Mostrando entradas con la etiqueta EDUCACIÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EDUCACIÓN. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de enero de 2013

HOMO VIDENS -Actualidad de la alegoría de la caverna-





    En la alegoría de la caverna y en el símil de la línea, Platón intentó ofrecernos un modelo sintético e intuitivo -es decir, sensible- de su particular cosmovisión, en su doble vertiente epistemológica y ontológica. Quiso que el lector fuese capaz de elevarse al nivel del concepto partiendo de las imágenes sensibles que proporcionan el mito y los procedimientos metafóricos. Todo ello para decirnos lo siguiente: el ver es condición necesaria para entender, pero no suficiente.
    A pesar de su extensión, no nos resistimos a reproducir aquí lo esencial del texto en que se expone la referida alegoría. Ha llovido mucho desde el siglo IV a. C. hasta el momento presente, pero lo dicho por Platón entonces continúa gozando de una actualidad plena. De hecho, tenemos la impresión de que la vigencia de sus palabras e ideas no sólo no disminuyen con el paso del tiempo, sino que aumenta. Al principio del Libro Séptimo de la La República, consciente quizás de que la anterior exposición sobre el símil de la línea continúa siendo excesivamente abstracta, desciende unos peldaños más en dirección a lo sensible para dibujarnos el siguiente cuadro:

-Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia y a la ignorancia, según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente. Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor los alumbra, y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.
-Ya me represento todo eso.
-Figúrate personas que pasan a lo largo del muro llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, de madera o de piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el muro. Entre los portadores de todas estas cosas, unos se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.
-¡Extraños prisioneros y cuadro singular!
-Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado, que las sombras que van a producirse enfrente de ellos en el fondo de la caverna?
-No.
-¿Ni cómo habían de poder ver más, si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?
-Sin duda.
-Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?
-No.
(…)
-En fin, no creerían que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras.
-Es cierto.
-Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas y se les cura de su error. Que se desligue a uno de estos cautivos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar del lado de la luz, hará todas estas cosas con un trabajo increíble; la luz le ofenderá a los ojos, y el alucinamiento que habrá de causarle le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras veía antes. ¿Qué crees que respondería si se le dijese que hasta entonces sólo había visto fantasmas y que ahora tenía delante de su vista objetos más reales y más aproximados a la verdad? Si en seguida se le muestran las cosas a medida que se vayan presentando y a fuerza de preguntas se le obliga a decir lo que son, ¿no se le pondrá en el mayor conflicto y no estará él mismo persuadido de que lo que veía antes era más real que lo que ahora se le muestra?
-Así es.
(…)
-Y bien, mi querido Glaucón, ésta es precisamente la imagen de la condición humana. (…). 
 
    Lo que describe Platón no es la situación del hombre en el siglo IV a. de C., es la situación del hombre, de la mayoría de los hombres, desde que existimos como especie. Es, por tanto, también –y sobre todo- la situación del hombre actual, la situación de esclavitud y de sometimiento del hombre actual. Cámbiense los términos, sintagmas y oraciones marcados en negrita por sus equivalentes contemporáneos y se verá con mayor claridad lo que queremos decir: hombres uncidos desde la infancia a la TV y a todo tipo de pantallas, luces e imágenes que parpadean contínuamente y que nos deslumbran imposibilitándonos prestar atención a la verdadera luz del conocimiento, charlatanes de feria adiestrados por el Mercado que tratan de colocarnos sus productos a toda costa, esfuerzo estéril de los docentes por apartar la vista de sus pupilos de este mundo de alucinaciones…¡Actualidad plena, pues!
    Para Platón, por tanto, lo sensible en general, y lo visual en concreto, en la medida en que no es fuente de conocimiento, sino de engaño y de mera opinión –doxa-, es algo que debe ser superado y trascendido en dirección al concepto y a la idea, auténtico lugar del saber –episteme-. Ahora bien, esto no significa que lo sensible no juegue su papel en el arduo proceso del conocer. Dado que no somos espíritus puros, dado que nuestra alma es un alma encarnada, no queda más remedio que partir de la experiencia sensible si queremos ascender dialécticamente al nivel de los conceptos. Según Platón, es el contacto con lo sensible lo que hace saltar la chispa responsable de prender la mecha del proceso intelectivo. Así, por ejemplo, la contemplación y comparación de una serie de objetos bellos individualmente distintos debe servir de ocasión para que nuestra mente rescate del olvido la idea de BELLEZA –Teoría de la anamnesis-. Efectivamente, lo visual-sensible es responsable de prender la mecha, pero no de los fuegos de artificio del conocimiento. Es preciso que este fuego inicial arda sin interrupción durante el largo y complejo itinerario del conocer para que se produzca esa deflagración eidética e intelectiva a la que a nosotros nos gusta aludir con el sintagma orgasmo intelectual.
    Platón, en tanto que maestro, fue consciente como nadie de la importancia de partir de lo visual sensible en el proceso de enseñanza-aprendizaje, es decir, de eso a lo que ahora se alude con la expresión aprendizaje significativo. ¿Qué es la aludida alegoría de la caverna sino una pintura que transparenta los más abstractos conceptos? Pero Platón también fue consciente de la necesidad de elevar lo intuido sensiblemente, múltiple y disperso por naturaleza, al nivel de la unidad del concepto.

    Desplacémonos ahora hasta el siglo XVIII. En 1781 ve la luz la Crítica de la razón pura, la obra emblemática de Inmanuel Kant. Se trata de una obra que nace con la pretensión de zanjar, de una vez por todas, la controvertida disputa entre racionalistas y empiristas en lo referente a las condiciones de posibilidad del conocimiento y, de manera concreta, en lo referente a la posibilidad de la Metafísica como ciencia. Pero lo que nos interesa ahora mismo de este sesudo texto es la aportación de Kant en relación a la primera de estas cuestiones. Como sabemos, lo que hace el filósofo alemán es terciar en la disputa entre Racionalismo y Empirismo elaborando una síntesis entre ambos. El conocimiento científico –la episteme de Platón- sería el resultado de unir los datos que suministran los sentidos, tal como afirman los empiristas, con una serie de formas a priori que son innatas al propio sujeto, tal como afirman los racionalistas. Las formas a priori de la sensibilidad son el espacio y el tiempo; las del entendimiento, las famosas categorías –sustancia, causa…-. Las impresiones de los sentidos sin las categorías del entendimiento son ciegas y éstas sin aquéllas son vacías, nos dice Kant.
    En lo básico, la tesis kantiana en poco o nada se diferencia de lo afirmado por Platón. Los sentidos se limitan a suministrarnos una multiplicidad de impresiones dispersas que, de por sí, no representan ningún conocimiento. Para que el conocimiento se produzca es preciso que estas impresiones sean sometidas a un doble proceso de formalización y unificación. En primer lugar, han de ser sometidas a las formas a priori de la Sensibilidad para obtener ese primer producto que se conoce con el nombre de fenómeno. Pero, como resulta que el fenómeno tampoco es fuente de conocimiento por sí mismo, se precisa de un segundo paso consistente en someterlo a las formas a priori del Entendimiento o categorías. Sólo entonces, sólo después de elevar lo percibido al nivel del concepto, podremos decir que conocemos.
    Ambos filósofos, Platón y Kant, coinciden en lo básico. Las diferencias que podamos apreciar entre el uno y el otro son secundarias y de escasa relevancia. Y lo básico es que lo sensible –especialmente lo visual- no se basta a sí mismo desde el punto de vista cognoscitivo, es decir, que no es una fuente autónoma de conocimiento que pueda funcionar al margen de otras instancias superiores. Lo sensible es simplemente ocasión para el conocimiento, una razón necesaria, pero no suficiente.

*

    Durante la lectura de Homo Videns, de Giovanni Sartori, no hemos podido evitar una molesta sensación de dejà vu. No hemos podido evitar acordarnos de las teorías platónica y kantiana sobre el conocimiento que más arriba hemos expuesto de manera muy sintética. Y ello a pesar de que en el libro de Sartori, que nosotros recordemos, en ningún momento se hace referencia a las mismas. Poco o nada nuevo hay aquí que no esté, de alguna manera, también allí.
    El ensayo se inicia con una presentación sucinta de la tesis básica: el Homo Sapiens –o animal simbólico- se está convirtiendo en Homo Videns por influencia, principalmente, de la TV y, también últimamente, de Internet. Se trata de una transformación sumamente negativa porque implica un deterioro progresivo y gradual de esa capacidad de abstracción que desde siempre ha caracterizado a los seres humanos, al menos como posibilidad.
    El libro, según aclara el propio autor en el Apéndice, traza dos recorridos paralelos y complementarios. Uno, de carácter individual, va del video-niño al video-adulto; el otro, de carácter colectivo, va del ciudadano a la democracia. La complementariedad radicaría en lo siguiente: el empobrecimiento que para las nuevas generaciones acarrea la sobreexposición a lo visual genera un déficit de aptitud democrática en estos mismos individuos que aleja la posibilidad de cualquier forma de democracia real, directa y participativa.1 Un gobierno real de teleadictos supondría, de facto, un gobierno basado en la ignorancia. Esto último no lo dice Sartori, pero es una conclusión que cae por su propio peso. De nuevo Platón.
    Libros, periódicos, radio y teléfono no serían medios perjudiciales en la medida en que se basan en la palabra. El auténtico problema surge con la TV debido a que con ésta la palabra queda supeditada a la imagen. No comparte el autor la costumbre, difundida por los especialistas en información y comunicación, de utilizar el término lenguaje para aludir a los recursos del Cine, de la propia TV o de las Artes Figurativas en general, pues para él no hay más lenguaje que el lenguaje-palabra.
    Si hubiese complementariedad entre el ver y el entender, entre el hombre que ve y el hombre que lee, por ejemplo, sería perfecto, afirma el autor. Pero dicha complementariedad no existe. No hay integración, sino sustracción. El acto de ver está atrofiando la capacidad de entender.
    Uno de los síntomas que mejor revela el atrofiamiento de la capacidad para la abstracción es el lenguaje del que hacen uso los jóvenes -¿nativos visuales?-. En relación a este asunto el autor reproduce un texto de una tal Rafaela Simone que no tiene desperdicio. Dice así:

