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domingo, 20 de enero de 2013

ALEGORÍA DE LA CAVERNA -Dos claves para comprender su actualidad y vigencia-





    Las líneas que siguen redundan en las mismas ideas que ya abordamos en la entrada titulada HOMO VIDENS. Se trata aquí, básicamente, de poner de manifiesto la plena vigencia en el mundo actual de la famosa alegoría de la caverna platónica.

I

ALEGORÍA DE LA CAVERNA EN CLAVE TECNOLÓGICA


    -Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia y a la ignorancia, según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un grupo de jóvenes estudiantes de la ESO y del Bachillerato que a lo largo de su larga etapa educativa no hubiesen conocido otro medio de formación que los actuales soportes tecnológicos. Ya sabes: TV, Internet, Videojuegos y toda la demás cacharrería electrógena.
    -Ya me lo imagino. Te refieres, sin duda, a los llamados nativos digitales.
    -¡En efecto! Aunque yo diría, más bien, nativos visuales. Pero…, espera, que aún no he terminado con mi alegoría. Figúratelos, además, como si estuviesen incapacitados para prestar atención a cualquier otro estímulo que no tenga su origen en una pantalla, como si tuviesen el cuello sujeto e inmovilizado por un pesado yugo que les obligase a mirar siempre hacia abajo, siempre hacia un mismo y único sitio.
    -¡Extraños prisioneros y cuadro singular!
    -Se parecen, sin embargo, a nuestros jóvenes de ahora punto por punto.
    -Sí, es cierto. Si lo pensamos con detenimiento, no es tan extraño este cuadro tuyo.
    -¿No es cierto también que para estos jóvenes no habrá más realidad que aquello que se les muestre en la forma de imágenes, colores y destellos? ¿No comulgarán todos con ese famoso lema sofístico que defiende que una imagen vale más que mil palabras?
    -Sin ninguna duda.
    -Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos sujetos si se los libera del yugo y se los trata de curar de su error. ¿Qué crees que ocurrirá cuando se los prive de las hipnóticas pantallas? ¿No sucumbirán a una terrible crisis de ansiedad nerviosa al verse privados, tan de repente, de su habitual vínculo con la realidad? ¿No se sentirán desamparados, como si fuesen niños pequeños a los que se les acaba de negar la teta materna? ¿No buscarán con desesperación algún sucedáneo con que paliar su malestar?
    -Es lo más probable.
   -¿Y qué crees que pasará cuando el maestro les pida que lean una determinada obra, ya sea literaria, ya sea filosófica, ya sea científica? ¿Crees que serán capaces de seguir pacientemente el curso de las ideas y de captar la trabazón interna del discurso? ¿No echarán mano al momento de ese dispensario de conceptos premasticados y predigeridos que es Internet?...Pero no, no hace falta que respondas. Yo mismo puedo hacerlo por ti: acostumbrados como están, desde niños, a dejarse impresionar pasivamente por un flujo continuo de imágenes y de destellos, es inevitable que se cansen rápidamente y que muy pronto abandonen los estudios para, acto seguido, dedicarse a malvivir. ¡Y entonces el Sistema habrá vencido una vez más! Porque debe quedarte claro que eso es lo que persigue el Sistema político-económico actual: mano de obra barata, obediente y sumisa; operarios que sepan todo lo que se puede saber sobre el arte de apretar tornillos y que, en relación a todo lo demás, sean unos auténticos patanes.
    -¡Pobres maestros! Más de uno resultará agredido por alguno de estos jóvenes díscolos e ignorantes.
    -Sí, pobres maestros, pobres padres y, sobre todo, pobrecitos ellos mismos.





II

ALEGORÍA DE LA CAVERNA EN CLAVE ALIMENTARIA

    -Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia y a la ignorancia, según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un grupo de individuos que desde niños no han conocido otra forma de vida que la del nomadismo. Imagínatelos deambulando por los campos de un lugar a otro sin un lugar estable donde echar raíces e ignorantes por completo de las ventajas derivadas de la industria y de las artes.
    -Extraños personajes y extraña situación. Se supone que el nomadismo es una forma de vida ya superada desde hace mucho tiempo.
    -¡En efecto! Precisamente por eso, porque en nuestro tiempo ya no hay nómadas, te pido que hagas el esfuerzo de imaginarlos. Pero..., ¡en fin! ¡Déjame continuar! Imagina ahora cómo ha de ser la dieta de estos sujetos. Al desconocer las ventajas de la agricultura y de la ganadería, es preciso que su alimentación dependa íntegramente de lo que la Naturaleza buenamente les pueda ofrecer en cada época del año. Serán un pueblo de cazadores y recolectores. Y, siendo así, el fuego sólo lo utilizarán en momentos puntuales, de modo que los alimentos cocinados y elaborados sólo podrán catarlos de higos a brevas. ¿No crees?
    -Habría que tener el estómago de un rumiante para poder sobrevivir con una dieta similar.
    -Sí, claro. Ellos, en cambio, no habiendo conocido otras formas de vida distintas a la suya ni otras formas de preparar y consumir los alimentos, no echarán nada en falta y pensarán que sus costumbres son las mejores, como siempre ocurre. ¿Cierto?
    -Cierto.
  -Imagínate ahora que alguien procedente de un país lejano entra en conocimiento de este pueblo tan particular. Imagina que en este país la vida nómada es algo extinto desde hace muchísimo tiempo y que la industria y las artes florecen allí sin ningún tipo de interferencia. Imagina que la división del trabajo y la especialización funcional inherentes a toda forma de organización social estable ha propiciado el surgimiento de profesionales como agricultores, soldados, ganaderos, carpinteros, herreros, sastres, constructores..., es decir, todos los oficios destinados a cubrir las necesidades básicas y primarias. ¿Lo ves? Pero, como las necesidades del hombre no tienen límite, en esta sociedad no podrán faltar los profesionales responsables de satisfacer las apetencias sobrevenidas y superfluas. Habrá también afamados sastres, maquilladores, actores, decoradores, cocineros, pasteleros, gastrónomos, enólogos y críticos especialistas en la alta cocina...
    -La verdad es que no hay jungla más espesa que la sociedad humana. A veces tengo la impresión de que este mundo nuestro se parece demasiado a una inmensa tela de araña en la que nosotros, los ciudadanos de a pie, somos las moscas. Cuanto más nos movemos por esta tela pringosa, tanto más pringados, tanto más inmovilizados y tanto más esclavizados. ¡Asco de vida ésta, tú!
    -No te me vayas por los cerros de Úbeda de la divagación, que aquí el director del discurso soy yo. Como te iba diciendo… Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a los individuos entregados a la vida nómada cuando este otro individuo trate de persuadirlos de que su dieta a base de harina de bellota es algo tosco y primitivo y de que existe una amplísima y variada gama de posibilidades en lo que respecta a la alimentación. ¿Qué crees que dirán cuando trate de explicarles el arte de la fermentación y posterior destilado de las uvas? ¿Crees que entenderán lo que se les explica? ¿Crees que, acostumbrados como están a la más absoluta inmediatez, tendrán la paciencia de aguardar varios años o décadas hasta que el producto esté en su punto de sazón?
    -Dirán que es demasiado tiempo y que no merece la pena esperar.
    -¡Efectivamente! Pues bien, similar a la de estos recolectores de otros tiempos es la actitud de quienes se confían ciegamente y de manera incondicional al testimonio de los sentidos. Los unos recolectan bellotas y huevos de pajarillos y los otros impresiones dispersas. Los unos renuncian a las exquisiteces del paladar y los otros a las delicias y a la embriaguez de la memoria, de la imaginación y del entendimiento. Porque has de saber, si acaso no lo sabes, que la embriaguez más poderosa es la que se obtiene después de haber apurado la ambrosía del saber y de la comprensión.

miércoles, 16 de enero de 2013

LOS CLÁSICOS Y EL BRAIN TRAINING



    Esto es que, fiel a mi horario de gallina, me siento para cenar a eso de las ocho de la tarde. Esto es que mi estómago, como de costumbre, -como cualquier otro estómago, supongo-, se niega a activar el proceso de la digestión sin el correspondiente estímulo del rum-rum televisivo. Esto es que prendo la lumbre del aparato y, aliñando los bocados con la sal de las noticias, me dedico a pasar el rato. Y así estoy durante apenas unos minutos. Así estoy, concretamente, hasta que me da por leer los titulares de las noticias que, cual modelos por una pasarela, van desfilando por la franja inferior de la pantalla. Es entonces cuando mis ojos se topan con la noticia de la que queremos dar cuenta aquí y ahora: “R. UNIDO LITERATURA: La lectura de autores clásicos activa el cerebro, según un estudio”. Bueno, ¿y qué? –dirán ustedes-. ¿Qué tiene esto de especial? ¿Cómo que y qué? –contesto yo-. ¿Acaso no se dan cuenta de la metamorfosis que están experimentando las Universidades de todo el mundo? ¿Acaso no han reparado en la calidad de las noticias con que los medios de comunicación nos sorprenden desde hace algunos años? Es evidente, creo yo, que lo trivial y lo obvio empiezan a ocupar un espacio y un tiempo excesivo en todos estos medios.
    Así quedó la cosa justo hasta esta misma mañana, justo hasta el momento en que llego al tajo, prendo la lumbre de ese otro artefacto llamado PC (Personal Consultor) y, tras la preceptiva humillación de la cerviz, formulo al oráculo que mora en su interior la correspondiente requisitoria. Y su respuesta, gracias al potentísimo lubricante de la fibra óptica, no se hace esperar: La Universidad de Liverpool acaba de demostrar de manera científica que la lectura de los clásicos estimula los procesos sinápticos y asociativos de una manera considerable. El experimento realizado ha consistido en medir la actividad cerebral de dos grupos de individuos en el momento de habérselas con dos tipos de textos cualitativamente distintos, unos sin adaptar y otros adaptados. El resultado obtenido demuestra que la actividad cerebral de los integrantes del primer grupo es sensiblemente superior a la que registran los integrantes del segundo.
    Se trata en este asunto del enésimo caso de ese fenómeno tan contemporáneo al que aquí, en este blog –última versión mejorada de los antiguos detectores de mentiras y memeces- hemos aludido con el sintagma DESCUBRIENDO MEDITERRÁNEOS, en alusión a quienes dedican su tiempo libre a presentar como novedosos asuntos que para la mayoría siempre han sido de dominio público. El procedimiento que suelen seguir estos colones de lo cotidiano es bien sencillo: tomamos la primera obviedad que se nos tercie, a continuación la maquillamos con los cosméticos de un lenguaje críptico y pseudocientífico y, finalmente, vehiculamos el producto resultante a través de la red de alcantarillado de los mass-media más en boga –TV e Internet, preferentemente-. Es así de fácil. Noticias recién salidas del horno, jugosas y calentitas, al módico precio de una fugaz mirada.
    Pero… ¿Dónde carajos está la noticia? Lo único novedoso en una noticia como ésta parece ser el aval que proporciona la ciencia. El resto es vox populi desde hace muchísimo tiempo. Ya sabemos que el vino es un alimento saludable cuando se consume en cantidades moderadas, ya sabemos que el whisky es un excelente vasodilatador, ya sabemos que el aceite de oliva es la mejor grasa que se puede consumir, ya sabemos que hay que comer poco y variado, ya sabemos que un polvito de vez en vez es mano de santo, ya sabemos que el uso indiscriminado de las NNTT por parte de los jóvenes afecta negativamente al rendimiento escolar…¿A cuento de qué, entonces, esta manía contemporánea de llamar la atención sobre lo obvio? ¿No tienen las Universidades asuntos más serios en los que ocuparse?
   ¡En fin...! Si, a raíz de esta noticia, alguien se decidiera a echarle un vistazo -largo y pausado- a autores como Dostoievski o Galdós, nos podríamos dar por satisfecho. Pero, por desgracia, lo más probable es que esto no pase de un mero episodio puntual y circunstancial destinado a servir de relleno. 

