinión de la mayoría es importante de cara a la elección de nuestros representantes políticos, pero en lo que atañe a las cuestiones más peliagudas de la existencia es completamente inoperante y lo único que suele conseguir en este orden es multiplicar por mil lo que en su origen es un simple error. Respondo yo mismo, por tanto, a la difícil pregunta: el animal que más me desagrada es el mono. ¿Que por qué? Pues porque siempre lo he visto como una persona venida a menos, como el resultado final de una especie de evolución a la inversa. Y ahora, la pregunta del millón: ¿Quién desciende de quién, el hombre del mono o el mono del hombre? A pesar de lo afirmado unas líneas más arriba, cualquier persona con dos dedos de frente y con ojos en la cara sabe que la única teoría realmente confirmada hasta la saciedad es la que defiende el origen humano de los actuales primates superiores. Son muchas las pruebas que lo confirman. De hecho, los efectos de esta involución se perciben a simple vista sin necesidad de coger una insolación escarbando en un secarral en busca de cuatro huesitos, basta con salir a la puerta de la calle y observar con cierto detenimiento la conducta cotidiana del personal. El botón de muestras de rigor, para que no haya lugar para la duda: decidimos acudir al parque de la esquina antes de que el hipervitaminado e hipermineralizado niño acabe con la paciencia del padre, de la madre y de toda la cohorte circundante de vecinos. Acudimos al lugar pensando lo que todo progenitor suele pensar en estos casos: “a ver si se harta de retozar y cae rendido tempranito en los brazos de Morfeo, que vaya si hace tiempo que mi Pili y yo…” ¡En fin…! Total, que arribamos al susodicho parque y… ¿en qué reparamos nada más llegar?, pues en un venerable padre de familia, seguramente harto también de bregar con el mocoso durante toda la tarde canicular, - tiene la mala suerte de encontrarse de vacaciones- que, con gesto monótono y displicente y la mirada perdida en un imaginario horizonte, se dedica a la práctica de ese deporte de muchos españoles consistente en la monda y posterior ingestión de pipas. Hasta aquí, nada de particular. Pero sigamos observando con detenimiento los gestos y la compostura del espécimen seleccionado para llevar a cabo nuestro trabajo de campo con el rigor y meticulosidad que las ciencias experimentales exigen. Si afinamos el instrumental de los sentidos, podremos apreciar un detalle de enorme relevancia que a punto hemos estado de pasar por alto: el ejemplar no está sentado sobre las tablas que para tal fin suelen ser dispuestas por todos aquellos que se dedican a la fabricación de este tipo de mobiliario urbano –objeto por el que, dicho sea de paso, los vándalos de todas las latitudes suelen sentir una especial debilidad- sino que se halla encaramado directamente sobre el tablero vertical y ligeramente reclinado habitualmente destinado a dar apoyo y sostén a las, por lo general, fatigadas espaldas de la clase trabajadora, de tal manera que ninguna de las partes de la compleja anatomía humana está ocupando el lugar que las más elementales normas de urbanidad le tienen prefijado. O sea, los pies usurpando el lugar de las posaderas y éstas, a su vez, el destinado a la región lumbar. Pero aquí no acaba la cosa. Seamos pacientes y sigamos observando a nuestro ejemplar con detenimiento y cierto disimulo, no sea que se sienta blanco de nuestras miradas y se nos espante. Otro dato que nos llama tremendamente la atención es el gesto espasmódico-compulsivo consistente en desplazar rítmicamente el brazo del paquete de pipas a la boca y de la boca al paquete, tal y como suelen hacer todos los primates cuando se dedican a la filantrópica tarea de despiojar al vecino. Finalmente, por aportar una última prueba a favor de nuestra tesis inicial, debemos llamar la atención sobre el hecho de que la base del referido leño sobre el que se halla encaramado el homínido aparezca alfombrada con todas y cada una de las innúmeras mondas del dichoso y altamente adictivo fruto del girasol, habiendo, como de hecho ocurre, una hambrienta papelera al alcance de la mano.
    Si alguien siente curiosidad por observar al ser humano en ese estado primigenio y original hacia el que caminamos –según todos los indicios-, que acuda a cualquier parque infantil o, si esto no es posible, a cualquier lugar destinado a dar satisfacción de manera expedita a las necesidades gregarias consustanciales a cualquier homínido: a una playa a las cuatro de la tarde durante un mes de agosto, a una plaza pública tras la caída de la tarde, a una sala de conciertos o a la sala de estudio de la biblioteca municipal –preferentemente, durante los días previos a los exámenes de septiembre-. Los gestos y ademanes que podemos observar en lugares como estos en poco o nada se diferencian de aquellos otros que podemos observar en el zoológico: esos dos de enfrente que se desparasitan mediante el sucedáneo del chismorreo, el cachas hiperhormonado de camiseta entallada que alardea ante las indiferentes y asqueadas féminas de su presunta potencia genésica, aquel otro de más allá que presume de lo mismo aparcando su flamante vehículo en la puerta misma del recinto para que todo el mundo lo pueda admirar, la damita impaciente por dejar atrás su pubertad y cuya recoleta faldita es un semáforo que oscila continuamente del rojo al verde y del verde al rojo…En fin, todos desviviéndonos siempre por eso mismo por lo que se desviven nuestros parientes irracionales: por aver mantenençia y por aver juntamiento con fembra plazentera, tal y como dijera ese guasón genial que fue el Arcipreste de Hita.
    Podemos aprender muchísimo acerca de nosotros mismos observando a nuestros parientes los animales, símbolos del pasado para todos y, según todos los indicios, del futuro para algunos.