Nosotros hemos crecido en la convicción de que convenía ser articulados, estructurados, que el lenguaje tenía que ser rico, preciso, sagaz; que (…) distinguir era mejor que confundir (…) En fin, hemos crecido en la convicción de que una de las funciones principales del lenguaje es la de ayudarnos a ser articulados y precisos (…) Hoy día, en cambio, desde el universo de la precisión estamos regresando hacia el de la aproximación: el lenguaje de las últimas quintas de jóvenes (en este caso sin demasiada diferencia de clase) es genérico, incapaz de precisar (…) Todo está hecho de esto, aquello, tal, hacer, es decir, de intercalaciones que no capturan sino que aluden. Rechazan la construcción precisa, la focalización rigurosa: deja todo indefinido en un insípido caldo de significados (que además es probablemente el caldo cultural de la New Age). Y el problema es que estos vicios (…) no se pasan con la juventud, sino que se quedan pegados para siempre.

    Así pues, como resulta que la cultura audiovisual no es cultura, sino incultura, la solución pasa por la recuperación del libro, de la lectura y de la escritura. Además, las pantallas deben ser vetadas en las escuelas.

*
    El hecho de que compartamos con Sartori la mayoría de sus ideas no debe ser un obstáculo a la hora de ejercer el pensamiento crítico y libre.
    Compartimos plenamente su tesis básica: la generalización en el uso de la TV y de otros medios basados en la imagen está generando en los usuarios una hipertrofia de lo visual en detrimento de lo conceptual-intelectivo que los incapacita para un ejercicio pleno de sus facultades específicamente humanas y de sus obligaciones como ciudadanos. Una cultura que convierte lo visual en el medio y en el fin de su expresión, renunciando a dar el imprescindible paso ulterior en pos del concepto, no puede ser considerada Cultura en el sentido pleno del término.
    De acuerdo. Pero, para decir esto no son necesarias tantas páginas. El libro es, ciertamente, redundante y repetitivo. Es también, según hemos indicado más arriba, poco o nada explícito a la hora de citar sus presuntas fuentes. Es un tanto ingenuo en lo referente al papel de las NNTT de la información y comunicación. Y es, finalmente, excesivamente radical en su descalificación, sin paliativos, de lo visual.
    Nuestra crítica, no obstante la enumeración anterior, se va a centrar en el último de los defectos mencionados. Consiste este defecto, para ser más específicos, en el hecho de que el autor abre un hiato, al parecer infranqueable (una especie de chorismós platónico), entre lo visual-sensible y lo conceptual-inteligible. Dice que sería deseable que ambas dimensiones se pudiesen complementar de alguna manera, pero admite que esto no pasa de un simple ideal. Nosotros decimos que es cierto que el uso masivo que en la actualidad se hace de los medios visuales restringe grandemente la posibilidad de elevar la imagen al nivel del concepto y que también lo es que esta posibilidad ni siquiera figura entre los objetivos de la mayor parte de estos medios. Pero una cosa es el uso de facto de los medios, inspirado por criterios comerciales y crematísticos, y otra cosa es el innegable vínculo gnoseológico existente entre lo visual y lo intelectivo. No queremos decir que el autor niegue este vínculo. De hecho, no lo niega. Lo que sí que hace es minusvalorarlo. Es cierto que la comprensión y el entendimiento sólo se producen en el nivel de lo conceptual, pero también es cierto lo que afirma el adagio escolástico: Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu –Nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en los sentidos”-. Es decir, la comprensión no es algo que nos venga directamente de arriba, como si de una gracia divina se tratara, es, más bien, el exquisito resultado de un lento y laborioso proceso de destilado que se inicia, precisamente, con una labor de recolección a cargo de los sentidos. La dirección que sigue el conocimiento en este lento proceso de elaboración, por tanto, va de abajo hacia arriba, y no al revés. Afirmar lo contrario nos arroja en brazos del Idealismo y, en última instancia, de la fe.
    Pero no se trata sólo de que el origen del conocimiento esté en los sentidos, especialmente en lo visual. Se trata, además, de que no hay comprensión sin el correspondiente modelo visual. Lo abstracto, por su carácter formal y descarnado, sólo se entiende si previamente es reducido a un modelo visual-sensible mediante el correspondiente recurso a la metáfora. Un magnífico ejemplo de esto lo tenemos en la alegoría de la caverna. Consiste ésta, en realidad, en el último recurso del que Sócrates puede echar mano en su empeño por explicar a Glaucón el significado de sus ideas. En vista de que las meras explicaciones conceptuales no han logrado el objetivo previsto, no queda otro recurso que proceder a reducir el concepto a la imagen sensible. Comienza Sócrates diciendo a su interlocutor que active su imaginación, es decir, que se forme la imagen del cuadro que a continuación le va a representar mediante las palabras. Le recuerda en reiteradas ocasiones que no ceje en el esfuerzo imaginativo mediante el uso del imperativo supón. Acabada la primera intervención del maestro, el discípulo responde: Ya me represento todo eso. El resto de la alegoría, en lo que a nosotros nos interesa, aparece repleto de alusiones a la facultad de ver, de representar y de imaginar. ¿Por qué Platón se ve necesitado de echar mano de mitos, metáforas, alegorías y símiles tan a menudo? ¿Es esto congruente con una concepción de la realidad netamente idealista? Alguien dirá que se trata, simplemente, de un recurso didáctico o pedagógico idóneo para quienes carecen de las habilidades de un filósofo consumado debido a que están iniciando su proceso de formación. Nosotros, en cambio, pensamos que no es éste el caso. Incluso el pensador más avezado ha de echar mano de los modelos visuales para poder representarse de alguna manera aquello hacia lo que las ideas lo conducen. Platón, en su vejez, debió de arrepentirse de haber quemado sus composiciones poéticas de juventud.
    Si no sabes decirlo, es que no lo sabes... Esto es cierto, pero incompleto. Se puede ser mucho más radical. Si no sabes dibujarlo, es que no lo sabes. Y ello es así porque los conceptos y las ideas, además de una verdad material, también poseen una verdad formal que depende de cómo se relacionan las unas con las otras. El dibujo del que hablamos es la representación sensible de la configuración que estas ideas adoptan dentro del sistema o teoría del que forman parte.
    En la historia del pensamiento ha habido magníficos dibujantes. ¿Dónde radica el poder de fascinación de pensadores como Nietzsche o Bergson? Nosotros lo tenemos muy claro: en su habilidad para manejar metáforas, símiles y alegorías; es decir, en su maestría para dibujar con palabras.


*

    Nuestro Diccionario apócrifo lúdico-filosófico se está convirtiendo en una especie de libro de consulta de carácter mágico, algo similar a la Biblia o al I Ching. Y es que, lo abramos por donde lo abramos, siempre encontramos alguna aclaración para nuestras inquietudes del momento. Veamos:

TELEVISOR.- 1. Camello electrodoméstico capaz de satisfacer todo tipo de toxicomanías. Su especialidad son las sustancias con mayor densidad de alcaloides, tales como: fútbol, culebrones, realities, teleseries, concursos y programas de gastronomía. 2. Sedante que el hombre contemporáneo debe consumir a diario en grandes cantidades para combatir el vértigo que padece desde que supo de la muerte de Dios. 3. Mini embajada de los USA en el corazón de todos y cada uno de los hogares del planeta Tierra. 4. Especie de ventana interior del hogar de la que se sirven los polstergeist -o fenómenos para anormales- para acceder hasta nosotros.

PC.- 1. Acrónimo de Puto Cacharro (de los cojones). La expresión comenzó a ganar adeptos tras comprobarse en multitud de ocasiones que la máquina no sólo no solucionaba los problemas que se le tenían encomendados sino que, además, creaba otros nuevos con los que no se había contado en un principio. 2. Chuchería electrógena profusamente glutamatizada que, habiendo sido pensada para adular las papilas gustativas del sentido de la vista, suele dejar el intelecto al borde de la inanición. El PC es al conocimiento lo que el atracón de chucherías y de bebidas gaseosas a la alimentación. 3. Terminal para la información. Efectivamente, este tipo de electrodoméstico sólo es apto para aquella información que se encuentra en un estado terminal, esto es, a punto de exhalar su último suspiro.