domingo, 13 de enero de 2013

HOMO VIDENS -Actualidad de la alegoría de la caverna-





    En la alegoría de la caverna y en el símil de la línea, Platón intentó ofrecernos un modelo sintético e intuitivo -es decir, sensible- de su particular cosmovisión, en su doble vertiente epistemológica y ontológica. Quiso que el lector fuese capaz de elevarse al nivel del concepto partiendo de las imágenes sensibles que proporcionan el mito y los procedimientos metafóricos. Todo ello para decirnos lo siguiente: el ver es condición necesaria para entender, pero no suficiente.
    A pesar de su extensión, no nos resistimos a reproducir aquí lo esencial del texto en que se expone la referida alegoría. Ha llovido mucho desde el siglo IV a. C. hasta el momento presente, pero lo dicho por Platón entonces continúa gozando de una actualidad plena. De hecho, tenemos la impresión de que la vigencia de sus palabras e ideas no sólo no disminuyen con el paso del tiempo, sino que aumenta. Al principio del Libro Séptimo de la La República, consciente quizás de que la anterior exposición sobre el símil de la línea continúa siendo excesivamente abstracta, desciende unos peldaños más en dirección a lo sensible para dibujarnos el siguiente cuadro:

-Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia y a la ignorancia, según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente. Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor los alumbra, y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.
-Ya me represento todo eso.
-Figúrate personas que pasan a lo largo del muro llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, de madera o de piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el muro. Entre los portadores de todas estas cosas, unos se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.
-¡Extraños prisioneros y cuadro singular!
-Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado, que las sombras que van a producirse enfrente de ellos en el fondo de la caverna?
-No.
-¿Ni cómo habían de poder ver más, si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?
-Sin duda.
-Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?
-No.
(…)
-En fin, no creerían que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras.
-Es cierto.
-Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas y se les cura de su error. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la luz, hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá a los ojos, y el alucinamiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se le dijese que hasta entonces sólo había visto fantasmas y que ahora tenía delante de su vista objetos más reales y más aproximados a la verdad? Si en seguida se le muestran las cosas a medida que se vayan presentando y a fuerza de preguntas se le obliga a decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto y no estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real que lo que ahora se le muestra?
-Así es.
(…)
-Y bien, mi querido Glaucón, ésta es precisamente la imagen de la condición humana. (…). 
 
    Lo que describe Platón no es la situación del hombre en el siglo IV a. de C., es la situación del hombre, de la mayoría de los hombres, desde que existimos como especie. Es, por tanto, también –y sobre todo- la situación del hombre actual, la situación de esclavitud y de sometimiento del hombre actual. Cámbiense los términos, sintagmas y oraciones marcados en negrita por sus equivalentes contemporáneos y se verá con mayor claridad lo que queremos decir: hombres uncidos desde la infancia a la TV y a todo tipo de pantallas, luces e imágenes que parpadean contínuamente y que nos deslumbran imposibilitándonos prestar atención a la verdadera luz del conocimiento, charlatanes de feria adiestrados por el Mercado que tratan de colocarnos sus productos a toda costa, esfuerzo estéril de los docentes por apartar la vista de sus pupilos de este mundo de alucinaciones…¡Actualidad plena, pues!
    Para Platón, por tanto, lo sensible en general, y lo visual en concreto, en la medida en que no es fuente de conocimiento, sino de engaño y de mera opinión –doxa-, es algo que debe ser superado y trascendido en dirección al concepto y a la idea, auténtico lugar del saber –episteme-. Ahora bien, esto no significa que lo sensible no juegue su papel en el arduo proceso del conocer. Dado que no somos espíritus puros, dado que nuestra alma es un alma encarnada, no queda más remedio que partir de la experiencia sensible si queremos ascender dialécticamente al nivel de los conceptos. Según Platón, es el contacto con lo sensible lo que hace saltar la chispa responsable de prender la mecha del proceso intelectivo. Así, por ejemplo, la contemplación y comparación de una serie de objetos bellos individualmente distintos debe servir de ocasión para que nuestra mente rescate del olvido la idea de BELLEZA –Teoría de la anamnesis-. Efectivamente, lo visual-sensible es responsable de prender la mecha, pero no de los fuegos de artificio del conocimiento. Es preciso que este fuego inicial arda sin interrupción durante el largo y complejo itinerario del conocer para que se produzca esa deflagración eidética e intelectiva a la que a nosotros nos gusta aludir con el sintagma orgasmo intelectual.
    Platón, en tanto que maestro, fue consciente como nadie de la importancia de partir de lo visual sensible en el proceso de enseñanza-aprendizaje, es decir, de eso a lo que ahora se alude con la expresión aprendizaje significativo. ¿Qué es la aludida alegoría de la caverna sino una pintura que transparenta los más abstractos conceptos? Pero Platón también fue consciente de la necesidad de elevar lo intuido sensiblemente, múltiple y disperso por naturaleza, al nivel de la unidad del concepto.

    Desplacémonos ahora hasta el siglo XVIII. En 1781 ve la luz la Crítica de la razón pura, la obra emblemática de Inmanuel Kant. Se trata de una obra que nace con la pretensión de zanjar, de una vez por todas, la controvertida disputa entre racionalistas y empiristas en lo referente a las condiciones de posibilidad del conocimiento y, de manera concreta, en lo referente a la posibilidad de la Metafísica como ciencia. Pero lo que nos interesa ahora mismo de este sesudo texto es la aportación de Kant en relación a la primera de estas cuestiones. Como sabemos, lo que hace el filósofo alemán es terciar en la disputa entre Racionalismo y Empirismo elaborando una síntesis entre ambos. El conocimiento científico –la episteme de Platón- sería el resultado de unir los datos que suministran los sentidos, tal como afirman los empiristas, con una serie de formas a priori que son innatas al propio sujeto, tal como afirman los racionalistas. Las formas a priori de la sensibilidad son el espacio y el tiempo; las del entendimiento, las famosas categorías –sustancia, causa…-. Las impresiones de los sentidos sin las categorías del entendimiento son ciegas y éstas sin aquéllas son vacías, nos dice Kant.
    En lo básico, la tesis kantiana en poco o nada se diferencia de lo afirmado por Platón. Los sentidos se limitan a suministrarnos una multiplicidad de impresiones dispersas que, de por sí, no representan ningún conocimiento. Para que el conocimiento se produzca es preciso que estas impresiones sean sometidas a un doble proceso de formalización y unificación. En primer lugar, han de ser sometidas a las formas a priori de la Sensibilidad para obtener ese primer producto que se conoce con el nombre de fenómeno. Pero, como resulta que el fenómeno tampoco es fuente de conocimiento por sí mismo, se precisa de un segundo paso consistente en someterlo a las formas a priori del Entendimiento o categorías. Sólo entonces, sólo después de elevar lo percibido al nivel del concepto, podremos decir que conocemos.
    Ambos filósofos, Platón y Kant, coinciden en lo básico. Las diferencias que podamos apreciar entre el uno y el otro son secundarias y de escasa relevancia. Y lo básico es que lo sensible –especialmente lo visual- no se basta a sí mismo desde el punto de vista cognoscitivo, es decir, que no es una fuente autónoma de conocimiento que pueda funcionar al margen de otras instancias superiores. Lo sensible es simplemente ocasión para el conocimiento, una razón necesaria, pero no suficiente.