lunes, 29 de octubre de 2012

ÉTICA DE LA DESMESURA


   La cuestión que nos disponemos a abordar no es nueva en las páginas de este blog. Fue ya planteada en la entrada titulada Apología de Epicuro de manera general e imprecisa, por lo que hubo de ser retomada y precisada en otra entrada posterior que llevaba por título Sobre la dignidad del hombre. Si retomamos la cuestión una vez más, ello se debe a que tenemos la impresión de que el asunto guarda aún muchos implícitos oscuros que piden ser mostrados y exhibidos bajo la luz cenital del Logos.
    Las éticas tradicionales, tanto las materiales como las formales, gravitan en torno a los conceptos de virtud y deber. Las materiales, como la eudemonológica de Aristóteles, entienden la virtud como término medio, como una vía estrecha entre dos extremos que es preciso transitar para poder alcanzar por fin la tan deseada meta del Bien Supremo o Felicidad –eso mismo a lo que algunos aludimos con el significativo sintagma la zanahoria del burro-. Las éticas formales, como la estoica y la kantiana, se centran en el deber, en un deber incondicional que no se sabe bien de dónde viene – aunque Darwin y Freud podrían decir mucho al respecto- y que pende sobre la conciencia de los individuos como, según dicen, pendía la famosa espada sobre la cabeza del desdichado Damocles.
    Esta dicotomía en el seno de la Ética, imprecisa y difusa durante muchísimo tiempo, quedó perfectamente establecida y perfilada en el siglo XVIII gracias a la labor de Kant. Desde entonces, constituye el principio teórico vertebrador en la mayoría de los manuales de Ética escritos ad usum Delphini.
    Ahora bien, ¿es cierto que todas las posturas éticas son susceptibles de ser reducidas a uno de estos dos planteamientos? ¿Es cierto que ambos se oponen de una manera tan radical como se nos ha hecho ver? Nosotros consideramos que no. Materialismo y formalismo tienen un sospechoso aire de familia que nos hace sospechar de un origen común. En efecto, ambas son éticas eminentemente restrictivas para la acción. ¿Qué son la virtud y el deber sino los grilletes y los yerros con que tratan de inmovilizar a sus prosélitos y adeptos?
    Pues bien, frente a las éticas de la restricción, de la sumisión y de la necesidad, nosotros proponemos aquí una ética de la amplitud, de la libertad y de la posibilidad. Proponemos, además, una ética capaz de recuperar algo tan necesario como lo es la comunicación entre praxis y teoría, entre el hacer reflexivo y el conocer, todo ello en la línea de una teoría vivencial que aspira a vivir lo pensado y a pensar lo vivido en un proceso de retroalimentación progresiva. Esto es lo que llamamos Ética de la desmesura y del libertinaje.
    De lo que se trata, básicamente, es de derribar todas esas empalizadas y tabiques levantados por los Otros –Iglesias, Gobiernos, Tradiciones varias…- a lo largo de la Historia con el fin de conducirnos a todos hacia el redil donde se nos ha de marcar a fuego para luego castrarnos. De lo que se trata es de rechazar el freno que nos colocaron nada más nacer y que durante tantos años hemos tenido que soportar. Porque el mundo es mucho más ancho de lo que se nos ha hecho ver.