INTERNET.- 1. Tela de araña digital y virtual que los Mercados tienen desplegada a lo largo y ancho del globo terráqueo con el fin de capturar e inmovilizar a los individuos que precisan para aplacar su insaciable y galopante apetito. Quienes quedan atrapados en esta red no son conscientes de que cuanto más se agitan y se mueven a través de ella, más enredados quedan. Pero lo más sorprendente del engendro es su capacidad para convencer a sus víctimas –conocidas en el argot como usuarios o internautas- de que, en contra de todas las apariencias, son más libres y autónomos que aquellos miembros de la población que, hasta la fecha, han logrado resistirse a sus cantos de sirena. 2. Red de alcantarillado de gran capacidad y de implantación planetaria que ha sido diseñada para acoger toda esa información fecal que, dado su carácter residual, no tiene cabida en los libros impresos en el formato tradicional.
1 Jerry Mander, en la obra titulada Cuatro buenas razones para eliminar la televisión, viene a decir que una de las razones de más peso para prescindir de este medio es, precisamente, que favorece el surgimiento de regímenes autocráticos en la medida en que crea un pensamiento uniforme donde no queda resquicio para la crítica.

domingo, 25 de noviembre de 2012

SÍNDROME DE LA GALLINA HIPNOTIZADA


   Si es usted profesor o trabaja en contacto directo con los jovencitos en proceso de puberización, habrá reparado en esa chavala de nombre impronunciable que, con la cabeza gacha, y cada vez que la ocasión se tercia, canaliza sus cinco sentidos en una mirada rectilínea que apunta hacia un algo situado entre el pupitre y su propio cuerpo, hacia un algo que todos sabemos que no es un libro -cinco segundos es mucho tiempo para dedicárselos a un libro-. Habrá reparado en el dato de que no sólo no parpadea, sino que, además, ni siquiera habla con su compañera, siendo ella la mismísima personificación de la locuacidad. Habrá tenido que reprimir la tentación de golpearle en la frente con los nudillos -¡toc, toc…!- para a continuación inquirir: ¿hay alguien ahí?. Se habrá acordado usted de esos personajes de las películas de marcianos que vuelven a la tierra después de haber sido abducidos y que miran sin ver porque sus mentes han sido reprogramadas en el interior del platillo volante. O quizás se halla acordado de la gallina hipnotizada mediante el procedimiento de trazarle una raya con tiza justo delante de los ojos.
    El fenómeno, ciertamente, no es exclusivo de los más jóvenes. Los abducidos por la tecnología son legión y los podemos encontrar en cualquier lugar del mapa, por recóndito o reservado que éste sea: en el cercanías, en el autobús, en el metro, en el avión, en el talego, en los despachos, en el parque, en el restaurante, en la playa, en la cima del Kilimanjaro, en el váter, en el paritorio, en el velorio… De hecho, es muy probable que usted mismo sea uno de estos, dado que el fenómeno es ya pandemia.

    He decidido sentarme delante del portátil y redactar estas líneas porque el otro día caí en la cuenta de que no es normal que un fenómeno social tan difundido carezca de nombre. ¿Cómo podríamos llamarlo sin necesidad de bajarse los calzones echando manos del inglés? Mis propuestas son estas dos: Síndrome de la Gallina Hipnotizada o Trastorno de Abducción Tecnológica.

miércoles, 23 de mayo de 2012

¡LLEGA A SER EL QUE ERES!


¡LLEGA A SER EL QUE ERES!

    Cuando se habla de imperativos, lo habitual es acordarse de aquél que formulara Kant –en sus tres variantes- para el estrecho ámbito de la moralidad. El que encabeza estas líneas, conocido como pindárico, en cambio, es un auténtico desconocido para el gran público, quizás por la sencilla razón de que no figura entre los contenidos de ninguna programación susceptible de tener que dar cuentas ante el sumo sanedrín de la Selectividad. A pesar de ello, según nuestro modesto parecer, no existe para el hombre otro mandato más importante y fundamental que éste.
    Originariamente, el imperativo pindárico estaba vinculado con la llamada moral agonal de los antiguos griegos, que es la misma que vemos ejemplificada en los personajes protagonistas de la Ilíada, esa suerte de Antiguo Testamento pagano para nuestra cultura occidental. Aquí vemos, por ejemplo, cómo el anciano y sabio Néstor arenga a los árgivos, dánaos y aqueos –a los griegos- recordándoles su obligación de hacerse merecedores del nombre del que son portadores, es decir, de ponerse a la altura de sus padres y abuelos, auténticos depositarios de la dignidad y de la areté –excelencia-. En efecto, para los antiguos griegos, el campo de batalla constituía la piedra de toque perfecta donde medir y calibrar la calidad de los individuos y, sobre todo, donde demostrar que se era un digno portador del nombre de su familia y linaje. Aquiles el pélida –hijo de Peleo-, Agamenón el átrida –hijo de Atreo-,…La idea es que poseemos una determinada dignidad por el simple hecho de ser hijos de, pero que esta dignidad no basta, puesto que se trata de una cualidad meramente potencial que es preciso actualizar en el campo de batalla mediante el derramamiento de sangre, esto es, arrebatándosela al enemigo vencido. Afortunadamente, en los tiempos del poeta Píndaro –siglo VI a. C.- el mandato comienza a desvincularse de la cuestión del linaje y, en consecuencia, a interpretarse desde una óptica a todas luces más positiva. Se trata ahora de que el hombre, cualquier hombre libre y maduro –lo cual supone dejar al margen al 75 % de la población- se vea en la necesidad de actualidad y desarrollar todas y cada una de las posibilidades inherentes a su condición humana. Es decir, se trata de esa misma necesidad de realización personal a la que en los años sesenta se aludía con la expresión necesidad de encontrarse a sí mismo.
    Hoy en día, cuando la cuestión del linaje y del honor parece haber perdido todo el peso que poseyera en la antigüedad, el imperativo pindárico ha de ser visto como fundamento básico de la Antropología y, de manera derivada, de disciplinas tan determinantes como la Ética y la Pedagogía.

    ¡Llega a ser el que eres!...La expresión, simple en apariencia, es sumamente compleja en realidad. Precisa, por ello, de un análisis profundo y sistemático.
El imperativo pindárico parece basase en dos supuestos:
  1. Existe un desfase, en el interior de nuestra propia naturaleza, entre aquello que somos de hecho y aquello que podemos llegar a ser.
  2. Si se nos exige que lleguemos a ser lo que somos, ello obedece a que no tenemos duda alguna en lo referente a lo específico de la naturaleza humana.
    Comencemos analizando el primero de estos supuestos. Para ello, la teoría aristotélica del acto y la potencia puede sernos de gran ayuda. Somos seres humanos por el simple hecho de haber nacido, pero la realidad de esta humanidad inicial que todos poseemos de entrada es algo meramente testimonial e incipiente. El bebé es a la idea de Humanidad lo que la bellota pueda ser en relación a la idea de roble. Las tesis del Existencialismo, tal y como fueron formuladas por Sartre, apuntan en la misma dirección. Según el filósofo de los guantes negros, cuando nacemos no somos personas plenas, sino un mero proyecto de persona, es decir, una existencia huera y vacía que, mediante el ejercicio de la libertad, a través de la adquisición de hábitos, ha de irse rellenando con la densa sustancia de la esencia. Esto significa que la esencia, lo que llamamos naturaleza humana, no es algo dado de entrada, sino algo añadido, un resultado o recompensa.
    Aunque sea una obviedad decir que entre una bellota y una persona existen muchas diferencias, es preciso decirlo. Una de estas diferencias, quizás la más importante, es que la bellota, una vez dadas ciertas condiciones medioambientales, es capaz por sí misma de completar todo el proceso de su desarrollo hasta terminar convertida en un roble, mientras que, en el caso de las personas, la conquista de su Humanidad no siempre está garantizada. De hecho, nos atreveríamos a decir que son muy pocos los que consiguen situarse a la altura del ideal que viene marcado por su esencia. Y aquí es donde entran en juego disciplinas tan determinantes como la Ética y la Pedagogía, pues su principal cometido no es otro que el de contrarrestar el tremendo potencial de maleabilidad que poseemos los individuos. Ética y Pedagogía son los rodrigones que permiten que los individuos crezcamos en vertical y que podamos dar frutos suculentos y sanos.
    No hay quehacer más importante para una persona que la de llevar a feliz término el proyecto inicial de humanidad con el que todos nacemos. El cometido de la Ética en relación a cuestión tan determinante es doble: señalar la meta que es preciso alcanzar y, en función de ésta, establecer los preceptos y prohibiciones que se han de acatar para que tal cosa sea posible. Si quieres A, entonces debes hacer tales cosas y evitar tales otras. Este es el ámbito en que se desenvuelve. Las llamadas virtudes morales, las que dependen de la Voluntad –moderación, prudencia, generosidad, perseverancia, valentía, sinceridad…- constituyen su objetivo prioritario. La adecuada asimilación de éstas constituye la base ancilar sobre la que han de levantarse las llamadas virtudes dianoéticas o intelectuales, que son las que competen a la Pedagogía –saber resolver problemas matemáticos, saber inglés, saber analizar un texto…-. Sólo cuando ambos tipos de virtudes se dan de manera óptima en una persona podemos decir que ésta ha conseguido realizarse como tal persona o que se ha situado a la altura del ideal. Aunque esto, como sabemos, al tratarse de un ideal, es algo que nadie logra de manera íntegra y perfecta. Como muy bien viera Kant, tendríamos que ser inmortales para que fuese posible una plena coincidencia entre ser y deber ser, entre lo que somos de hecho y aquello a lo que deberíamos aspirar.
    De lo anterior se desprende que el resultado de la colaboración entre Ética y Pedagogía es la Humanidad como obra de arte. Ambas disciplinas son las manos responsables de dar forma a la figura del Hombre, que es la más digna entre todas. Cuando se habla de Arte, todos pensamos en las siete canónicas –Arquitectura, Escultura, Música, Pintura, Literatura, Danza y Cine- sin darnos cuenta de que todas estas modalidades son subsidiarias de otro arte muy superior, puesto que coadyuvan a la consecución del objetivo fundamental de éste: la plenificación del hombre. Si las artes tradicionales conforman el grueso de las Humanidades, ¿no se debe ello a que son los instrumentos de humanización más poderosos que podamos concebir?