*

    Durante la lectura de Homo Videns, de Giovanni Sartori, no hemos podido evitar una molesta sensación de dejà vu. No hemos podido evitar acordarnos de las teorías platónica y kantiana sobre el conocimiento que más arriba hemos expuesto de manera muy sintética. Y ello a pesar de que en el libro de Sartori, que nosotros recordemos, en ningún momento se hace referencia a las mismas. Poco o nada nuevo hay aquí que no esté, de alguna manera, también allí.
    El ensayo se inicia con una presentación sucinta de la tesis básica: el Homo Sapiens –o animal simbólico- se está convirtiendo en Homo Videns por influencia, principalmente, de la TV y, también últimamente, de Internet. Se trata de una transformación sumamente negativa porque implica un deterioro progresivo y gradual de esa capacidad de abstracción que desde siempre ha caracterizado a los seres humanos, al menos como posibilidad.
    El libro, según aclara el propio autor en el Apéndice, traza dos recorridos paralelos y complementarios. Uno, de carácter individual, va del video-niño al video-adulto; el otro, de carácter colectivo, va del ciudadano a la democracia. La complementariedad radicaría en lo siguiente: el empobrecimiento que para las nuevas generaciones acarrea la sobreexposición a lo visual genera un déficit de aptitud democrática en estos mismos individuos que aleja la posibilidad de cualquier forma de democracia real, directa y participativa.1 Un gobierno real de teleadictos supondría, de facto, un gobierno basado en la ignorancia. Esto último no lo dice Sartori, pero es una conclusión que cae por su propio peso. De nuevo Platón.
    Libros, periódicos, radio y teléfono no serían medios perjudiciales en la medida en que se basan en la palabra. El auténtico problema surge con la TV debido a que con ésta la palabra queda supeditada a la imagen. No comparte el autor la costumbre, difundida por los especialistas en información y comunicación, de utilizar el término lenguaje para aludir a los recursos del Cine, de la propia TV o de las Artes Figurativas en general, pues para él no hay más lenguaje que el lenguaje-palabra.
    Si hubiese complementariedad entre el ver y el entender, entre el hombre que ve y el hombre que lee, por ejemplo, sería perfecto, afirma el autor. Pero dicha complementariedad no existe. No hay integración, sino sustracción. El acto de ver está atrofiando la capacidad de entender.
    Uno de los síntomas que mejor revela el atrofiamiento de la capacidad para la abstracción es el lenguaje del que hacen uso los jóvenes -¿nativos visuales?-. En relación a este asunto el autor reproduce un texto de una tal Rafaela Simone que no tiene desperdicio. Dice así:

Nosotros hemos crecido en la convicción de que convenía ser articulados, estructurados, que el lenguaje tenía que ser rico, preciso, sagaz; que (…) distinguir era mejor que confundir (…) En fin, hemos crecido en la convicción de que una de las funciones principales del lenguaje es la de ayudarnos a ser articulados y precisos (…) Hoy día, en cambio, desde el universo de la precisión estamos regresando hacia el de la aproximación: el lenguaje de las últimas quintas de jóvenes (en este caso sin demasiada diferencia de clase) es genérico, incapaz de precisar (…) Todo está hecho de esto, aquello, tal, hacer, es decir, de intercalaciones que no capturan sino que aluden. Rechazan la construcción precisa, la focalización rigurosa: deja todo indefinido en un insípido caldo de significados (que además es probablemente el caldo cultural de la New Age). Y el problema es que estos vicios (…) no se pasan con la juventud, sino que se quedan pegados para siempre.

    Así pues, como resulta que la cultura audiovisual no es cultura, sino incultura, la solución pasa por la recuperación del libro, de la lectura y de la escritura. Además, las pantallas deben ser vetadas en las escuelas.

*
    El hecho de que compartamos con Sartori la mayoría de sus ideas no debe ser un obstáculo a la hora de ejercer el pensamiento crítico y libre.
    Compartimos plenamente su tesis básica: la generalización en el uso de la TV y de otros medios basados en la imagen está generando en los usuarios una hipertrofia de lo visual en detrimento de lo conceptual-intelectivo que los incapacita para un ejercicio pleno de sus facultades específicamente humanas y de sus obligaciones como ciudadanos. Una cultura que convierte lo visual en el medio y en el fin de su expresión, renunciando a dar el imprescindible paso ulterior en pos del concepto, no puede ser considerada Cultura en el sentido pleno del término.
    De acuerdo. Pero, para decir esto no son necesarias tantas páginas. El libro es, ciertamente, redundante y repetitivo. Es también, según hemos indicado más arriba, poco o nada explícito a la hora de citar sus presuntas fuentes. Es un tanto ingenuo en lo referente al papel de las NNTT de la información y comunicación. Y es, finalmente, excesivamente radical en su descalificación, sin paliativos, de lo visual.
    Nuestra crítica, no obstante la enumeración anterior, se va a centrar en el último de los defectos mencionados. Consiste este defecto, para ser más específicos, en el hecho de que el autor abre un hiato, al parecer infranqueable (una especie de chorismós platónico), entre lo visual-sensible y lo conceptual-inteligible. Dice que sería deseable que ambas dimensiones se pudiesen complementar de alguna manera, pero admite que esto no pasa de un simple ideal. Nosotros decimos que es cierto que el uso masivo que en la actualidad se hace de los medios visuales restringe grandemente la posibilidad de elevar la imagen al nivel del concepto y que también lo es que esta posibilidad ni siquiera figura entre los objetivos de la mayor parte de estos medios. Pero una cosa es el uso de facto de los medios, inspirado por criterios comerciales y crematísticos, y otra cosa es el innegable vínculo gnoseológico existente entre lo visual y lo intelectivo. No queremos decir que el autor niegue este vínculo. De hecho, no lo niega. Lo que sí que hace es minusvalorarlo. Es cierto que la comprensión y el entendimiento sólo se producen en el nivel de lo conceptual, pero también es cierto lo que afirma el adagio escolástico: Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu –Nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos”-. Es decir, la comprensión no es algo que nos venga directamente de arriba, como si de una gracia divina se tratara, es, más bien, el exquisito resultado de un lento y laborioso proceso de destilado que se inicia, precisamente, con una labor de recolección a cargo de los sentidos. La dirección que sigue el conocimiento en este lento proceso de elaboración, por tanto, va de abajo hacia arriba, y no al revés. Afirmar lo contrario nos arroja en brazos del Idealismo y, en última instancia, de la fe.
    Pero no se trata sólo de que el origen del conocimiento esté en los sentidos, especialmente en lo visual. Se trata, además, de que no hay comprensión sin el correspondiente modelo visual. Lo abstracto, por su carácter formal y descarnado, sólo se entiende si previamente es reducido a un modelo visual-sensible mediante el correspondiente recurso a la metáfora. Un magnífico ejemplo de esto lo tenemos en la alegoría de la caverna. Consiste ésta, en realidad, en el último recurso del que Sócrates puede echar mano en su empeño por explicar a Glaucón el significado de sus ideas. En vista de que las meras explicaciones conceptuales no han logrado el objetivo previsto, no queda otro recurso que proceder a reducir el concepto a la imagen sensible. Comienza Sócrates diciendo a su interlocutor que active su imaginación, es decir, que se forme la imagen del cuadro que a continuación le va a representar mediante las palabras. Le recuerda en reiteradas ocasiones que no ceje en el esfuerzo imaginativo mediante el uso del imperativo supón. Acabada la primera intervención del maestro, el discípulo responde: Ya me represento todo eso. El resto de la alegoría, en lo que a nosotros nos interesa, aparece repleto de alusiones a la facultad de ver, de representar y de imaginar. ¿Por qué Platón se ve necesitado de echar mano de mitos, metáforas, alegorías y símiles tan a menudo? ¿Es esto congruente con una concepción de la realidad netamente idealista? Alguien dirá que se trata, simplemente, de un recurso didáctico o pedagógico idóneo para quienes carecen de las habilidades de un filósofo consumado debido a que están iniciando su proceso de formación. Nosotros, en cambio, pensamos que no es éste el caso. Incluso el pensador más avezado ha de echar mano de los modelos visuales para poder representarse de alguna manera aquello hacia lo que las ideas lo conducen. Platón, en su vejez, debió de arrepentirse de haber quemado sus composiciones poéticas de juventud.
    Si no sabes decirlo, es que no lo sabes... Esto es cierto, pero incompleto. Se puede ser mucho más radical. Si no sabes dibujarlo, es que no lo sabes. Y ello es así porque los conceptos y las ideas, además de una verdad material, también poseen una verdad formal que depende de cómo se relacionan las unas con las otras. El dibujo del que hablamos es la representación sensible de la configuración que estas ideas adoptan dentro del sistema o teoría del que forman parte.
    En la historia del pensamiento ha habido magníficos dibujantes. ¿Dónde radica el poder de fascinación de pensadores como Nietzsche o Bergson? Nosotros lo tenemos muy claro: en su habilidad para manejar metáforas, símiles y alegorías; es decir, en su maestría para dibujar con palabras.


*

    Nuestro Diccionario apócrifo lúdico-filosófico se está convirtiendo en una especie de libro de consulta de carácter mágico, algo similar a la Biblia o al I Ching. Y es que, lo abramos por donde lo abramos, siempre encontramos alguna aclaración para nuestras inquietudes del momento. Veamos:

TELEVISOR.- 1. Camello electrodoméstico capaz de satisfacer todo tipo de toxicomanías. Su especialidad son las sustancias con mayor densidad de alcaloides, tales como: fútbol, culebrones, realities, teleseries, concursos y programas de gastronomía. 2. Sedante que el hombre contemporáneo debe consumir a diario en grandes cantidades para combatir el vértigo que padece desde que supo de la muerte de Dios. 3. Mini embajada de los USA en el corazón de todos y cada uno de los hogares del planeta Tierra. 4. Especie de ventana interior del hogar de la que se sirven los polstergeist -o fenómenos para anormales- para acceder hasta nosotros.

PC.- 1. Acrónimo de Puto Cacharro (de los cojones). La expresión comenzó a ganar adeptos tras comprobarse en multitud de ocasiones que la máquina no sólo no solucionaba los problemas que se le tenían encomendados sino que, además, creaba otros nuevos con los que no se había contado en un principio. 2. Chuchería electrógena profusamente glutamatizada que, habiendo sido pensada para adular las papilas gustativas del sentido de la vista, suele dejar el intelecto al borde de la inanición. El PC es al conocimiento lo que el atracón de chucherías y de bebidas gaseosas a la alimentación. 3. Terminal para la información. Efectivamente, este tipo de electrodoméstico sólo es apto para aquella información que se encuentra en un estado terminal, esto es, a punto de exhalar su último suspiro.