    Pero, al mismo tiempo que Kant daba los últimos retoques al impresionante edificio de la cultura occidental, un grupo de individuos, ocultos tras las sombras, iniciaba su labor de zapa. El siglo XVIII marca un máximo, pero también un mínimo. La exacerbación de los principios racionales implícitos en la ratio socrática arroja a los seres humanos del lado del más allá, a un lado que, en realidad, es un más acá. Recuérdense las palabras de Nietzsche: la verdad es curva y todo lo recto miente. El apogeo de lo racional y medido, de la virtud y del deber, desemboca irremisiblemente en el despertar y en la manifestación de todo lo reprimido y oculto bajo su esplendor. Materia, Voluntad y Carne frente a Espíritu, Inteligencia y Alma. Estas son las distintas epifanías de la nueva deidad que poco tiempo antes había sido anunciada por materialistas y libertinos. El Romanticismo es su puesta de largo.
    La palabra libertinaje está cargada de connotaciones negativas, en buena medida por culpa de Sade, pero creemos que merece ser rescatada del cuarto oscuro de la Historia y restituida al lugar que le corresponde. Debe quedar claro que el divino marqués no nos representa y que no tenemos ninguna deuda con él. La Psicopatología es el único lugar donde no desentona. El libertinaje que defendemos, en realidad, es la exacerbación de la libertad y el libertino, en consecuencia, el individuo capaz de ir más allá de los estrechos límites impuestos por los Otros en nombre de determinadas instituciones y tradiciones. Será libertino, por tanto, quien pretenda dilatar los márgenes de la experiencia vivencial.

    Hay una serie de cuestiones que quisiéramos despejar:
    En primer lugar, ¿está justificada la actitud del libertino? Creemos que sí. Todas las Éticas y todas las Morales han de ser vistas como respuestas adaptativas de las sociedades a las condiciones del momento. Pero, como sabemos, estas respuestas puntuales suelen experimentar un proceso de reificación que las vuelve autónomas e independientes y que, a fin de cuentas, es la causa de la apariencia de eternidad con que todas ellas se suelen presentar. Ocurre, además, que estos constructos culturales, al ser transmitidos por la tradición a las generaciones futuras, se convierten en un instrumento de represión superflua en la medida en que sus exigencias no tienen en cuenta las circunstancias de la nueva situación. La Moral Tradicional, por tanto, nos impone prohibiciones que en los tiempos que corren ya no tienen sentido, por la sencilla razón de que las circunstancias sociales, políticas y económicas han cambiado.
    En segundo lugar, ¿quiénes son los destinatarios de esta ética de la desmesura y del libertinaje? Evidentemente, no todos. Es la nuestra una Ética que va destinada a esa inmensa minoría de la que hablara Juan Ramón Jiménez, a esos pocos que, tras una larga estancia en las gélidas regiones donde mora el Espíritu, deciden descender en busca del calor de la costa con la intención de testar la calidad de los saberes allí conquistados. Para los demás, para la mayoría, para los más jóvenes y para aquellos que no han la paciencia que se requiere para encumbrar el empingorotado mundo de las ideas, lo mejor es continuar transitando por la estrecha y segura senda trazada por el deber y la virtud. 
    En tercer lugar, ¿cuáles son los límites? Los límites, como en la ética tradicional, vendrán marcados por los intereses del prójimo. 


    Echemos mano, una vez más, de nuestro Diccionario lúdico-filosófico, que siempre tiene una respuesta para todo:

VIRTUD.- 1. Desfiladero estrecho y escarpado que transcurre entre dos precipicios. Es el sendero por el que deben transitar quienes aspiran a disfrutar de la tibia temperatura del redil. 2. Pértiga que la mayoría utiliza para mantener el equilibrio sobre la cuerda floja de la vida. 3. Hierro candente con que se marca al ganado. 4. Molde utilizado para producir hombres en serie.