    Puesto que la cuestión recogida en el apartado b ya ha sido abordada en otros textos nuestros, nos vamos a permitir prescindir de una nueva incursión en terreno tan pantanoso. La cuestión que urge abordar a continuación es otra y no menos importante que la anterior. Ya dijimos que el hombre, a diferencia del árbol, no tiene garantizado su pleno desarrollo como individuo, pues las posibilidades de que su proyecto existencial se malogre son muchas. Al conjunto de trabas, obstáculos e interferencias que hemos de superar a lo largo del accidentado camino de la realización lo vamos a recoger bajo un marbete común: OSCURANTISMO. Odiseo (Nadie) debe arribar a Ítaca (debe situarse a la altura de su ideal, es decir, debe convertirse en un Alguien). De esto hemos hablado hasta aquí. Otro día hablaremos de las Sirenas, Calipsos, Circes, Cíclopes, Lotófagos, Escilas y Caribdis; hablaremos de todo aquello que puede desviarnos de nuestro objetivo; es decir, de todo aquello que puede malograr la obra de arte en que hemos de convertir nuestras vidas; es decir, del oscurantismo como representación del mal en este orden de cosas.

domingo, 13 de mayo de 2012

¡DESCONECTA Y DESPIERTA!

   Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la orilla de un río. Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva la barriga llena, y el otro pone sucio el aire con sus bostezos. Y el rico dice: “¡Oh, qué barca más linda se ve por el agua! Mire, mire usted, el lirio que florece en la orilla.” Y el pobre reza: “Tengo hambre, no veo nada. Tengo hambre, mucha hambre.” Natural. El día en que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la Humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de la Gran Revolución. ¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?

*

   El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano.
   El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz, más melodiosa. Los modos de vida serán intensos y dinámicos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.

*

   El primer texto es un fragmento de una entrevista que el Diario La Voz le hizo a Lorca en el año 36. El segundo, que tomamos del libro Errata, de George Steniner, reproduce las ideas de Trotsky en relación al futuro de la humanidad tras el triunfo de la revolución. Se habrá observado que ambos tienen un denominador común: el convencimiento de que con el socialismo se iniciará una nueva etapa en la historia de la humanidad en la que todo el mundo tendrá las necesidades básicas cubiertas y en la que, como consecuencia de lo anterior, todo el mundo podrá –y querrá- dedicarse al cultivo y perfeccionamiento de su dimensión espiritual. Y lo cierto es que ambos tienen razón -Primum vivere, deinde philosophare-. El hambre y la necesidad siempre han sido los grilletes y las cadenas más poderosos. El pensamiento del hambriento es un pensamiento de corto alcance y de andar por casa, un pensamiento que se desenvuelve entre los estrechos márgenes de la inmediatez, del aquí y del ahora. ¡Miel sobre hojuelas para los poderosos! Lorca y Trotsky, por tanto, tienen razón. Pero…Tener cubiertas las necesidades básicas es condición necesaria para que el Espíritu pueda levantar el vuelo, es decir, para que el humilde pollo de corral pueda metamorfosearse en lechuza de amplios ojos escrutadores, pero, mucho nos tememos que no es condición suficiente. Las cosas no suelen ser tan simples. Si A, entonces Z, así es como razona el uno y el otro. Lo correcto sería decir: Si A, B, C, D y E, entonces Z. Hemos de hablar, por tanto, de estas premisas no contempladas. ¿Con qué otros factores hemos de contar para que se produzca la tan deseada metamorfosis sublimadora? Ésta es la cuestión.

   En El malestar en la cultura, obra publicada en 1930, Sigmund Freud nos ofrece una explicación de por qué la infelicidad es un factor inherente a toda forma de cultura. Según el médico vienés, la razón principal es la siguiente: la cultura es el resultado de la imposición del principio de realidad –principio de conservación, satisfacción retardada, restricción del placer, trabajo, productividad, seguridad- sobre el principio del placer –satisfacción inmediata, placer, juego, espontaneidad-. Si queremos seguridad, el precio es la frustración; si queremos satisfacción, el precio es el peligro. Hippie muerto de sobredosis o yuppie convertido en carne de psicoanalista, esta parece ser la disyuntiva. Pero de lo que realmente se trata es de la eterna dialéctica Eros-Thanatos.
   A pesar de que Freud da por sentado que la infelicidad es un ingrediente fundamental de la cultura, no por ello cierra las puertas a la esperanza. Veamos. Según Freud, las causas de la infelicidad humana son de tres tipos: a) la decadencia de nuestros cuerpos, b) el tremendo poder de las fuerzas naturales, y c) la dificultad de regular de manera eficaz las relaciones con nuestros semejantes. Durante la mayor parte de la historia estos factores han tenido un peso tan aplastante que el hombre nada ha podido hacer para oponerse a ellos. No existía otra opción que el sometimiento incondicional. Ahora bien, parece evidente que la situación del hombre contemporáneo no es la misma que la del hombre del pasado. La situación parece haber cambiado a raíz de la Revolución Industrial. El trabajo y el desarrollo técnico, resultados ambos de la imposición del principio de realidad, han creado las condiciones necesarias para hacer que estas causas de la infelicidad pierdan fuerza y protagonismo. El desarrollo técnico y científico ha hecho posible una mejora considerable en lo que respecta a las relaciones humanas y, sobre todo, en lo que respecta al vencimiento de las fuerzas naturales. Sólo la decadencia de nuestros cuerpos, a pesar de los muchos adelantos experimentados, continúa representando una resistencia invencible. Así pues, las condiciones para que se produzca una relajación de la represión y el correspondiente aumento de la felicidad entre los individuos están dadas. ¿A qué esperamos los seres humanos para dar el paso que nos conduzca hacia una nueva etapa menos restrictiva y, en consecuencia, más benévola y placentera?
   1953. Herbert Marcuse, representante de la segunda generación de la Escuela de Francfurt, y miembro eminente de la corriente freudomarxista junto con Erich Fromm y Wilhem Reich, publica su libro Eros y civilización. Se trata de una obra en la que el gran gurú del 68 francés asume plenamente los planteamientos y las ideas desarrolladas por Freud en El malestar en la cultura para, acto seguido, injertarlos en el tronco de la doctrina marxista. En realidad, el freudomarxismo no es otra cosa que un esfuerzo por superar y solventar el vacío del marxismo en materia de antropología y, sobre todo de psicología, un vacío que, en opinión de los pensadores referidos, ha de ser visto como la principal causa de que las previsiones de la teoría marxista no se hallan cumplido. ¿Cómo es posible que las contradicciones internas del sistema capitalista no hayan desembocado en una revolución de la clase trabajadora a nivel mundial? La respuesta de Marcuse es la siguiente: porque en los países más desarrollados la burguesía capitalista ha sido lo suficientemente inteligente como para integrar a la clase trabajadora en la esfera del crecimiento y del consumo. Henry Ford, por ejemplo, se dio cuenta de que para aumentar la producción y los beneficios es imprescindible contar con el proletariado. Antes la función del operario era la de producir una serie de artículos que, por lo general, iban destinados a otros. Ahora, en cambio, el obrero ha de desempeñar la doble función de productor-consumidor.
   Ahora bien, ¿cómo se consigue esta suerte de alienación dentro de una misma clase y dentro de una misma persona? En un principio, mediante el bombardeo publicitario masivo y sistemático; a continuación, mediante la generalización del sistema de compra a crédito; finalmente, mediante la generalización de la obsolescencia programada en tanto que principio nuclear de todo el sistema productivo. Pero la clave de todo el proceso parece estar en la publicidad y en el marketing, puesto que son los responsables de generar el estado de conciencia necesario sobre el que se sustenta todo el sistema: convencer a la población de que las necesidades básicas no se limitan al comer, beber, tener abrigo, poseer una vivienda en propiedad, disfrutar del descanso y de las relaciones sociales, etc. ¿Cómo nos vamos a conformar con tan poco? Es preciso tener la nevera llena hasta los topes, es preciso vestir las mejores prendas, es preciso tener la mejor casa de la localidad y una segunda residencia de veraneo, es preciso tener el vehículo más potente, la TV más grande, el teléfono móvil más chico y el último modelo de cada cosa. Y, como la mayoría no nos conformamos con lo necesario, hemos de dedicar la mayor parte de nuestro tiempo, la mayor parte de nuestro dinero y la mayor parte de nuestras energías a producir para después gastar.