INTERNET.- 1. Tela de araña digital y virtual que los Mercados tienen desplegada a lo largo y ancho del globo terráqueo con el fin de capturar e inmovilizar a los individuos que precisan para aplacar su insaciable y galopante apetito. Quienes quedan atrapados en esta red no son conscientes de que cuanto más se agitan y se mueven a través de ella, más enredados quedan. Pero lo más sorprendente del engendro es su capacidad para convencer a sus víctimas –conocidas en el argot como usuarios o internautas- de que, en contra de todas las apariencias, son más libres y autónomos que aquellos miembros de la población que, hasta la fecha, han logrado resistirse a sus cantos de sirena. 2. Red de alcantarillado de gran capacidad y de implantación planetaria que ha sido diseñada para acoger toda esa información fecal que, dado su carácter residual, no tiene cabida en los libros impresos en el formato tradicional.
1 Jerry Mander, en la obra titulada Cuatro buenas razones para eliminar la televisión, viene a decir que una de las razones de más peso para prescindir de este medio es, precisamente, que favorece el surgimiento de regímenes autocráticos en la medida en que crea un pensamiento uniforme donde no queda resquicio para la crítica.

martes, 18 de diciembre de 2012

EL APRENDIZ DE BRUJO -Sobre el efecto boomerang de la tecnología-


   En un recóndito planeta de un Sistema de los arrabales de la Vía Láctea –de cuyo nombre acordarme no quiero…-, por una azarosa carambola del Destino, se produjo el milagro que a continuación te quisiera referir –venerando e hipócrita lector, mi semejante…-:
    Sucedió que un feo, sucio y apestoso mono, un cuadrúpedo piojoso como otro cualquiera, va y se yergue sobre sus cuartos traseros -así, sin más, como quien no quiere la cosa-, consiguiendo de este modo liberar las extremidades delanteras, es decir, superiores, de la pedestre función locomotriz. Este gesto, intrascendente en apariencia, es el germen de todo lo que después vendrá. ¡Fíjate! Una mano liberada que puede ser empleada para un sinfín de menesteres: blandir una garrota, sujetar a la hembra para que no se escape, dar alcance a toda suerte de frutos –especialmente a los prohibidos-, aferrar con fuerza el mástil de la propia masculinidad para mejor conjurar el horror vacuiego te absolvo in nomine patri…!-, etc., etc. La más importante de estas utilidades, no obstante, fue la primera. En efecto. Esa mano ociosa, teledirigida por un neocórtex aún incipiente, será la responsable de la aparición de la técnica. Al principio una simple piedra, después una tibia de tapir, a continuación un palo de afilada e incisiva punta… Después, mucho tiempo después, este primitivo instrumento, al ser arrojado hacia las alturas en apoteósico y desprendido gesto, acabará convirtiéndose, tras la correspondiente elipsis de cuatro millones de años, en los actuales artefactos espaciales con su correspondiente paramento psicodélico. ¿Te resulta familiar la historia? ¡Claro que te suena! Esta es la famosísima versión que el optimista Kubrick nos ofrece en 2001. Una odisea en el espacio. Pero no, en realidad el cuento no termina así. Lo que en verdad ocurre es otra cosa bien distinta. Es cierto que el artilugio, en la medida en que se somete a la dinámica rectilínea del progreso, experimenta múltiples transformaciones que desembocan en la aparición de aparatos capaces de pensar por sí mismos; es cierto que durante un tiempo la máquina es puesta al servicio del hombre; pero también es cierto que llega un momento en que la máquina deja de ser un simple medio, un simple utensilio al servicio del hombre, para convertirse en un fin en sí mismo. El hombre se olvida de la Inteligencia que le dio el ser y se humilla ante el nuevo dios de silicio y circuitos integrados. HAL triunfa sobre el osado astronauta. Y es entonces cuando ocurre eso que Kubrick no cuenta: el hueso primigenio, vencido por la fuerza de la gravedad, no consigue llegar a las regiones estratosféricas y vuelve a caer sobre….¿Adivinas…? Efectivamente: sobre la cabeza del mono. De modo que ahora tenemos un mono feo, sucio, apestoso, piojoso y, para más inri, con la crisma abollada. Este es la verdadera historia de la humanidad.

    Es necesario aprender de los fracasos. El asunto que en estos momentos nos urge es el siguiente: ¿dónde colocar el próximo monolito?

domingo, 25 de noviembre de 2012

SÍNDROME DE LA GALLINA HIPNOTIZADA


   Si es usted profesor o trabaja en contacto directo con los jovencitos en proceso de puberización, habrá reparado en esa chavala de nombre impronunciable que, con la cabeza gacha, y cada vez que la ocasión se tercia, canaliza sus cinco sentidos en una mirada rectilínea que apunta hacia un algo situado entre el pupitre y su propio cuerpo, hacia un algo que todos sabemos que no es un libro -cinco segundos es mucho tiempo para dedicárselos a un libro-. Habrá reparado en el dato de que no sólo no parpadea, sino que, además, ni siquiera habla con su compañera, siendo ella la mismísima personificación de la locuacidad. Habrá tenido que reprimir la tentación de golpearle en la frente con los nudillos -¡toc, toc…!- para a continuación inquirir: ¿hay alguien ahí?. Se habrá acordado usted de esos personajes de las películas de marcianos que vuelven a la tierra después de haber sido abducidos y que miran sin ver porque sus mentes han sido reprogramadas en el interior del platillo volante. O quizás se halla acordado de la gallina hipnotizada mediante el procedimiento de trazarle una raya con tiza justo delante de los ojos.
    El fenómeno, ciertamente, no es exclusivo de los más jóvenes. Los abducidos por la tecnología son legión y los podemos encontrar en cualquier lugar del mapa, por recóndito o reservado que éste sea: en el cercanías, en el autobús, en el metro, en el avión, en el talego, en los despachos, en el parque, en el restaurante, en la playa, en la cima del Kilimanjaro, en el váter, en el paritorio, en el velorio… De hecho, es muy probable que usted mismo sea uno de estos, dado que el fenómeno es ya pandemia.

    He decidido sentarme delante del portátil y redactar estas líneas porque el otro día caí en la cuenta de que no es normal que un fenómeno social tan difundido carezca de nombre. ¿Cómo podríamos llamarlo sin necesidad de bajarse los calzones echando manos del inglés? Mis propuestas son estas dos: Síndrome de la Gallina Hipnotizada o Trastorno de Abducción Tecnológica.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