domingo, 21 de octubre de 2012

EL CANON OCCIDENTAL


   El fenómeno de los cánones literarios no es nuevo, ciertamente. Lo que sí es nuevo es el hecho de que estos se hayan convertido en los últimos tiempos en un fenómeno social de moda.
    El canon occidental, de Harold Bloom, es, como sabemos, la obra responsable de esta suerte de histeria colectiva que parece haberse adueñado de la voluntad de los profesionales de las letras, tales como profesores, críticos, editores y, cómo no, lectores. Uno de los síntomas más evidentes de la nueva manía es el revival de otros cánones anteriores a los que en su momento no se prestó la atención debida. ¿Quién se acordaba, hace sólo unos años, de obras como Mímesis, de Auerbach; de Si mi biblioteca ardiera esta noche, de Aldous Huxley; o del capítulo VI de El Quijote? Nadie. A lo sumo, cuatro gatos bibliópatas y diletantes.
    El Canon de Bloom, como todo canon, es una obra parcial y sesgada. Es, si se nos permite la valoración, la expresión supina del imperialismo cultural anglosajón, la expresión de un imperialismo que deriva, en última instancia, de la hegemonía a nivel planetario que la lengua inglesa ha alcanzado a lo largo de los dos últimos siglos. Y es también, y sobre todo, una obra que rezuma idealismo hegeliano por los cuatro costados. Este hegelianismo está presente en los dos postulados básicos sobre los que se sustenta todo el tinglado argumental: a) la concepción evolutiva-lineal de la Historia de la Literatura Occidental, y b) la creencia en que esta evolución alcanza su momento culmen en la figura de un tal William Shakespeare, entre los siglos XVI y XVII.
    En efecto, para Bloom la Historia de la Literatura Occidental es una cordillera que, de buenas a primera, emerge del mar de la nada con el impresionante y soberbio pico llamado Homero, extendiéndose a continuación, con las correspondientes depresiones y llanuras, en una serie de cumbres de igual o superior envergadura. Un Virgilio, un Dante, un Petrarca, un Cervantes, un…¡SHAKESPEARE! Al vate inglés sólo se le puede mirar de abajo hacia arriba, pues no hay un punto más alto al que podamos encumbrarnos para poder contemplarlo. Shakespeare es el Everest de esta cordillera, es la encarnación epifánica del Espíritu Literario, un titán encaramado sobre hombros de gigantes. Y, en consecuencia, -y esto ya no sería hegeliano- lo que viene después de él habrá de ser visto como decadencia y mediocridad, como un descenso progresivo hacia las profundidades abisales del momento presente.
    Pero esta concepción del devenir de lo literario que nos presenta Bloom, como hemos dicho, tiene mucho de sesgado y de parcial. Tiene mucho de etnocentrismo. Veamos a continuación el parecer de quien, a todas luces, es el olfato más fino y el oído más agudo que ha dado esta nuestra cultura occidental. Estamos hablando, cómo no, de Federico Nietzsche. En Humano, demasiado humano, dice lo siguiente:

    Efecto de la cantidad.- La paradoja más grande de la historia de la poesía es afirmar que un hombre puede ser un bárbaro en todo lo que constituía la grandeza de los poetas antiguos; un bárbaro, es decir, un ser defectuoso y contrahecho de pies a cabeza, y seguir siendo, a pesar de todo, el poeta más grande. Es el caso de Shakespeare, que, en parangón con Sófocles, parece una mina inagotable de oro, de plomo y de cascajos, frente a un tesoro de oro puro, de oro de una cualidad tan preciosa, que casi hace olvidar su valor como metal. Pero la cantidad, elevada a su más alta potencia, obra como cualidad, y de esto es de lo que se aprovecha Shakespeare.

    Sobran los comentarios. Nietzsche era corto de vista. Tuvo problemas de visión desde muy temprano que se fueron agravando con la edad. Pero, en contrapartida, como siempre ocurre en estos casos, desarrolló como pocos los sentidos del olfato y, sobre todo, el del oído, órganos mucho más certeros que el de la vista debido a su mayor cercanía con el objeto que cae bajo su consideración. ¿Qué es el Idealismo sino la consecuencia del encumbramiento del sentido de la vista sobre los demás sentidos? ¿Qué es la Idea sino aquello que se ve en el acto de la contemplación o theoría? Esto explica el hecho de que una filosofía que se pretende crítica con el Idealismo sólo sea posible con la condición de haberse rebelado previamente contra la tiranía del sentido de la visión. ¿Cómo suena y cómo huele?, este es el criterio de la nueva filosofía vitalista. Música, Gastronomía, y Medicina también, como modelos para la nueva forma de filosofar. ¿Y qué concluye el facultativo Nietzsche después de haber aplicado a conciencia su hipersensible estetoscopio? Que Shakespeare suena a hueco. Es decir, que tras su fastuosa fachada hay poco de valor.
    Un humilde servidor sólo ha leído del insigne poeta inglés las obras tituladas Romeo y Julieta y El rey Lear. Además, reconoce no dominar la jerga inglesa. Reconoce también haber leído Edipo Rey y Antígona y que su conocimiento de la nobilísima lengua helénica es aun más limitado que el que pueda tener del inglés. Y, sin embargo…, no hay color. No es preciso perder ni un minuto en pensárselo. Un humilde servidor se queda con Sófocles.

    Nuestro canon personal, subjetivo y parcial como todos, está integrado por los siguientes autores:
1.- Homero, quien, como el Dios bíblico, crea un mundo completo y redondo a partir de la nada.
2.- Juan Ruiz (Arcipreste de Hita), por su inigualable sentido del humor y por la indulgencia con que representa las debilidades humanas.
3.- Quevedo, por la amplitud sin precedentes del espectro de sus intereses y por su habilidad en la orfebrería conceptista.
4.- Gracián, por ser el autor de la gran novela sobre la vida humana.
5.- Sterne, por ser el autor de la primera novela de la historia capaz de morderse la cola y por haber demostrado que lo literario se justifica a sí mismo.
6.- Flaubert, por ser el autor de Bouvard y Pécuchet, la gran novela sobre la estupidez humana.
7.- Dostoievski, por su condición de pionero en la exploración de los bajos fondos del espíritu humano.
8.- Nietzsche, por haber hecho de la poesía un vehículo perfecto para la expresión filosófica.
9.- Cortázar, por su sabia decisión de abandonarse al ritmo o swing y por la perfecta arquitectura de sus cuentos.
10.- García Márquez, por ser el Dios creador de ese microcosmos llamado Macondo, síntesis perfecta del universo y de las cosas humanas.