   Lorca y Trotsky se equivocaron por partida doble. En primer lugar, porque el bienestar material no vino de la mano del comunismo, sino del liberalismo. En segundo lugar, porque no tuvieron en cuenta que los seres humanos somos unos jodidos inconformistas, unos niños mimados y caprichosos capaces de desearlo todo y de no conformarse con nada. A través de los medios de comunicación, los tentáculos del poder, han conseguido inocularnos en las venas del espíritu el bacilo del temido Síndrome de Peter Pan, lo que ha hecho de nosotros unos eternos menores de edad, lactantes asidos de esa teta siempre repleta que nos ofrece el dios Mercado.

   La TV y el Internet, medios que todo el mundo asocia con la libertad y la autonomía, son en realidad los más potentes instrumentos de sometimiento y de esclavitud. Hoy en día no es necesario utilizar grilletes ni yugos para someter a los más débiles. Hoy en día ni siquiera es necesario invadir un país para explotar sus recursos. Hoy en día se esclaviza y se explota igual que hace siglos, pero de una manera mucho más eficaz a la par que sutil, desde la distancia, sin necesidad de abandonar la seguridad y el confort de los despachos.

   Así que:
   ¡Rompe la pantalla del televisor, rompe la pantalla del PC, date de baja de todo aquello de lo que puedas prescindir, tira el móvil en la primera alcantarilla que encuentres, evita la tentación de pedir un crédito a tu banco, no permitas que los mercaderes mancillen con su aliento pestilente ese sagrado recinto que es la escuela de tus hijos…, porque hay vida fuera de los grasientos engranajes de esta maquinaria infernal! ¡Deja de comportarte como el mismísimo perro de Pavlov al contemplar la última chuchería que pende del anzuelo y asume tu condición de persona! ¡Ya está bien! ¡Desconecta y libérate!

   Un regalo para la despedida:

   Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca meramente como un medio.

Kant

miércoles, 9 de mayo de 2012

ESTO SÍ ES OTRA ESTÚPIDA PELÍCULA AMERICANA -Sobre Cultura, culturilla y otros equívocos-

   Fue durante la tarde del pasado sábado. Me encontraba atravesando por uno de esos momentos en los que no se tienen ganas de nada, por uno de esos momentos en los que no podemos evitar poner nuestra mente y nuestro espíritu en stand-by para, acto seguido, sucumbir a esa vida vegetativa en la que se desenvuelve el común de los mortales. Ni me apetecía leer, ni me apetecía abastecer la alacena de la que se surte este blog, ni me apetecía corregir exámenes. Nada de nada. Tuve que dedicar un rato a ahuyentar la tentación de escabullirme rumbo a alguna librería cercana, pero, la verdad sea dicha, en esta ocasión ni siquiera las sirenas de la bibliofilia cantaban lo suficientemente alto. Y así fue cómo terminé claudicando ante el siempre socorrido sofá y ante la siempre socorrida TV. ¡Que sea lo que Dios quiera!, debí de pensar en el momento en que accionaba el power del mando a distancia –variante moderna de las varitas mágicas que vemos en los tradicionales cuentos de hadas-, ese instrumento que, a la par que prende la lumbre del aparato, sofoca esa otra que arde en los pebeteros del Espíritu.
   La entente cordiale conformada por los dedos índice y pulgar de mi mano derecha inician el consabido ritual: LIST, OK, GUIDE / LIST, OK, GUIDE / LIST, OK, GUIDE…, ¿no es así como suena el mantra correspondiente? Pura rutina. Hasta que… Sí, hasta que, tras un breve periplo por el piélago de canales -24h, La 2, La 1, Canal Sur 2…, todos, por cierto, con sus respectivas Circes dispuestas a convertirnos en puercos-, mis ojos abúlicos y errabundos dan con unas imágenes que al momento acaparan su atención. Así que presiono el OK/ENTER y me dispongo a fondear para explorar el terreno con más detenimiento. Estamos en el país de La Sexta 3, famoso, como todos sabemos, por el estrecho vínculo que emparenta a sus habitantes con el pueblo de los Lotófagos de la Odisea.[1] Y esto es lo que descubrí:
   Dos hombres dialogan, según todos los indicios, sobre la educación del hijo de uno de ellos. El de mayor edad es el padre de la criatura y el otro su profesor. En la parte inferior-izquierda de la pantalla podemos ver el título de la cinta: THE EMPEROR´S CLUB. ¡Vaya!, exclamo para mí, El club del emperador, como El club de los poetas muertos…¡Esto puede resultar interesante! Así que me dispongo a prestar mientes al diálogo que tan educadamente mantienen los referidos señores:
   -¿Querría decirme usted para qué sirven todas esas cosas que usted enseña? –pregunta el padre al socaire de su más que evidente abultada cuenta corriente-.
   -Bueno..., pues verá usted. En los escritos de figuras como César o Cicerón podemos encontrar los fundamentos de las democracias modernas, especialmente los de la nuestra, que, como usted bien sabe, es la primera de todas ellas. Jefferson y los restantes padres fundadores bebieron directamente de las obras de estos insignes personajes. Mi aspiración es llegar a moldear a su hijo según…
   -¡¿Cómo dice usted?!, -interrumpe el padre, evidentemente ofendido-. Usted no va a moldear a nadie. Usted se va a limitar a enseñar cosas a mi hijo. Soy yo quien lo va a moldear, no usted.
   -Sí, señor –responde el profesor al tiempo que humilla la cerviz. Pero no sin que antes podamos advertir un destello de rebeldía en lo más profundo de sus pupilas –que para eso es el héroe salvador-.
   Este breve intercambio de palabras me da esperanzas y me hace pensar que la peli puede resultar interesante. ¿Cómo no va a ser interesante una película en la que vemos, ya de entrada, a dos personas dialogando sobre la función que las sociedades modernas asignan a los docentes? ¿Cómo no va a ser interesante una película en la que se aborda el peliagudo asunto de la utilidad del conocmiento para los individuos? Educador como domador versus educador como libertador.
   El magnífico campus de una magnífica –y privada- institución docente. Al parecer, un instituto de enseñanza secundaria. Este es el escenario. Los edificios se hallan situados en medio de una amplia pradera alfombrada de verde césped en la que no faltan los reglamentarios robles americanos responsables de poner coto con su sombra a los perniciosos efectos de la calor. Los chicos, despojados de las preceptivas chaquetas y con las camisas arremangadas, se divierten en un improvisado partido de béisbol, que para eso son jóvenes, que para eso están sanos y fuertes, que para eso viven bajo la cálida y eterna luz del sur de los USA. Todo esto, evidentemente, sin excesivos aspavientos y sin levantar la voz más de lo estrictamente necesario –al parecer, no son más de quince o veinte alumnos por clase (¡tome nota, señor Wert!)-. Y en medio de todos estos jovencitos de exultante vitalidad descubrimos, ya por fin, al protagonista de nuestra historia. Y…-¿?-. Bueno, la verdad es que no le va el papel. Nuestra primera impresión es que tiene un perfil que ni pintao para ser el protagonista de películas como Desmadre en la universidad, American pie o Esto no es otra estúpida película americana, por ejemplo, pero no para protagonizar una película que, al menos de entrada, promete ser seria. No, en efecto, no es el perfil que se espera en alguien que se halla en trance de iniciarse en esa vida contemplativa que es -¿es?- toda carrera universitaria –con su correspondiente vía purgativa, con su correspondiente vía iluminativa, con su correspondiente vía unitiva-. ¡Demasiado chato!, ¡demasiado romo!, ¡demasiado horizontal!,… Esperábamos un Greco consumido por el fuego del espíritu y nos encontramos con un carnal y pedestre Rubens. Pero…A fin de cuentas, todo esto es algo meramente tangencial y accidental. Resulta esperanzador comprobar que el deporte no es la razón de ser del asunto. No se trata aquí de la típica película en la que el típico jovencito recibe la típica beca para cursar los típicos estudios superiores en la típica universidad americana donde sólo parece existir una asignatura: el típico juego de pelota –baloncesto, fútbol americano, béisbol…-. Al menos, esto es lo que parece de momento.
   El chico no parece muy motivado. Se ve que es uno de estos que se hallan perdidos en medio de un mar de dudas, a punto de tirarlo todo por la borda como consecuencia de que lo tienen todo. Es evidente que el problema es su padre. Es evidente también que éste aspira a convertirlo en un digno sucesor suyo y que, por ello, no le consiente que elija libremente la dirección por la que desea encaminar su vida. Y, en medio del padre y del hijo, el profesor, el humilde y justiciero profesor que ha de luchar contra la Escila y Caribdis, representadas por el papá y el director de la escuela, por un lado, y por el desvalido y frustrado churumbel, por otro. Nos asalta una extraña sensación de dejà vu. ¡Uy, uy, uy…! Va a ser que sí. Va a ser que sí que se trata de otra estúpida película americana. Corrijo: va a ser que se trata de la misma estúpida película americana de siempre. Porque quien ha visto una película made in jolivú las ha visto todas. ¿O no? Pero paciencia…
   Los pupilos se hallan en clase y se disponen a hacer un examen. En un enorme fresco sobre uno de los testeros del aula vemos representado el momento en el que Sócrates, tras asumir su destino, se dispone a apurar el cáliz que contiene la mortífera cicuta.  El profesor escribe sobre el encerado el enunciado de la cuestión que deberán desarrollar en sus cuadernos. Preparados…, listos…, ¡ya! Porque de esto es de lo que se trata: de una competición. En la secuencia siguiente se nos dice que nuestro héroe está un poco decepcionado porque sólo ha sacado un cinco sobre un máximo de diez. El profesor, en cambio, está muy satisfecho, pues sabe que el reto no ha hecho más que comenzar. Noches en vela, agotamiento, ansiedad…Nuestro héroe se ve en el brete de vencer las resistencias de la intransigente bibliotecaria, quien se niega a prestarle un libro alegando no se sabe qué razones. ¡Como si no tuviera bastante con su padre, que es la mismísima personificación de la intransigencia y del despotismo! Todo son dificultades. Pero, como la perseverancia siempre tiene su recompensa, los obstáculos van cayendo uno detrás de otro. Del cinco mondo y lirondo pasamos al notable y del notable al sobresaliente. ¡Bingo! Nuestro amiguete, gracias a su tesón, ha quedado entre los tres primeros de la clase, lo cual –nos enteramos después- representa un salvoconducto para poder participar en la gran prueba final: un duelo a tres en el que quedará vencedor aquél que más preguntas acierte, todas ellas relacionadas con la cultura de la Antigua Roma. Y, ¿cómo no?, nuestro gozo en un pozo. En sólo diez minutos de visionado de la película se nos han caído, del primero al último, todos y cada uno de los palos de nuestro sombrajo. Nuestras peores sospechas se confirman: esto sí es otra estúpida película americana. Es decir, una más entre las infinitas variantes del mismo guión, ese mismo guión que subyace en cintas como Karate Kid, Rocky –desde el primero al enésimo- y otros clones similares. Pero…, es necesario hacer un último esfuerzo. ¿Cómo nos vamos a perder el duelo final?
   Los tres finalistas, ataviados con sus togas correspondientes y con paso solemne, van accediendo al estrado de una amplia sala de conferencias. Familiares y allegados ocupan los asientos destinados al público. Emoción…, suspense…Ese padre tiránico con esa cara de estreñido…, ese profesor modélico que parece haber apostado sus últimos cuartos a un número que todos tienen por improbable…, esas personas del público, estiradas y formales en apariencia, pero que piden sangre desde lo más profundo de sus corazones…Y da comienzo el juego de Saber y Ganar. Primera pregunta: “¿Con qué rey termina la época de la Monarquía?”...Tic…tac…, tic…. tac…, tic… tac…”Tarquinio el Soberbio” –responde uno de los chavales. Silencio premeditado…, intriga y suspense…”¡Correcto!”, responde por fin el profesor. Y así durante algún tiempo. Después de varias rondas, uno de los concursantes es eliminado. A partir de ahora es cosa de dos. Nueva ronda de preguntas, pero esta vez con un plus de dificultad. Al principio, todo va bien y los retos van siendo superados uno tras otro. Hasta que…llega la hora de la verdad. “¿Quién fue Fulanito de tal…?” La pregunta va dirigida a nuestro héroe. La expresión de su rostro transparenta el enorme esfuerzo que está haciendo por dar con la respuesta correcta. Vemos cómo coge aire y cómo se zambulle en las profundidades de su conciencia con el fin de sacar a la superficie la preciada perla de la respuesta. Vemos cómo zozobra, cómo vacila, cómo le falta el aire…Empieza a sudar…Se lleva la mano derecha al rostro y presiona sobre la frente como si con ello pretendiese facilitar el alumbramiento. No podemos evitar empatizar con su descomunal esfuerzo: “¡Ánimo, chaval, que tú puedes! ¡Aprieta, aprieta! ¡Expulsa la respuesta! ¡Aprieta, que ya se le ve la cabecita!” Quisiéramos incluso poder cogerle de la mano y acompasar nuestro ritmo respiratorio con el suyo: “¡uf, uf, uf!... Tienes que respirar hondo, sin perder el ritmo. ¡Ánimo, que ya es tuyo…!” Pero… “No lo sé” –responde finalmente el muy jodido. Decepción general: ¡Oh……..! Y el padre, evidentemente, se siente como el mismísimo Julio César cuando, al descubrir a su hijo Bruto entre sus asesinos, dice aquello de ¡¿Tu quoque, fili mihi?!