UNA RADIOGRAFÍA DEL MOMENTO PRESENTE


   La historia de la humanidad, desde la aparición de los primeros ejemplares de Homo Sapiens Sapiens hasta la actualidad, es un largo proceso en el que podemos observar claramente cómo los márgenes de la llamada juventud se han ido ampliando progresivamente, hasta el punto de haber llegado a copar casi la mitad del monto total del tiempo vital que a cada cual se le ha asignado. Nos da la impresión de que en la actualidad las etapas de la vida ya no son esas cuatro que, según los poetas clásicos, se correspondían con las estaciones del año. Hoy en día habría que hablar de dos: el verano de la juventud y el invierno de la vejez. Es más, habiéndose simplificado tanto las fases que ha de recorrer cualquier ser humano a lo largo de su vida, el tránsito de una a la otra sólo se puede producir mediante un salto, en modo alguno de manera gradual como antiguamente. Es decir, que te puedes acostar siendo un jovencito y levantarte a la mañana siguiente convertido en un auténtico carcamal.
    Ocurre, además, que la prelación de antaño se ha invertido. Infancia, juventud y madurez eran concebidos como peldaños que había que ir subiendo progresivamente hasta alcanzar lo que entonces se concebía como el lugar preeminente de la vejez. Pero ahora todo esto ha cambiado y el único estado digno de preeminencia y de respeto parece ser el correspondiente a la juventud. Los psicólogos han acuñado el término Síndrome de Peter Pan para aludir de alguna manera a esta nueva afección de tantos miembros de la sociedad. Si la infancia y la juventud son el modelo de referencia, es necesario pensar, hablar, vestir, divertirse y gesticular tal y como lo hacen los jóvenes. Es necesario, además, borrar de nuestro físico cualquier huella que nos convierta en sospechosos de intrusismo generacional, y de aquí el auténtico boom que están viviendo los talleres dedicados al tuneado de la maquinaria anatómica. El ideal de muchos abuelos –de los más pudientes, por supuesto- es poder dejar al morir un cuerpo lozano y de buena apariencia. Pero no siempre se trata de esto. Es posible también que algunos de ellos, al presentir la proximidad de la Parca, decidan hacerse una puesta a punto para así hacerla dudar y conseguir una pequeña prórroga para el inevitable encuentro. ¡Quién sabe! ¿Se imaginan a la Muerte plantada ante la ambigua figura de uno de estos abuelos víctimas de lo fashion y del tuneado anatómico? ¿Se la imaginan rascándose inquisitivamente la calavera con las descarnadas falanges de los dedos corazón e índice dudando de si el lozano ejemplar que tiene delante ha agotado realmente su cupo vital?
    Pero si existe un factor que contribuya como ningún otro a la difusión de este tipo de mentalidad, ése es, sin ninguna duda, el de la Globalización. La Globalización, para quien no lo sepa, no es otra cosa que la difusión a nivel mundial de la cultura de masas norteamericana –la cultura normativa o alta cultura es algo distinto y, por supuesto, bastante minoritario-. La de masas es una cultura que funciona a nivel de lo que Piaget denominó pensamiento operante o concreto, que es el que suele localizarse en los niños de entre siete y doce años. Consiste, básicamente, en vincular los procesos mentales con los relacionados con la manipulación manual y, si se nos permite la licencia, visual. El niño es empirista y sensualista por naturaleza, en el sentido de que no es capaz de echar a andar la maquinaria del razonamiento sin contar con la presencia de una serie de modelos concretos en los que se ejemplifique el proceso. Es decir, eso de: Mira, nene. Como ves…, ¿lo ves?..., en esta mano tengo dos naranjas y en la otra tengo tres. Si cojo las naranjas de mi mano izquierda y las pongo junto a las naranjas de la mano derecha, al final resulta que tengo cinco naranjas. ¿Ves? ¡Compruébalo por ti mismo si quieres!. Pues bien, este tipo de pensamiento vinculado a lo visual es el único que puede ser difundido con eficacia a través de los medios de comunicación de masas, puesto que es el único al que puede acceder la mayoría. En el fondo, evidentemente, se trata de una cuestión relacionada con el marketing, con el llamado arte de vender. Los productos que interesan a cuatro gatos, por muy interesantes y exclusivos que puedan resultar, no son dignos de circular a través de los medios de comunicación de masas, puesto que no resultan rentables.
    El criterio de la mayoría –o de los sedicentes intérpretes de las mismas- es el auténtico lecho procústeo para cualquier creación del espíritu humano, pero un lecho que ya no funciona como antaño, dado que en la actualidad sólo se aplica a aquellos productos que exceden el umbral máximo establecido por las masas. Aquéllos que no encajen dentro de sus límites predeterminados deben ser sometidos a una cura de humildad, a un proceso de jivarización que reduzca considerablemente su complejidad cualitativa. Sólo después de este proceso el producto puede ser marcado con el sello de DISNEY LAND, Made in USA, un sello que le permite circular libremente a lo largo y ancho del circuito de la globalización comercial y, al mismo tiempo, un indicativo de que es apto para todos los públicos. Toda obra, por tanto, ha de ser elaborada atendiendo al criterio prescrito por lo juvenil, que no es otro que el de las masas, el cual, a su vez, coincide a la perfección con el de lo comercial. Pensemos, por ejemplo, en una película, en una canción o en una novela. ¿Qué requisitos han de cumplir para gozar de la aceptación del público y convertirse en un fenómeno de superventas, en una auténtica mina de oro? No es necesario romperse demasiado la cabeza para dar con la mágica fórmula del éxito: mucha simplicidad argumentativa, una pizca de intriga, acción trepidante y abundante, predominio de lo visual-sensitivo sobre lo intelectivo, protagonistas jóvenes y hermosos que se ven envueltos por las brumas de lo marginal y extraño, presencia machacona de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y, por supuesto –esto es de lo poco que se mantiene inalterable- mucho amor y un poquito de sexo. Introdúzcanse todos estos ingredientes en la coctelera, agítese a continuación con cierto esmero y ya tenemos ahí a nuestra obra a punto de ser abrazada por los ávidos y lubricados brazos del Mercado.
    Pero el Mercado es insaciable. Es como el mítico Minotauro del laberinto, que cada equis tiempo exigía su correspondiente ración de hermosa juventud virginal. A toda víctima que ha de ser ofrecida en holocausto se la recibe con los brazos abiertos y haciendo ostentación de las más refulgentes sonrisas, se la cuida, se la mima, se la agasaja y, finalmente, se la baña, perfuma y maquilla para que en el momento de la inmolación ofrezca un aspecto inmejorable. El suyo, y ellas lo saben, es un éxito efímero. En el fondo todas han hecho suya la filosofía popular de nuestro tiempo: quince minutos de gloria a expensas de lo que sea, reina por un día o, como dicen en México, mejor tres años como un rey que cincuenta como un buey.
    Vivimos, pues, bajo la dictadura de lo efímero, del usar y tirar, de lo desechable y caduco. Se valora lo novedoso por la sencilla razón de que es novedoso, pues lo nuevo y distinto, lo moderno, siempre ha sido el principal reclamo para los consumidores potenciales. ¡¿Qué más da la calidad del producto si no aspiramos a que perdure?! De lo que se trata es de adquirir y gastar para volver a repetir inmediatamente el mismo proceso. Y así, hasta el fin de nuestros días.

lunes, 28 de mayo de 2012

LAS "ANTITAUROMAQUIAS" DE MANUEL VICENT


   Hace unos años, comenzamos a redactar una breve reseña sobre la Antitauromaquia, de Manuel Vicent, pero el proyecto quedó truncado nada más nacer por una cuestión de conciencia. Nuestro trato con este texto nunca ha pasado de ese ligero ojeo –y hojeo- que se suele hacer en las librerías cuando se sale a la caza de nuevos ejemplares para nuestra sala de trofeos y…, claro, ¿cómo hacer la reseña de un libro que no se ha leído si no es dejándose condicionar por los propios prejuicios o por la propia apariencia del asunto? Es ésta la causa de que decidiéramos abandonar el proyecto y dedicar nuestro tiempo a otros menesteres.
   Estas son las pocas líneas que en su momento logramos articular sobre la obra en cuestión:

   Hemos considerado que “Juan Belmonte, matador de toros”, es el mejor libro sobre temática taurina escrito hasta la fecha. Pues bien, su complemento antagónico sería este otro que ahora glosamos: “Antitauromaquia”, de Manuel Vicent. Sin pretender entrar a valorar la calidad y valía literaria del escritor valenciano, nos parece que este libro suyo es un ejemplo paradigmático de esa visceralidad de la que más arriba hablábamos en relación a la crítica de ciertos detractores, con el agravante, además, de que la crítica que pueda contener aparece sazonada con un plus de mal gusto ramplón, escatológico a veces, que la deslegitima de entrada. Quiere esto decir que la ofensiva de M. Vicent no parte principalmente de la razón y del intelecto, sino de los propios intestinos. No presenta argumentos, no razona, no justifica. Se limita, más bien, en explícita imitación de la táctica defensiva de ciertos pájaros, a regurgitar sobre el rostro del enemigo atacante la plasta hedionda procedente de sus vísceras. El libro es, literalmente, y con perdón por la expresión, una “cagada” de su autor, y ello en un triple sentido: 1) algo que sale muy mal, 2) producto de las vísceras, que no del intelecto, y 3) ofensa y desconsideración hacia el mundo taurino que ha de interpretarse bajo la forma del tradicional “me cago en…”.
   El libro, pues, rezuma mal gusto por los cuatro costados debido a que es el fruto del resentimiento más visceral.

   El asunto quedó completamente olvidado durante un tiempo, concretamente hasta el pasado año, que es cuando me tropiezo con un artículo del mismo autor que llevaba por título El clarín. Lo leí varias veces, por activa y por pasiva, del derecho y del revés, obteniendo como resultado una molesta sensación de dejà vu. Fue entonces cuando comencé a sospechar que los prejuicios que me habían llevado a redactar el texto de más arriba tenían cierto fundamento. Y, como no pude evitar la tentación de la réplica, redacté unas líneas que, con el título de Sordina para el clarín del Sr. Vicent, dirigí a la sección Cartas al Director, del Diario El País y que, evidentemente, no tuvieron a bien publicar. Son éstas:

   Al Sr. Vicent no se le pueden negar las virtudes de la perseverancia y de la puntualidad. Fiel a la cita, el pasado domingo día 8 hacía pública su anual diatriba contra la Fiesta Nacional.
   Dejando al margen la bosta bovina, los regueros de sangre, las moscas zumbonas y el sahumerio de los habanos –elementos cargados de emotividad subjetiva que nunca faltan en su habitual caracterización de la Fiesta-, nos interesa llamar la atención sobre algo que ya no cuenta con la excusa de la insoslayable subjetividad: la deficiente trabazón interna de su discurso. En síntesis, viene a establecer que el desinterés mayoritario hacia la Fiesta constituye la prueba palpable de que ésta ha perdido la batalla en el terreno de la estética. Pero, ¿no es cierto que esta misma regla nos llevaría a negar valor estético a los más selectos frutos de la denominada alta cultura, dado que, de igual modo, carecen del reconocimiento y de la aceptación de la mayoría?
   La fiesta de los toros está herida –en buena medida, por culpa de los propios actores protagonistas-, pero, afortunadamente, los aficionados contamos con el consuelo de poder decir aquello de: “Siempre nos quedará París”.

   Y nuevamente el asunto quedó relegado a un ultimísimo plano, eclipsado por otras cuestiones más candentes y perentorias.
  Pero todo vuelve…El pasado 6 de mayo el Sr. Vicent nos obsequia con su libelo anual, esta vez con el título La marca. Y, ¿quién se resiste a entrarle al trapo? Nuevamente hemos de dejar al margen las inevitables moscas, los inevitables vómitos de sangre y la inevitable caspa del casticismo, para atenernos a lo sustancial del texto: la imagen que España proyecta hacia el extranjero está mediatizada por el deleznable espectáculo de lo taurino, lo cual, al parecer, es algo consustancial a nuestra particular idiosincrasia. Y es tan consustancial, que la derecha castiza del lorailo-lailo (todos los aficionados a los toros son de derechas, incluidos Lorca y Joaquín Sabina), no contenta con torturar y asesinar a pobres animales indefensos, ha decidido ejercitar su sadismo atávico sobre los lomos de ese manso que es la ciudadanía (siempre de izquierdas). El artículo, como siempre ocurre cada vez que el Sr. Vicent aferra con fuerza la pluma para su anual desahogo, incurre en los tradicionales vicios del simplismo, la generalización y, ¿cómo no?, el subjetivismo más visceral. El único mérito del escrito es el eficaz uso de la metáfora taurina para explicar la delicada situación de la ciudadanía en estos momentos de crisis. Lo cual demuestra, ¡por cierto!, que ni siquiera los más furibundos detractores de la Fiesta Nacional son capaces de desprenderse de un arquetipo que todos llevamos grabado en lo más profundo de nuestro inconsciente colectivo.
   Las cosas no se deben dejar a medias. Una vez empezada la faena es preciso rematarla.
   Hace unos días decidimos internarmos en la jungla del Internete en busca de nuevas pruebas de los vicios nefandos del Sr. Vicent. Una vez más hemos de obviar la irrenunciable cuota de subjetivismo que siempre acompaña a las obras humanas, así como el habitual pateado del Diccionario y de la Semántica misma, tan habitual entre los representantes del movimiento animalista, para centrarnos en lo sustancial de estos escritos.