jueves, 18 de octubre de 2012

PENSAMIENTO Y VIDA


   Los pensadores se pueden clasificar en dos categorías distintas según sea su manera de relacionarse con las ideas. Están, por un lado, aquellos que ponen a funcionar los engranajes de su mente dentro de un horario determinado, como quien llega por la mañana a la oficina y prende la lumbre del ordenador. Son estos los pensadores profesionales, funcionarios y mercaderes de lo conceptual que tienen medido al dedillo el número de sinapsis que pueden realizar a lo largo de una jornada y el beneficio neto que cada una de ellas les debe reportar. Su hábitat natural son los centros de enseñanza de grado medio y, sobre todo, de grado superior. Si miramos a través de la ventana de sus despachos, podremos observarlos sentados frente al potro de tortura de su escritorio con el puño de una mano apoyado en la base del majín y mirando fijamente el albo lienzo de una pantalla a la espera de que una voz procedente de arriba ordene a sus neuronas que se levanten y echen a andar, tal como Jesucristo hiciera con el difunto Lázaro. Pero, como esta orden no siempre llega, puesto que las Musas, -como cualquier funcionario-, suelen acogerse a largos períodos de excedencia, lo habitual es que el pensador profesional reparta su tiempo y sus energías en dos actividades fundamentales: escrutar la esfera del reloj de la pared de enfrente con gesto intimidatorio, como queriendo meterle prisa, o cambiar el estéril tapete blanco de la pantalla por otro de color verde, siempre más lúd(br)ico, para pasar el rato con un solitario -¡Hagan sus apuestas, que en el juego de las conjeturas siempre toca!-. Esto es lo que explica esas reverberaciones psicodélicas que se suelen observar reflejadas sobre las lentes de sus antiparras y la expresión de sesuda concentración extática que transmiten los ojos parapetados tras las mismas. Para estos individuos, el pensamiento es el madero que deben arrastrar sobre los fatigados hombros de la mollera a lo largo del empinado sendero de la mañana hasta alcanzar, ya por fin, el Gólgota libertador de las tres de la tarde. Tan gravosa les resulta su ocupación, que muy pocos tienen la paciencia de aguardar a que la manecilla más esbelta y espigada se pose dócilmente sobre las doce. Cinco o diez minutos antes de que esto ocurra, arrojan los trastos de tortura contra algún desangelado rincón, cierran la puerta tras de sí mediante el consabido y elocuente portazo, bajan corriendo las escaleras del edificio al tiempo que se acuerdan de que no han sofocado la lumbre del ordenador –¡¿qué más da?! –suelen pensar en ese momento- No voy a perder dos minutos de mi vida en volver. Además, ¿acaso soy yo quien paga el recibo de la luz?- y, finalmente, habiendo tomado posesión de los mandos de su vehículo como alma que lleva el diablo, habiendo fijado los cinco sentidos en la tierra prometida del inminente finde –el partido del domingo y las cervecitas con los amigos-, abandonan el parking cagando leches y dejando en el ambiente una densa humareda que tarda unos minutos en disiparse en la siempre, hasta ahora, receptiva atmósfera. Sí, la verdad es que suelen ser muy modernos estos pensadores a tiempo parcial. Utilizan expresiones como finde, ¡qué fuerte!, súper…, para nada –articúlese la d de nada en la región palatal, pero adoptando las debidas precauciones para evitar tragarse la propia lengua- y, por supuesto, no pierden puntada en lo que respecta a las últimas novedades del mundo de la electrónica. Dominan como nadie la jerga bárbara de la que suelen echar mano –como el calamar de su tinta- los incondicionales de este particular mundillo del no va más y de lo último, de este mundillo absurdo donde las herramientas han dejado de ser consideradas como medios para convertirse en fines en sí mismas. El uso que hemos hecho unas líneas más arriba de la expresión cagando leches no es un simple gesto de claudicación ante los continuos requerimientos de la procacidad lingüística. Tal uso obedece, más bien, a la necesidad de subrayar cómo, en la mente de estos sujetos, lo último desde el punto de vista trascendente queda eclipsado tras lo último desde el punto de vista inmanente. Es decir, que para todos ellos el esfínter anal y lo que le precede resulta mucho más interesante y, por supuesto, mucho más asequible intelectualmente, que aquel otro esfínter existencial con su correspondiente contenido. Y esto que se constata en lo escatológico se constata igualmente en cualquier otra faceta de la realidad cultural. Todo debe ser susceptible de una lectura cómoda y fácil si queremos convertirlo en una mercancía capaz de circular a través de los estrechos conductos de los actuales medios de comunicación. Este, precisamente este, es el principal cometido de los pensadores a sueldo y a tiempo parcial: premasticar y, a veces, predigerir los contenidos culturales para que resulten accesible a los potenciales consumidores, crear con su sustancia una especie de papilla light apta para todos los gustos –fat food para el espíritu que dijera no recuerdo qué pensador francés de moda- ¿De qué se trata, si no, cuando se habla de establecer una vinculación entre Empresa y Universidad?