   Después de quince o veinte minutos de visionado, la conclusión cae por su peso: efectivamente, sí que se trata de otra estúpida película americana. El chavalín no es un estudiante, es un…-¿exhibicionista?-, alguien que se entrena para poder participar el día de mañana en los concursos de la TV. El colegio no es un colegio, es una pista americana –nunca mejor dicho-, un pensatorio al estilo de los caricaturizados por Aristófanes, una expendeduría de títulos. Y el profesor…-¿?-. El profesor es un entrenador personal -¿un coatch?-, un adiestrador de loros.  
   Así que presiono el OFF del mando a distancia  y, a pesar de que no me apetece como otras veces, busco un libro y me pongo a leer. Algo ligerito: La Odisea contada a los niños, de la Editorial Edebé. Puede estar bien como lectura obligatoria para los alumnos de Primer Ciclo de la ESO del próximo curso. El ejemplo de Odiseo, con su constancia y su tesón, puede servirles de gran ayuda para superar las dificultades que habrán de arrostrar en el viaje que acaban de emprender por las procelosas aguas de la vida.

*

   A esto ha quedado reducido el conocimiento y la cultura, a una función circense, a un espectáculo de barraca de feria.
    Nuevamente he de remitirme a mi Diccionario lúdico-filosófico:

INTERNET.- 1. Tela de araña digital y virtual que los Mercados tienen desplegada a lo largo y ancho del globo terráqueo con el fin de capturar e inmovilizar a los individuos que precisan para aplacar su insaciable y galopante apetito. Quienes quedan atrapados en esta red no son conscientes de que cuanto más se agitan y se mueven a través de ella, más enredados quedan. Pero lo más sorprendente del engendro es su capacidad para convencer a sus víctimas –conocidas en el argot como usuarios o internautas- de que, en contra de todas las apariencias, son más libres y autónomos que aquellos miembros de la población que, hasta la fecha, han logrado resistirse a sus cantos de sirena. 2. Red de alcantarillado de gran capacidad y de implantación planetaria que ha sido diseñada para acoger toda esa información fecal que, dado su carácter residual, no tiene cabida en los libros editados en el formato tradicional.

PC.- 1. Acrónimo de Puto Cacharro (de los cojones). La expresión comenzó a ganar adeptos tras comprobarse en multitud de ocasiones que la máquina no sólo no solucionaba los problemas que se le tenían encomendados sino que, además, creaba otros nuevos con los que no se había contado en un principio. 2. Chuchería electrógena profusamente glutamatizada que, habiendo sido pensada para adular las papilas gustativas del sentido de la vista, suele dejar el intelecto al borde de la inanición. El PC es al conocimiento lo que el atracón de chucherías y de bebidas gaseosas a la alimentación. 3. Terminal para la información. Efectivamente, este tipo de electrodoméstico sólo es apto para aquella información que se encuentra en un estado terminal, esto es, a punto de exhalar su último suspiro.

TELEVISOR.- 1. Camello electrodoméstico capaz de satisfacer todo tipo de toxicomanías. Su especialidad son las sustancias con mayor densidad de alcaloides, tales como: fútbol, culebrones, realities, teleseries, concursos y programas de gastronomía. 2. Sedante que el hombre contemporáneo debe consumir a diario en grandes cantidades para combatir el vértigo que padece desde que supo de la muerte de Dios. 3. Mini embajada de los USA en el corazón de todos y cada uno de los hogares del planeta Tierra. 4. Especie de ventana interior del hogar de la que se sirven los polstergeist -o fenómenos para anormales- para acceder hasta nosotros.