   Uno de los más celebrados es aquél en el que, tras la correspondiente batería de argumentos sofísticos, concluye rizando el rizo de la perversión lógica al establecer un paralelismo entre tauromaquia y canibalismo. Admito que el toreo sea un arte si a cambio se me concede que el canibalismo es gastronomía, viene a decir. O sea: sólo si p (canibalismo) es q (gastronomía),  r (tauromaquia) podrá ser s (arte). No hace falta estar familiarizado con las leyes de De Morgan, Modus Ponens, Modus Tollens, Transitividad y otras para darse cuenta de que el argumento es sofístico a más no poder, es decir, pura pirotecnia verbal. Pero resulta que la debilidad del argumento, además de formal, es también material, esto es, de contenido. Tenemos la impresión de que la imagen que el Sr. Vicent maneja del canibalismo en poco o nada se diferencia de la difundida por las películas de Hollywood: indígenas con taparrabos danzando alrededor de un caldero enorme en cuyo interior se cuece dignamente un pobre y desvalido explorador europeo. Evidentemente, el canibalismo no es un fenómeno que esté al servicio de la alimentación.[1] El canibalismo no es gastronomía porque es mucho más que esto: un ritual religioso y sagrado que, partiendo de la función primaria de la alimentación, busca ante todo la comunión con el espíritu de los antepasados, con el Dios-tótem o, en algunas ocasiones, con el carisma y la fuerza de los enemigos vencidos en la batalla. La relación entre canibalismo y gastronomía es la misma que pueda haber entre tauromaquia y un reality de la TV. Así pues, el toreo, como el canibalismo, es básicamente un ritual sagrado. Y, ¿no es el rito el fundamento de todo arte?
  
   En el artículo del 2 de mayo de 2004 sólo hay una metedura de pata digna de mención. El resto es más de lo mismo –o sea, moscas, muchas moscas…-:  creemos que ignorarlo todo sobre la lidia supone un paso en el refinamiento del espíritu. ¡Ole, ole, y ole! No es sólo que se considere la ignorancia como una vía de acceso al refinamiento espiritual, sino que aquí huele a seminario. ¿Considera acaso el Sr. Vicent que el pensamiento puede verse contaminado de alguna manera por lo pensado? Y, ¿cómo ha de lograrse esta ignorancia, de manera voluntaria o por imposición censora? Lorca, quien dijo de los toros que se trata de la fiesta más culta que queda actualmente en el mundo, debía de padecer de un acusado déficit en cuanto a refinamiento espiritual y a sensibilidad se refiere, ¿o no?

   En un artículo de 2006, del que no tenemos ni título ni fecha exacta, las meteduras de pata hasta el corvejón son clamorosas.
   Primera: La estética de masas ahora se congrega alrededor de unos héroes que son campeones de motos, de fórmula 1, de rallies, de baloncesto, de tenis, de golf, de fútbol…Tratándose, como resulta obvio, de una variante del argumento presentado en el artículo más arriba comentado –El clarín-, nuestra respuesta ha de limitarse a la siguiente pregunta: ¿y…? El criterio de la mayoría para lo que ha sido establecido: para elegir a nuestros representantes políticos, y punto.
   Segunda: Este espectáculo baja varios niveles más en la degradación cuando abandona las plazas oficiales y se convierte en capeas populares con toros de fuego, ensogados, alanceados, (…). A continuación hace referencia al hecho de que el Parlament de la Generalitat se dispone a tramitar la prohibición de las corridas de toros en territorio catalán y comenta que tal hecho no debe ser visto como algo vinculado con las reivindicaciones nacionalistas sino, antes bien, como una prueba de la superioridad espiritual de los catalanes. Evidentemente, en el año 2006 el Sr. Vicent no podía predecir lo que iba a ocurrir unos años después. A ver: si los catalanes –los políticos catalanes, más bien- son más evolucionados que el resto de los españoles, ¿cómo es que han dejado intactos esos correbous que, según acaba de reconocer el propio autor, son incluso más censurables que las propias corridas de toros? Está claro que la cuestión de fondo de todo este asunto tiene mucho que ver con las reivindicaciones nacionalistas y poco o nada con una supuesta superioridad espiritual o con el bienestar de los animales.  

   En el artículo del 4 de mayo de 2008 los argumentos –o pseudoargumentos- de los anteriores artículos se repiten, siempre, ¿cómo no?, con el correspondiente aliño de moscas, estiércol, puyazos y sol, un sol de cinco de la tarde, un sol que es para los españoles lo que el aceite de oliva para las ensaladas –el Señor Vicent cree en el determinismo ambiental-. Limitémonos, por tanto, a comentar un par de líneas. ¡Pero vaya un par de líneas!: Pero la profunda sensibilidad de esa canción (paraules d´amor) está a mil años luz de un puyazo que hace correr la sangre del toro hasta la pezuña. A Serrat se le puede perdonar esta caída, dado el amor que se le tiene, siempre que sea por una vez y no más. Una y no más…, que sea la última vez…, que no se vuelva a repetir…El Sr. Vicent, metamorfoseado de pronto en Gran Inquisidor, haciendo gala de una abnegación absolutamente encomiable, está dispuesto a mirar para otra parte, a hacer borrón y cuenta nueva, a no tener en cuenta la traición, porque…¿Por qué? ¿Quizás porque Serrat es catalán?, ¿quizás porque considera que no era consciente de lo que hacía al acudir a la plaza?, ¿quizás porque es famoso?, ¿quizás porque es necesario ganarlo para la causa? Lo que está claro es que en esta ocasión Don Manuel no ha podido evitar la mostración del Mr. Hyde que todos llevamos dentro, ese otro yo oculto que, como sabemos, en esta piel de toro que es España siempre se manifiesta ataviado con vestido negro y talar.

   El avance de la civilización se paga al precio de una notable barbarie, dijo Walter Benjamin. ¡Y cuánta razón tenía! Lo que no dijo el filósofo judío-alemán, que nosotros sepamos, es que el procedimiento del que se sirve la barbarie para progresar a rebufo del propio progreso civilizador es el mimetismo. Esto significa que muchos de los supuestos logros del supuesto progreso no son tales, sino, antes bien, pérdidas o retrocesos. El animalismo sería un buen ejemplo de esto último, uno de los muchos avatares de que se sirve la barbarie para hacerse un hueco en este mundo nuestro tan moderno, dinámico, aséptico y…¿vacuo?
   Quien quiera más detalles sobre cómo se manifiesta la barbarie en los tiempos modernos, puede echar un vistazo al artículo recogido bajo la etiqueta TAUROMAQUIA con el título Del linaje de Atila.
  

*
   El señor Vicent está en su derecho a opinar sobre lo que le venga en gana, ¡faltaría más!, igual que cualquier hijo de vecino, pero no podemos evitar la sensación de que la lucidez de la que hace gala cuando escribe sobre otros asuntos se volatiliza completamente cada vez que, llegando el mes de mayo, decide echarse al ruedo. Está visto y demostrado que de los prejuicios y emociones sólo se pueden esperar consignas y proclamas, nunca razones.
   No pongas tus sucias manos sobre Mozart, Balada de Caín, Póker de ases…Estos son los títulos de la obra convencional del Sr. Vicent que hemos leído. Y con ellos nos quedamos.


[1] Quizás la excepción a esta afirmación la constituya el canibalismo practicado por los antiguos aztecas. Según Marvin Harris, la razón última de esta práctica habría que buscarla en los escasos recursos alimenticios de la región. El hecho de que los insectos aparezcan en la dieta habitual de estos pueblos sería una prueba determinante.

domingo, 20 de mayo de 2012

SOBRE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE

   Hace unas semanas tuvimos la ocasión de leer el artículo que, con el título de Reducción del animal humano, Víctor Gómez-Pin acababa de publicar en la sección de Opinión del Diario El País. Básicamente, el texto venía a ser una aplicación a la actual situación socio-económica de los postulados fundamentales de lo que, desde hace algún tiempo, constituye el marco teórico por donde discurren sus intereses filosóficos fundamentales: el estatus ontológico de lo humano en relación a la elemental animalidad. ¿Qué consecuencias se derivan para el animal humano de la actual situación económica y social? Esta es la pregunta específica que se plantea nuestro filósofo. La respuesta es clara e inequívoca: la principal de las consecuencias es una devaluación de lo humano, esto es, su degradación y, en consecuencia, el acortamiento de la brecha que lo separa del animal. Cuando el hombre ha de emplear la mayor parte de su tiempo y de sus energías en garantizarse la subsistencia, resulta inevitable que se produzca una deflación y empobrecimiento de esa dimensión específicamente humana a la que Aristóteles, de manera genérica, se refería con el término logos. Zoón lógon échon –animal poseedor de logos, es decir, animal racional, animal que discurre, animal dotado de palabra, animal que dialoga…-, ésta es la definición que el estagirita dio del hombre, y ésta es la definición que nuestra cultura occidental ha venido haciendo suya desde hace dos mil quinientos años. Y fue también Aristóteles quien se dio cuenta de que el requisito que hace posible el surgimiento y la pervivencia de este atributo específico de la humanidad no es otro que el ocio, es decir, el tiempo libre, es decir, el hecho de no tener que sacrificar todo nuestro tiempo y toda nuestra energía para dar cumplimiento al imperativo del aver mantenençia, que dijera Juan Ruiz. El término latino del que deriva nuestro término ocio es otium, término que también podemos percibir con claridad meridiana en negocio (de nec-otium). El negocio, la actividad productiva destinada a la preservación y a la continuidad de nuestro ser biológico, por tanto, es la negación del ocio, esto es, del tiempo libre, que es, como hemos dicho, la condición de posibilidad de la que depende y de la que se alimenta esa otra dimensión específicamente humana que es el Logos o Espíritu. Pero las sorpresas etimológicas no se agotan en lo anteriormente dicho. El término griego equivalente al latino otium es scholé, de donde deriva…. ¿lo adivinan? ¡Pues claro que sí!...: escuela. Ergo: tenemos escuelas, tenemos formación, tenemos cultura –y también CULTURA-, tenemos humanidades y humanidad porque tenemos tiempo libre. Si se restringe el tiempo libre, porque es preciso incrementar las horas destinadas al trabajo, ¿no se restringe también aquello que nos diferencia de los simples animales?
   El artículo de Gómez-Pin me hizo recordar los tiempos idos y que ya nunca más volverán, cuando era feliz e indocumentado, cuando era capaz de enfrentarme con los textos de los grandes pensadores sin la mediación celestinesca de los intérpretes, exegetas, hermeneutas y demás especialistas en la predigestión de la Cultura. Me acordé, concretamente, del texto del humanista italiano Pico Della Mirándola que lleva por título Discurso sobre la dignidad del hombre. Me acordé, rizando el rizo de la concreción, del fragmento que dice así:

   El mejor Artesano decretó por fin que fuera común todo lo que se había dado a cada cual en propiedad, pues no podía dársele nada propio. En consecuencia dio al hombre una forma indeterminada, lo situó en el centro del mundo y le habló así: “Oh Adán: no te he dado ningún puesto fijo, ni una imagen peculiar, ni un empleo determinado. Tendrás y poseerás por tu decisión y elección propia aquel puesto, aquella imagen y aquellas tareas que tú quieras. A los demás les he prescrito una naturaleza regida por ciertas leyes. Tú marcarás tu naturaleza según la libertad que te entregué, pues no estás sometido a cauce angosto alguno. Te puse en medio del mundo para que miraras placenteramente a tu alrededor, contemplando lo que hay en él. No te hice celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal. Tú mismo te has de forjar la forma que prefieras para ti, pues eres el árbitro de tu honor, su modelador y diseñador. Con tu decisión puedes rebajarte hasta igualarte con los brutos, y puedes levantarte hasta las cosas divinas.”

      Sólo unas líneas más adelante perfila y completa el retrato con estas contundentes palabras:

   Si te detienes ante alguien obnubilado, como otro Calipso, con vanos fantasmas, y entregado al halago acariciante de los sentidos, no es un hombre lo que ves, es una bestia. Si ves a un filósofo que todo lo interpreta a la luz de la razón, venérale; es un animal celeste, no terreno.

*

   En El puesto del hombre en el cosmos, Max Scheler defiende la tesis del salto cualitativo. La diferencia entre el hombre y el animal, viene a decir el filósofo, no es una diferencia meramente cuantitativa y de grado, sino, fundamentalmente, cualitativa.[1] De esta tesis es posible deducir que existe un tope inferior más allá del cual el hombre no puede ir, es decir, que no es posible un retorno absoluto y total a la pura animalidad. El hombre podrá ser más o menos hombre, más o menos humano, pero nunca, por muy degradado que esté, podrá equipararse con una bestia.
   El puesto que el hombre ocupa en el cosmos, por tanto, es un puesto relativamente inestable o, si se prefiere, relativamente estable. Esto significa que su naturaleza admite variaciones, que está sujeta a perfeccionamiento o a degradación, pero siempre dentro de ciertos límites. Y es este marco el fundamento de toda Ética y de toda Pedagogía. Sólo para un ser con estas cualidades tiene sentido el imperativo pindárico que dice aquello de ¡Llega a ser el que eres!

   Pero volvamos al peliagudo asunto de la relación entre lo humano y lo animal. Tenemos la sensación de que la gran mayoría de los estudiosos del tema, con la excepción quizás de Gómez-Pin, abordan el asunto desde postulados –tesis no demostradas y que, sin embargo, no se cuestionan- netamente idealistas. En efecto, la mayoría dan por supuesto que la naturaleza humana radica en su espíritu y que éste se halla prisionero en el interior de la cárcel –o sepultura, que dirían los pitagóricos- del cuerpo. Desde esta óptica, el cuerpo, vinculado con la animalidad, es visto como un impedimento, como un lastre, como una cadena de gruesos eslabones que nos impide elevarnos hasta esas alturas en las que se localiza nuestra verdadera y auténtica patria. Esta es la imagen tradicional que ha de ser retomada y matizada. Nuestra opinión es que nuestro cuerpo no es el argel de nuestro espíritu, sino, antes bien, que somos simultáneamente ambas cosas. Es decir, que nuestra animalidad es parte constitutiva de nuestra humanidad, y viceversa. La cuestión, por tanto, no es cómo hacer para conseguir la emancipación del cuerpo-animal, sino cómo ha de ser nuestra relación con éste.
   Hay una cumbre que es preciso coronar. Hay un recorrido –itinerario o periplo- que es preciso realizar, hay una serie de obstáculos y de dificultades que es preciso superar –Sirenas, Circes, Lotófagos, Cíclopes…, tentaciones y miedos varios...-, y hay una meta que es preciso alcanzar. De acuerdo. Pero es preciso saber que el aire de las cumbres, a pesar de su excelencia cuando de curar jamones y de curtir espíritus se trata, no suele ser apto para la Vida. Si subimos, por tanto, es para eso, para curtirnos y para entrenarnos, para fortalecer nuestros corazones y para ganar en resistencia. Luego es preciso volver al valle. En efecto, Ítaca no es la meta. Ítaca, tal como sostiene Kazantzakis en su Odisea, siempre será un punto de partida.
   El nombre de la doctrina que se desprende de las anteriores consideraciones es, como ya se habrá adivinado, Hedonismo.
   Hay dos clases de hedonismo. Uno es primario, directo y espontáneo; el otro, en cambio, sería secundario, indirecto y mediatizado por la reflexión. Y este, el segundo, es el que aquí queremos hacer nuestro. El hedonismo primario, que es el que cuenta con mayor número de adeptos, es degradante para la persona y, en consecuencia, moralmente censurable. Sólo el lecho procústeo de la virtud puede moderarlo. El secundario, que es el de Epicuro y sus lechones –Horacio dixit-, el de esa inmensa minoría a la que se refiriera Juan Ramón Jiménez, es justo lo contrario: un potenciador de la humanidad de sus adeptos y la puerta de acceso a lo que en otro lugar hemos llamado conocimiento vivencial.  
   Quien ha vivido durante algún tiempo entre los glaciares de las alturas por donde gusta planear al Espíritu se halla inmunizado frente a cualquier amenaza con que pueda encontrarse tras su vuelta al valle. Para alguien así, el cinturón de seguridad de la virtud sólo puede ser visto como un estorbo y como una traba de cara a la consecución de sus proyectos y al logro de sus ambiciones.


[1] Que tomen buena nota de esto todos aquellos que no paran de llamar la atención sobre el hecho de que humanos y primates compartimos en torno al 98% de la información genética.

miércoles, 16 de mayo de 2012

EL DINERO, EL ÚNICO DIOS VERDADERO...



   …Así dice la letra de una canción de Sabina, quien, de esta manera, se sitúa en la estela de otros vates de mucha más solera que él. Recuérdese el poderoso caballero es Don Dinero, de Quevedo, o el todo cuanto en el siglo se hace es por su amor, del Arcipreste de Hita.

   El vínculo entre dinero y religión es tan antiguo como la humedad.
  Dinero y religión son intereses que se relacionan al modo de los vasos comunicantes o, si se prefiere, al modo vampírico: el apogeo de uno de ellos implica y exige el declive del otro. Cuando vemos a la religión en todo su esplendor integrista, lo normal es que el interés por lo crematístico quede relegado a un segundo plano, y viceversa. Pero hemos de tener en cuenta que las apariencias muchas veces nos engañan. Según la mitología vampírica, quien es mordido por uno de estos chupasangres se convierte en una especie de muerto aparente, en un muerto viviente. Algo similar ocurre en la relación que aquí tratamos de explanar. El apogeo de lo religioso no anula el interés por lo económico, sino que lo incorpora a su propia dinámica, haciendo que la economía viva y crezca, como un tumor, en el seno de la propia religiosidad. Del mismo modo, tampoco muere la religión al ser vampirizada por el interés económico, sino que queda integrada en éste. Lo característico de las posturas extremas, como sabemos, no es la oposición y la diferencia, sino justo lo contrario, esto es, la identidad.
   El ejemplo paradigmático de todo lo anterior lo tenemos en el episodio bíblico, recogido en el Éxodo, en el que se nos narra cómo el pueblo elegido se entrega a la adoración del mítico becerro de oro al no tener paciencia para aguardar el regreso de su caudillo Moisés. La moraleja parece evidente: es el carácter distante de la divinidad lo que empuja a los individuos a ese culto idolátrico que es la actividad mercantil. Para el pueblo, en su ingenuidad primigenia, no habría diferencia alguna entre rendir culto a uno o al otro, pues el acto de fe requerido es exactamente el mismo.
   Pero este vínculo, eterno y consustancial, entre religión y economía no siempre ha gozado de la misma fortaleza. Es en los inicios de la Época Moderna cuando el nudo se estrecha y se afianza de manera irreversible. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, el sociólogo alemán Max Weber defiende la tesis según la cual el capitalismo moderno sería una consecuencia imprevista de la ética protestante, concretamente de la calvinista. Sostiene Weber que la idea clave radica en el concepto de predestinación, que es consustancial a esta modalidad del protestantismo. Para los calvinistas los individuos nacemos predestinados para la salvación o para la condena, sin que podamos hacer nada para modificar ni un ápice lo que está establecido por la divinidad. Lo que tenga que ser, será, dado que nuestro comportamiento en vida es completamente irrelevante. Ahora bien, la incertidumbre en relación al destino que Dios nos tiene reservado en modo alguno es absoluta, pues existen indicios que nos permiten adivinarlo de alguna manera, siendo el principal de todos estos el éxito económico. De esta manera, el triunfo en los negocios se convierte en una señal que el mismo Dios nos envía para darnos a conocer que nos encontramos entre los elegidos. Pues bien, es esta necesidad de despejar las dudas e incertidumbres lo que arroja a los individuos a una laboriosidad de naturaleza obsesivo-compulsiva y netamente ascética. Tanto es así que el inconsciente capitalista en ciernes ni siquiera se puede permitir el lujo de disfrutar moderadamente de los beneficios de su actividad empresarial, ya que esto supondría incurrir en una actitud de disipación que, a la larga, acabaría convirtiéndose en un factor de incertidumbre. Es por esto que los beneficios tienen que ser netamente reinvertidos.
   El protestantismo, en tanto que integrismo fundamentalista –como claudicación del Cristianismo frente al Judaísmo precedente-, por tanto, constituiría el factor fundacional del Capitalismo moderno. Y, siendo el Capitalismo la consecuencia de un viraje de la religión hacia el integrismo, no debemos extrañarnos de que su desarrollo natural haya concluido en esa suerte de fundamentalismo económico que conocemos con el nombre de Neoliberalismo. ¿Recuerdan aquellas palabras de los Evangelios donde se habla de ricos, de camellos y de ojos de agujas? Repito: el Capitalismo como resultado de una judaización del Cristianismo.