    Pero, en fin, lo que nos interesa de lo anterior es llamar la atención sobre el hecho de que la vida de estos pensadores suele ir en una dirección y sus ideas en otra, como si ambas dimensiones fuesen polos antagónicos que jamás pudiesen fusionarse en un abrazo unitario. Para ellos, el decurso de sus vidas y el de sus pensamientos acataría al pie de la letra lo establecido por Euclides en su postulado V referente a la imposibilidad de que dos líneas trazadas en paralelo se puedan cruzar en un punto x.
    El segundo grupo de pensadores está integrado por todos aquellos que han sido capaces de alimentar sus vidas con el combustible que les proporciona el propio pensamiento. Al haber hecho suyos los postulados de Reaman y Lobachetvski, dan por supuesto que por un punto determinado pueden pasar infinitas líneas paralelas, es decir, que vida y pensamiento se pueden y se deben condicionar recíprocamente, que es preciso pensar lo vivido y, viceversa, vivir lo pensado. Estos, como los anteriores, son conscientes de la enorme carga que para sus hombros supone el madero del pensamiento, pero se diferencian de ellos en que están dispuestos a soportar el peso de su condición de pensadores durante el tiempo que haga falta, en solitario y sin contar a lo largo de su fatigado caminar con el auxilio de ningún agregado penene de los que suelen actuar bajo la advocación de Simón de Cirene. Son capaces de soportar lo gravoso de su existencia porque son masoquistas, porque han aprendido a disfrutar con su dolor y a dolerse con su placer. ¿Y qué otra cosa es la Vida sino una mezcla de ambas afecciones? No hay censura en el uso del adjetivo masoquista, sino, más bien, encomio y alabanza, puesto que, a fin de cuentas, un masoquista es, simplemente, una persona que ha descubierto la esencial vinculación existente, en los niveles más profundos, entre el placer y el dolor. Ambas afecciones son como el Yin y el Yang de la vida anímica y afectiva de cualquier individuo, puesto que una no puede existir sin la otra.
    Se trata, en este segundo caso, de creerse lo pensado; de creérselo hasta el punto de llegar a estar dispuesto a incorporarlo a nuestra propia existencia, de hacerlo nuestro, de metabolizarlo y asimilarlo. Pero también, y esto es lo que normalmente no se suele tener en cuenta, de pensar siempre partiendo de lo previamente vivenciado –si se nos consiente el término-. Son estos los dos requisitos que ha de cumplir todo pensamiento que aspire a convertirse en auténtica palabra esencial -¿en palabra de Dios?-.
    Heráclito, Sócrates, Diógenes el cínico, Nietzsche, Unamuno, -en el ámbito de la Filosofía-, son algunos ejemplos de vidas pensadas y de pensamientos vividos. No sería nada complicado elaborar una lista similar, incluso más amplia, con los nombres de literatos, músicos y artistas de todas las condiciones de los que se podría afirmar lo mismo. Todos tomaron conciencia del carácter trágico de la vida y todos decidieron, libremente, apurar hasta las heces el cáliz de amargura que se les ofrecía y morir de pie. Unos eligieron situarse en el extremo superior de la línea vertical de la existencia y otros en el extremo inferior, pero todos fueron individuos de una pieza, divididos y enemistados consigo mismos, pero de una pieza. Además, estamos convencidos de que no hubo ni uno sólo de estos que no se percatara, antes o después, de que cuanto más se profundiza en una determinada postura tanto más se dilata el orificio que nos permite el acceso a su antagónica. Nietzsche debe de estar disfrutando del sosiego eterno que proporciona la inmortalidad, sentado a la diestra del Padre. Unamuno, probablemente, hará tiempo que dejó de buscar a Dios y de requerirle una respuesta que calme su hambre y su sed; de seguro que se encuentra sesteando con su palito entre los dientes y, ¿cómo no?, con algún delicioso y lúbrico fruto siempre al alcance de su mano. Sócrates, y su pupilo Platón, deben de haber montado una academia ambulante de sofistería en la que, por medio de la poesía y de la música, enseñan el arte de la sugestión. Finalmente, no podemos desdeñar la posibilidad de que Diógenes descubriera, hace ya tiempo, los encantos derivados de la propiedad privada –seguro que se quedó con la suntuosa mansión de Crates e Hiparquía-.