[1] Odiseo (`Nemo´ en latín, es decir, `Nadie´) es un símbolo del hombre que lucha por alcanzar una meta en la vida (Ítaca), es decir, una esencia. La idea implícita es que sólo quien consigue rellenar de contenido esencial la existencia huera con que todos nacemos puede ser digno de recibir un nombre. Los distintos escollos y personajes con los que ha de enfrentarse a lo largo del periplo son, igualmente, símbolos de las dificultades, obstáculos, miedos y tentaciones que solemos encontrarnos a lo largo de nuestro viaje vital. Calipso, Circe, Lotófagos, Cíclopes, Escila y Caribdis…, estos son las imágenes sensibles con que la imaginación viste todo lo que tiene capacidad para apartarnos de nuestra meta. Ha llovido mucho desde los tiempos de Homero, pero las cosas esenciales de la vida no cambian. Hemos dejado de creer en brujos, magos, ogros y gigantes, pero, tal como dicen de las meigas, haberlos hailos. Es más, no es preciso irlos a buscar a ningún bosque o isla tenebrosos, pues los tenemos en nuestra propia casa. Basta con encender la TV o con conectarse a Internet.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

PARTITOCRACIA Y CONSENSO POLÍTICO

   Sí. Está claro. Al menos un servidor cada día que pasa lo tiene más claro: tenemos lo que nos merecemos. Desde que se instauró la democracia en nuestro país, hace ya treinta y tres años, no hemos parado de alimentar el carcinoma que los partidos políticos representan para ésta y cualquiera otra democracia moderna. Lo que está por determinar es la cantidad y calidad de órganos afectados por la temible metástasis.
   En este tipo de asuntos, como en casi todos los verdaderamente relevantes, las novedades parecen brillar por su ausencia. Ya Platón nos advirtió, hace dos mil quinientos años, de que el destino natural de la democracia es su degeneración en tiranía. Y no se equivocó, puesto que en esto, precisamente en esto, han desembocado la inmensa mayoría de los regímenes democráticos modernos: en una tiranía de los partidos políticos o, valga el eufemismo, en una partitocracia. Lo que nació como institución vicaria destinada a gestionar la voluntad de los ciudadanos, dada la imposibilidad material de una democracia directa en la inmensa mayoría de los estados actuales, con el correr de los años ha experimentado una hipertrofia que lo ha llevado a darle la espalda a los ciudadanos a los que supuestamente representa y a poner por encima de todo los intereses de la propia institución. Y todo esto ocurre, evidentemente, porque no se nos ha educado como es debido para ejercer nuestros derechos y obligaciones democráticas. Hoy en día, a pesar de la EpC, los españoles seguimos sufriendo un acusado déficit formativo en lo que respecta a esta asignatura. Desde hace treinta y tantos años, se nos ha recordado machaconamente la necesidad de que acudiésemos  a votar cada vez que se convocaban elecciones, pero da la impresión de que el interés de los responsables políticos nunca ha pasado de aquí. Siempre ha interesado que pensemos que nuestra única obligación política se reduce a introducir un papelito en la urna cuando se nos dice que lo hagamos. Siempre ha interesado, sobre todo, que tras este sublime ejercicio de libertad nos desentendamos completamente del asunto y que volvamos dócilmente a desempeñar nuestros quehaceres cotidianos, que ya ellos, los políticos, se encargarán de gestionar nuestra voluntad de la mejor de las maneras posibles. Y aquí está la gran falla del sistema. Al político –sea del signo que sea- no se le puede quitar el ojo de encima. Dejar que los políticos gestionen el poder sin contar con mecanismos de control externos al propio sistema de la política es un acto de una irresponsabilidad comparable al que supondría el hecho de encomendar a un toxicómano la custodia del alijo incautado por las fuerzas de seguridad del estado. El poder que proporciona la política es como la heroína, basta con probarlo una sola vez para terminar convertido en un adicto de por vida. Que le pregunten a Putin, si no. Son muchos los que llevan toda su existencia aferrados a su escaño o al vulgar sillón de skay del ayuntamiento de su municipio; son muchos los que han hecho de la política una profesión; y son muchos, además, los que necesitarían someterse a un tratamiento de desintoxicación a base de metadona y otros sucedáneos para poder renunciar a la erótica del poder. Esto es algo que cualquiera que tenga más de treinta años puede comprobar. La única manera de que el político abandone gustosamente y sin excesivas pataletas su condición de tal es que la renuncia le aporte más ventajas que  inconvenientes.
   Hasta hace unos años era todavía frecuente que se apelase a la Razón de Estado a la hora de justificar ciertas prácticas contrarias al derecho pero, al mismo tiempo, consideradas como necesarias para salvaguardar los intereses de la mayoría. Pero las cosas de la política ya no parecen ser lo que eran. A tenor de la evolución general de nuestra reciente democracia, nos resulta completamente imposible no dudar de que el interés común siga constituyendo la piedra de toque con que discriminar lo realizable de lo no realizable en política. Todos los indicios apuntan en la misma dirección: la Razón de Estado ha sido desbancada de su lugar de preeminencia y ahora su puesto es ocupado por lo que podríamos denominar Razón de Partido.
   Tanto el partido del Ejecutivo como el que ejerce la oposición son conscientes de la imperiosa necesidad de llegar a un acuerdo en materia de educación, pero, según todos los indicios, lo realmente prioritario para ambos es combatir y debilitar al rival. Tienen asumido que negociar y pactar con el contrincante es una manera de claudicar y, por tanto, una manera de renunciar a una considerable porción de poder. Al enemigo, ni agua. Este es el lema que unos y otros entonan antes de irse a dormir y al levantarse por la mañana. Yo, mi, me, conmigo…, nosotros. Así declinan su credo. Y los demás, la mayoría formada por todos nosotros, mirando para otro lado, convencidos de que trabajan en pro de los intereses generales.
   Quien suscribe estas líneas es tremendamente pesimista en lo referente a la viabilidad del ansiado pacto por la educación. Lo único que surtiría efectos sobre la conciencia corporativista de la casta política –que sólo tiene ojos para el recuento de los votos- sería una “megamanifestación” organizada e integrada por ciudadanos de distintas ideologías políticas pero, al mismo tiempo, con una inquietud común: el futuro educativo de nuestros hijos.

lunes, 28 de noviembre de 2011

INFORMACIÓN Y CONOCIMIENTO



   En Historia como sistema, Ortega introduce su famosa distinción entre ideas y creencias. De las primeras podemos decir que las tenemos, que las manejamos y utilizamos a voluntad; de las segundas, en cambio, lo correcto sería decir que estamos en ellas, de manera similar a como el pez está en el agua.
   Sacamos a colación esta teoría orteguiana porque consideramos que requiere de una pequeña puesta a punto, a pesar de que sigue gozando de una plena actualidad. Consideramos que, en estos tiempos que corren, lo correcto sería sustituir el mencionado binomio por el que aparece encabezando este escrito (información-conocimiento), de manera que podamos decir, parafraseando las palabras del filósofo madrileño, que en la información estamos y que el conocimiento lo tenemos.

   En Andalucía, son muchos los colegios e institutos de secundaria que lucen sobre la solapa del pórtico de entrada, como si de una mención honorífica se tratara, un letrero –de color verde pistacho- en el que podemos leer lo siguiente: CENTRO TIC, Junta de Andalucía. Con esto, evidentemente, no se trata de hacer saber a los cacos del lugar que el centro en cuestión está atiborrado de cacharros electrógenos. De lo que se trata es de mandar un mensaje sublimizar a los miembros decentes de la sociedad, es decir, al electorado, del tipo: aquí, gracias a que hemos apostado por invertir en las Nuevas Tecnologías, impartimos una enseñanza de una calidad superior que hace que nuestros alumnos salgan mejor preparados para superar las dificultades del mundo laboral. Pero, ¿hay alguna verdad en este tipo de campañas? Creemos que muy poco, por no decir Nada. La verdad es algo que se impone por sí mismos. Sólo necesitan de campañas las medias verdades y las medias mentiras. En esto, como en tantas otras cosas, es preciso poner a funcionar el detector de mentiras.  
   Lo característico de los Centros TIC es la utilización masiva y sistemática de las denominadas Tecnologías de la Información y Comunicación. Esta es, al menos, la teoría. En la práctica ya sabemos que de utilización masiva y sistemática, nada de nada. ¡Afortunadamente, claro! Quienes han adoptado la decisión de atiborrar los centros escolares de ordenadores y de otros aparatos similares –pizarras digitales, tabletas, cañones de proyección, reproductores de vídeo…- parecen dar a entender que el origen de todos los males del sistema educativo está en la carencia de medios, por una parte, y en la carencia de información, por otra. Es de esto de lo que se trata, por tanto, de que haya información en abundancia y de que se pueda comunicar de manera rápida y eficaz. Ahora bien, ¿es cierto que el fracaso escolar se explica por un supuesto déficit de información y de comunicación? No, no lo es. Evidentemente. Dejó de serlo hace cuarenta y tantos años, durante la década de los años 60. Hasta entonces tuvimos carestía informativa y comunicativa porque existía el fenómeno de la censura, porque los contenidos estaban manipulados más de lo habitual por los poderes fácticos –Estado e Iglesia, tanto monta…-, porque las escuelas brillaban por su ausencia en las comarcas rurales más deprimidas y, sobre todo, porque, dadas las circunstancias socioeconómicas, lo primero era comer y lo último el filosofar. Hoy, en cambio, las cosas han cambiado radicalmente. No es sólo que todo el mundo pueda acceder al sistema educativo, sino que existe la obligación legal de hacerlo. Y la información, sin recortes de ningún tipo, puede ser hallada en todo tipo de soportes: libros, PC´s, DVD, TV,…Hoy en día, dentro de la llamada noosfera, la información es un elemento tan abundante como el oxígeno en la atmósfera. Además, puede circular a la velocidad de la luz a través de las autopistas de la información. Lo paradójico del asunto es que, tratándose de información, carencia y exceso resultan igualmente perjudiciales. Hay teóricos que afirman que en la actualidad la censura funciona por exceso de información. Es tan persistente y continuo el bombardeo al que nos vemos sometidos desde que nos levantamos de la cama hasta que volvemos a acostarnos, que llega un momento en que no nos queda otro remedio que desconectar, es decir, dejar de prestar atención a cualquier tipo de información que trate de interpelarnos, por muy interesante que pueda resultar. Además, es tanta la información que nos circunda, que no notamos la que falta. Censura por exceso, por ahogamiento, se llama esto.