   Esta actitud del protestante frente a la actividad económica ha sido descrita magistralmente por Dostoievski, el más agudo de todos los psicólogos –según Nietzsche-, en su obra El Jugador. Leamos:

-Yo preferiría –dije- pasarme toda la vida en una tienda de kirguizes nómadas antes que adorar al ídolo alemán.
-¿A qué ídolo? –preguntó el general, que ya empezaba a amoscarse en serio.
-Al modo alemán de acumular riqueza. (…)
(…) Bueno, aquí todas las familias se encuentran bajo la esclavitud y la sumisión más completa al Vater. Todos trabajan como bueyes y acumulan dinero como judíos. El Vater, supongamos, ha reunido ya tantos florines y espera ceder al primogénito su taller o su parcela de tierra. A este objeto, no dan a la hija dote alguna, y ésta se queda para vestir imágenes. Con idénticas miras venden al hijo menor como criado o como soldado, y este dinero lo incorporan al capital familiar. Se hace así, pueden creerme; he procurado informarme. Y todo esto lo hacen movidos por la honradez, por un extremado espíritu de honradez, hasta el punto que el hijo menor, que fue vendido, está convencido de que lo vendieron movidos por la honradez; y esto es el ideal: la propia víctima se alegra de que la ofrezcan en holocausto. ¿Qué pasa después? Que tampoco al primogénito le van mejor las cosas: hay allí cierta Amalchen a la que su corazón se siente unido, pero no puede casarse, porque no ha ahorrado tantos florines como para hacerlo. También esperan digna y sinceramente y aceptan el holocausto con la sonrisa en los labios. Amalchen se ha quedado demacrada y flaca. Finalmente, al cabo de veinte años, los bienes se han multiplicado: disponen de los florines honrada y virtuosamente reunidos. El Vater da su bendición al primogénito, de cuarenta años, y a Amalchen, de treinta y cinco, que tiene ya los pechos fláccidos y la nariz colorada…Llora, les da sus consejos y muere. El primogénito se transforma, a su vez, en virtuoso Vater, y la historia vuelve a repetirse. A los cincuenta o sesenta años, el nieto del primer Vater dispone ya, en efecto, de un capital considerable, que él transmite a su hijo, y éste al suyo, y este otro al suyo, con lo que al cabo de cinco o seis generaciones nos encontramos con el barón Rothschild o con Goppe y Cía., lo que sea. ¿No resulta un espectáculo grandioso? ¡Un trabajo continuado de cien o doscientos años, paciencia, inteligencia, honradez, carácter, firmeza, cálculo, la cigüeña en el tejado! ¿Qué más quieren? Porque no hay nada superior a esto, y desde este punto de vista empiezan a juzgar al mundo entero y a castigar a los culpables, es decir, a quienes se diferencian un ápice de ellos. Y aquí está el asunto: yo prefiero alborotar al estilo ruso o enriquecerme en la ruleta. No quiero ser Goppe y Cía. Dentro de cinco generaciones. El dinero lo necesito para mí mismo y no me considero como un apéndice obligado del capital. Sé que he dicho muchas barbaridades, pero no me importa. Tales son mis convicciones.

   Palabras, como se habrá tenido ocasión de comprobar, que gozan de una plena actualidad. ¡Que le pregunten si no a los griegos! ¡Que nos pregunten, mejor dicho, a todos los que integramos la piara de los denominados países pig!

   En el cuento titulado El señor Projarchin, Dostoievski expone el caso de un individuo aquejado de la enfermedad del ahorro y del acaparamiento, un trastorno que tiene muchos elementos en común con el denominado Síndrome de Diógenes. Pero Dostoievski no es el único escritor que ha mostrado interés por la enfermedad del dinero. Piénsese, por poner sólo unos pocos ejemplos, en Eugenia Grandet de Balzac, en El avaro de Molière o en El mercader de Venecia de Shakespeare.
   El componente patológico que supone la fijación en el dinero es algo fuera de dudas. Según Freud, la persona que sufre de este trastorno no habría completado su proceso de maduración y se hallaría anclado en la denominada etapa sádico-anal, que es aquella en la que el niño aprende a controlar el músculo del esfínter. Desde esta óptica, según Freud, el excremento vendría a ser algo así como el modelo arquetípico y paradigmático de cualquier otra forma de mercancía. Desde esta óptica, ¿qué es el capitalista sino un estreñido crónico?

   Cualquiera que haya leído a Freud sabe que el factor económico y el factor religioso son factores determinantes y ancilares en el seno de su doctrina. Quiere esto decir que han de ser contemplados como elementos de los que no se puede prescindir si queremos explicar de manera cabal el comportamiento humano.

   Es evidente que desde el inicio de la Época Moderna, y en los países occidentales, la balanza se ha ido decantando progresivamente del lado de lo económico y crematístico. Y es evidente, igualmente, que el vacío dejado por la muerte de Dios ha creado las circunstancias propicias para que este proceso de decantamiento haya podido alcanzar una solidez y constancia hasta entonces insospechadas. El siglo XX marca el inicio de la apoteosis de lo económico. Es así como la Economía se subroga, como si de trajes abandonados se tratase, de los atributos con que antiguamente se vestía la divinidad.
   Nihil novum sub sole, decían los clásicos. No se trata de que la Historia siempre se repita. Se trata, más bien, de que los distintos acontecimientos que se suceden no son otra cosa que variantes o modalidades de un puñado de esquemas arquetípicos y eternos. Por ejemplo: el Sanedrín (los Mercados) han dictado sentencia con la connivencia de Poncio Pilatos (Merkozy). Judas (Gobiernos nacionales) ha desempeñado su trabajo a la perfección y, como recompensa, ha cobrado sus treinta monedas. Los Apóstoles (integrantes de la CEE) se acusan los unos a los otros, cuando no reniegan por activa y por pasiva. El Cristo (ciudadanía), después de ser flagelado, es expuesto al escarnio público. Esto es lo que hasta ahora hemos podido presenciar. Sólo resta el inevitable vía crucis, el ¡padre!, ¿por qué me has abandonado? y el suplicio de la agonía.
   Pero las similitudes entre Religión y Economía no se agotan en las hasta aquí pergeñadas. ¿Qué me dicen de las discusiones bizantinas de los analistas? ¿Qué me dicen de los misterios insondables de la Ciencia Económica? ¿Qué me dicen de la expiación y del sacrificio redentor? ¿Qué me dicen de la confianza, es decir, de la fe como fundamento último del tinglado capitalista? ¿Qué me dicen de la miríada de profetas miopes especializados en la predicción de los sucesos crematísticos del pasado?
   Del Dios bíblico se decía que era tres en uno –Dogma de la Santísima Trinidad-, que era capaz de producir milagros como el de la transustanciación o como el de la multiplicación de panes y peces; del Dinero, en cambio, podemos decir mucho más: que es Todo en Uno, que es capaz de convertir en oro hasta la más vil de todas las sustancias y que, además de multiplicar los panes y los peces, los puede hacer desaparecer como si nunca hubiesen existido. Es más, ¿quién sino el Dinero ha conseguido poner de acuerdo a Cristianos, Judíos, Musulmanes, Budistas, Sintoístas, Animistas, Agnósticos y Ateos? El Mercado es el único Pescador de Hombres que puede reclamar para sí semejante título. ¿Y qué decir de la Agencia Tributaria? Es el equivalente laico del antiguo Tribunal de la Santa Inquisición, de eso que ahora se hace llamar eufemísticamente Congregación para la Doctrina de la Fe. La única diferencia digna de mención es que el poder coercitivo de Hacienda es infinitamente superior al que solía ejercer el Santo Oficio.
   Austeridad, paciencia, resignación...El santo Job está destinado a convertirse en el patrón tutelar de los nuevos tiempos.
   Así pues, del Sistema Neoliberal es posible decir lo mismo que Tertuliano dijera del Cristianismo: CREDO QUIA ABSURDUM –creo porque es absurdo-.

   Repitan conmigo:

   Creo en el Dinero todopoderoso, creador de la riqueza así como de la pobreza. Creo en su encarnación en el Negocio de la Banca, que fue concebido por obra y gracia de las Leyes del Mercado. Creo que nació del ingenio del hebreo circunciso, que fue perseguido, censurado y declarado maldito por todos los pueblos de la tierra para, finalmente, renacer de entre los muertos. Creo que de los infiernos de la ignominia y del desprecio se encumbró en la última planta de los más imponentes rascacielos y que está situado a la diestra del todopoderoso Becerro de Oro. Creo que desde allí ha de venir para desvalijar a vivos y a muertos. Creo en las Leyes del Mercado, en la Ley de la oferta y la demanda, en la palabra clarividente de mi Asesor Financiero, en el carácter sagrado del Registro de la Propiedad, en los designios infalibles del Parqué Bursátil, en el carácter inviolable de todo contrato y en la Vida Eterna que ha de traernos el por siempre alabado Dinero. Amén.