domingo, 20 de mayo de 2012

SOBRE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

   Hace unas semanas tuvimos la ocasión de leer el artículo que, con el título de Reducción del animal humano, Víctor Gómez-Pin acababa de publicar en la sección de Opinión del Diario El País. Básicamente, el texto venía a ser una aplicación a la actual situación socio-económica de los postulados fundamentales de lo que, desde hace algún tiempo, constituye el marco teórico por donde discurren sus intereses filosóficos fundamentales: el estatus ontológico de lo humano en relación a la elemental animalidad. ¿Qué consecuencias se derivan para el animal humano de la actual situación económica y social? Esta es la pregunta específica que se plantea nuestro filósofo. La respuesta es clara e inequívoca: la principal de las consecuencias es una devaluación de lo humano, esto es, su degradación y, en consecuencia, el acortamiento de la brecha que lo separa del animal. Cuando el hombre ha de emplear la mayor parte de su tiempo y de sus energías en garantizarse la subsistencia, resulta inevitable que se produzca una deflación y empobrecimiento de esa dimensión específicamente humana a la que Aristóteles, de manera genérica, se refería con el término logos. Zoón lógon échon –animal poseedor de logos, es decir, animal racional, animal que discurre, animal dotado de palabra, animal que dialoga…-, ésta es la definición que el estagirita dio del hombre, y ésta es la definición que nuestra cultura occidental ha venido haciendo suya desde hace dos mil quinientos años. Y fue también Aristóteles quien se dio cuenta de que el requisito que hace posible el surgimiento y la pervivencia de este atributo específico de la humanidad no es otro que el ocio, es decir, el tiempo libre, es decir, el hecho de no tener que sacrificar todo nuestro tiempo y toda nuestra energía para dar cumplimiento al imperativo del aver mantenençia, que dijera Juan Ruiz. El término latino del que deriva nuestro término ocio es otium, término que también podemos percibir con claridad meridiana en negocio (de nec-otium). El negocio, la actividad productiva destinada a la preservación y a la continuidad de nuestro ser biológico, por tanto, es la negación del ocio, esto es, del tiempo libre, que es, como hemos dicho, la condición de posibilidad de la que depende y de la que se alimenta esa otra dimensión específicamente humana que es el Logos o Espíritu. Pero las sorpresas etimológicas no se agotan en lo anteriormente dicho. El término griego equivalente al latino otium es scholé, de donde deriva…. ¿lo adivinan? ¡Pues claro que sí!...: escuela. Ergo: tenemos escuelas, tenemos formación, tenemos cultura –y también CULTURA-, tenemos humanidades y humanidad porque tenemos tiempo libre. Si se restringe el tiempo libre, porque es preciso incrementar las horas destinadas al trabajo, ¿no se restringe también aquello que nos diferencia de los simples animales?
   El artículo de Gómez-Pin me hizo recordar los tiempos idos y que ya nunca más volverán, cuando era feliz e indocumentado, cuando era capaz de enfrentarme con los textos de los grandes pensadores sin la mediación celestinesca de los intérpretes, exegetas, hermeneutas y demás especialistas en la predigestión de la Cultura. Me acordé, concretamente, del texto del humanista italiano Pico Della Mirándola que lleva por título Discurso sobre la dignidad del hombre. Me acordé, rizando el rizo de la concreción, del fragmento que dice así:

   El mejor Artesano decretó por fin que fuera común todo lo que se había dado a cada cual en propiedad, pues no podía dársele nada propio. En consecuencia dio al hombre una forma indeterminada, lo situó en el centro del mundo y le habló así: “Oh Adán: no te he dado ningún puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras. A los demás les he prescrito una naturaleza regida por ciertas leyes. Tú marcarás tu naturaleza según la libertad que te entregué, pues no estás sometido a cauce angosto alguno. Te puse en medio del mundo para que miraras placenteramente a tu alrededor, contemplando lo que hay en él. No te hice celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal. Tú mismo te has de forjar la forma que prefieras para ti, pues eres el árbitro de tu honor, su modelador y diseñador. Con tu decisión puedes rebajarte hasta igualarte con los brutos, y puedes levantarte hasta las cosas divinas.”

      Sólo unas líneas más adelante perfila y completa el retrato con estas contundentes palabras:

   Si te detienes ante alguien obnubilado, como otro Calipso, con vanos fantasmas, y entregado al halago acariciante de los sentidos, no es un hombre lo que ves, es una bestia. Si ves a un filósofo que todo lo interpreta a la luz de la razón, venérale; es un animal celeste, no terreno.

*

   En El puesto del hombre en el cosmos, Max Scheler defiende la tesis del salto cualitativo. La diferencia entre el hombre y el animal, viene a decir el filósofo, no es una diferencia meramente cuantitativa y de grado, sino, fundamentalmente, cualitativa.[1] De esta tesis es posible deducir que existe un tope inferior más allá del cual el hombre no puede ir, es decir, que no es posible un retorno absoluto y total a la pura animalidad. El hombre podrá ser más o menos hombre, más o menos humano, pero nunca, por muy degradado que esté, podrá equipararse con una bestia.
   El puesto que el hombre ocupa en el cosmos, por tanto, es un puesto relativamente inestable o, si se prefiere, relativamente estable. Esto significa que su naturaleza admite variaciones, que está sujeta a perfeccionamiento o a degradación, pero siempre dentro de ciertos límites. Y es este marco el fundamento de toda Ética y de toda Pedagogía. Sólo para un ser con estas cualidades tiene sentido el imperativo pindárico que dice aquello de ¡Llega a ser el que eres!

   Pero volvamos al peliagudo asunto de la relación entre lo humano y lo animal. Tenemos la sensación de que la gran mayoría de los estudiosos del tema, con la excepción quizás de Gómez-Pin, abordan el asunto desde postulados –tesis no demostradas y que, sin embargo, no se cuestionan- netamente idealistas. En efecto, la mayoría dan por supuesto que la naturaleza humana radica en su espíritu y que éste se halla prisionero en el interior de la cárcel –o sepultura, que dirían los pitagóricos- del cuerpo. Desde esta óptica, el cuerpo, vinculado con la animalidad, es visto como un impedimento, como un lastre, como una cadena de gruesos eslabones que nos impide elevarnos hasta esas alturas en las que se localiza nuestra verdadera y auténtica patria. Esta es la imagen tradicional que ha de ser retomada y matizada. Nuestra opinión es que nuestro cuerpo no es el argel de nuestro espíritu, sino, antes bien, que somos simultáneamente ambas cosas. Es decir, que nuestra animalidad es parte constitutiva de nuestra humanidad, y viceversa. La cuestión, por tanto, no es cómo hacer para conseguir la emancipación del cuerpo-animal, sino cómo ha de ser nuestra relación con éste.
   Hay una cumbre que es preciso coronar. Hay un recorrido –itinerario o periplo- que es preciso realizar, hay una serie de obstáculos y de dificultades que es preciso superar –Sirenas, Circes, Lotófagos, Cíclopes…, tentaciones y miedos varios...-, y hay una meta que es preciso alcanzar. De acuerdo. Pero es preciso saber que el aire de las cumbres, a pesar de su excelencia cuando de curar jamones y de curtir espíritus se trata, no suele ser apto para la Vida. Si subimos, por tanto, es para eso, para curtirnos y para entrenarnos, para fortalecer nuestros corazones y para ganar en resistencia. Luego es preciso volver al valle. En efecto, Ítaca no es la meta. Ítaca, tal como sostiene Kazantzakis en su Odisea, siempre será un punto de partida.
   El nombre de la doctrina que se desprende de las anteriores consideraciones es, como ya se habrá adivinado, Hedonismo.
   Hay dos clases de hedonismo. Uno es primario, directo y espontáneo; el otro, en cambio, sería secundario, indirecto y mediatizado por la reflexión. Y este, el segundo, es el que aquí queremos hacer nuestro. El hedonismo primario, que es el que cuenta con mayor número de adeptos, es degradante para la persona y, en consecuencia, moralmente censurable. Sólo el lecho procústeo de la virtud puede moderarlo. El secundario, que es el de Epicuro y sus lechones –Horacio dixit-, el de esa inmensa minoría a la que se refiriera Juan Ramón Jiménez, es justo lo contrario: un potenciador de la humanidad de sus adeptos y la puerta de acceso a lo que en otro lugar hemos llamado conocimiento vivencial.  
   Quien ha vivido durante algún tiempo entre los glaciares de las alturas por donde gusta planear al Espíritu se halla inmunizado frente a cualquier amenaza con que pueda encontrarse tras su vuelta al valle. Para alguien así, el cinturón de seguridad de la virtud sólo puede ser visto como un estorbo y como una traba de cara a la consecución de sus proyectos y al logro de sus ambiciones.


[1] Que tomen buena nota de esto todos aquellos que no paran de llamar la atención sobre el hecho de que humanos y primates compartimos en torno al 98% de la información genética.