   El gran problema educativo del siglo XXI, por tanto, no está relacionado ni con la carencia de medios ni con la carencia de contenidos. El gran reto que tenemos por delante es el de cómo convertir la información en conocimiento.
    La información tiene su lugar natural en una serie de soportes, unos tradicionales –libros, mente del profesor, apuntes…- y otros más recientes –Internet, DVD, PC…-. Llamamos comunicación al proceso por el cual la información es transferida de un soporte a otro, generalmente de menor densidad informativa –la mente de los alumnos, por ejemplo-. Hemos de recordar que dentro de la aldea global o noosfera, la información se comporta como un gas que tiende a repartirse de manera uniforme con el fin de alcanzar una suerte de equilibrio dinámico. Hemos de recordar también que la información, igual que los gases, está sometida al segundo principio de la termodinámica –Entropía- y que, en consecuencia, se disipa y se corrompe en cuanto abandona su soporte habitual para ir a colonizar e in-formar otros territorios más vírgenes. El periplo de la información desde que suelta amarras hasta que llega a los nuevos territorios está jalonado de peligros que siempre dejan huella en su integridad eidética. Pero, además de éstas, es preciso tener en cuenta las dificultades y resistencias que presenta el nuevo terreno del que es preciso tomar posesión. Sólo venciendo estas resistencias naturales las ideas podrán arraigar en el nuevo suelo y sólo así podrán germinar y dar el sabroso y nutritivo fruto del conocimiento. Esto, y no otra cosa, es el conocimiento: la información asimilada por los soportes virginales que son las mentes de ciertos individuos, es decir, información consumada, in-corporada y personalizada.
   Éste es el gran reto. Las mentes virginales de los estudiantes deben ser trabajadas, deben ser roturadas, deben ser abonadas y sembradas. Tenemos las semillas, tenemos las tierras de cultivo y tenemos las herramientas para la labor. ¿Cuál es entonces el problema? Que los propietarios de las tierras están confusos ante tanta oferta, que no se deciden y que, mientras tanto, las tienen en barbecho. El primer paso que se ha de dar para lograr esa transmutación alquímica que es la conversión de la información en conocimiento es el de la simplificación. Para empezar, los centros escolares deben ser sustraídos del circuito mercantilista en el que se hallan inmersos. Los centros de enseñanza deben ser islas y oasis en medio del desierto, no esas franquicias de las grandes Multinacionales que en la actualidad son. Es preciso simplificar y es preciso seleccionar entre tanto estímulo. Sólo así se logrará la convergencia entre la información e interés o atención, tan necesaria para que se produzca el milagro del conocimiento.
   Pero las cosas no son tan simples. En realidad, el proceso no se consuma con la conversión de la información en conocimiento. Es preciso dar un paso más: la conversión del conocimiento teórico en conocimiento vivencial. El conocimiento vivencial, tal y como indica su nombre, es el que en verdad hemos logrado incorporar a nuestro ser más íntimo y a nuestra voluntad mediante el procedimiento de la experiencia. Las ideas meramente pensadas no nos tocan en lo más hondo, se limitan a rozar nuestra epidermis de manera tangencial. Las ideas vividas, en cambio, son secantes, en el sentido de que, además de impactar sobre lo más íntimo de nuestro ser, lo modifican para siempre. Para esto último, no obstante, no hay maestros que nos puedan orientar. El único maestro válido es la experiencia particular de cada cual.

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿DU YU PITINGLI?


   ¡To be or no to be, tha´s the question! Efectivamente, amigo Hamlet, porque de esto mismo se trata: del ser o no ser del futuro educativo de nuestros retoños.
Pero no me saquen conclusiones precipitadas, que no es lo que me están pensando. ¡Segurísimo que no! Esto, para que sus enteréis, no pretende ser una apología del bilingüísmo en las escuelas, sino justo lo contrario: una crítica. La virtud, en estos tiempos de promiscuidad borreguil que corren, es preciso buscarla en los extremos, en aquello que antiguamente era denostado con el calificativo vicioso. A estas alturas ya deberíais estar al tanto de la deuda que un servidor tiene contraída con el viejo dinamitero. Con ese que decía aquello de “Yo no soy un hombre, soy dinamita”. El mismo que, cansado de tanta majadería, quiso hacer de su pluma un martillo con el que evaluar la consistencia y solidez de toda la mercaduría cultural. Así que…
    Mi propuesta es la siguiente: a todos aquellos que nos vienen con el cuento de los centros bilingües es preciso responderles con el infalible y certero refrán que dice: ¡A otro perro con ese hueso! Esto, claro está, en el caso hipotético de que verdaderamente nos preocupe el futuro educativo de nuestros hijos. ¿Que por qué? Muy fácil: no hacerlo así implica aceptar que la asignatura de inglés es la más importante de todas y, en consecuencia, que las restantes deben rendirle pleitesía. Es decir: considerar el inglés como una especie de primus inter pares –primero entre iguales-, exige considerar a Doña Matemática, a la Lengua Castellana con su correspondiente Literatura, a las Sociales y al dichoso Cono -se trata de un apócope, no de una Ñ aquejada de alopecia- como disciplinas menores y subordinadas. Porque ha de quedarnos claro que para poder impartir estas materias en inglés, aunque sea de manera parcial, es condición imprescindible jibarizarlas, esto es, reducirlas a su mínima expresión. ¿Estamos dispuestos a aceptar una cosa así?
    ¿Estamos dispuestos a bajarnos los calzones hasta los tobillos y a ponernos en posición a la espera de recibir lo que en tales casos nos corresponde? ¿Jodidos y, además, agradecidos…? Va a ser que no. El inglés, por muy importante que sea, no merece semejante humillación. Hablar inglés es importante, pero no tanto. Es un gesto del todo comprensible que íberos, vascones, galos, germanos y dálmatas se sometieran a Roma, pues por algo la lengua del Imperio era la feliz portadora de una cultura infinitamente superior a la suya propia. Someterse a Roma implicaba, de hecho, someterse a la misma Grecia, tal como certificara el poeta Horacio al decir que Roma venció militarmente a los griegos, pero que los griegos vencieron culturalmente a los romanos –o algo por el estilo-. Lo que de ninguna de las maneras podemos llegar a comprender es que por propia iniciativa nos sometamos con absoluta docilidad a una cultura –situada en las antípodas de nuestra sensibilidad, por cierto- que en modo alguno podemos considerar como superior a la nuestra. Que nos quede claro de una puñetera vez: las dificultades innúmeras que los latinos solemos experimentar a la hora de aprender el inglés no son expresión de falta de capacidad o de incompetencia lingüística. Estas dificultades, en realidad, no son nuestras, son dificultades que encuentra la propia lengua inglesa en su intento desesperado por penetrar una cultura que se le resiste por la sencilla razón de que es superior. Dicho en el román paladino con que cada cual suele hablar a su vecino: el inglés sólo penetra fácilmente en las culturas más débiles, enfermas y decadentes.
Si desean algún que otro testimonio que ratifique esto que acabo de decir, aquí tienen un par de ellos:

Es sabido que las lenguas, particularmente en lo referente a la gramática, son tanto más perfectas cuanto más antiguas, y se van deteriorando siempre gradualmente, desde el elevado sánscrito hasta la jerga inglesa, ese vestido del pensamiento hecho con jirones de tela heterogénea.
Arthur Schopenhauer (Parerga y Paralipomena)

    Conste que Schopenhauer vivió durante una larga temporada en Inglaterra y que, por supuesto, hablaba perfectamente el inglés.
Otro Arturo, el nuestro, tampoco se muerde la lengua a la hora de expresar la opinión que le merece la jerga inglesa:

A ver cuándo Shakespeare, o Joyce, o la madre que los parió, en esa jerga onomatopéyica y septentrional que usaban los pastores para llamar a las ovejas, y los piratas para repartirse el botín contando con los dedos, fueron capaces de utilizar, con todo su Oxford, la palabra equivalente (cojones) con tanta variedad, y tanta riqueza, y tanta prosapia como la usa hasta el más analfabeto de nuestros paisanos. Tres mil años de griego, latín, árabe y castellano respaldan el asunto. Lo que, se mire por donde se mire, es un respaldo lingüístico de cojones.

Arturo Pérez Reverte (Cuestión de cojones, XL Semanal)
    Ergo…: no se trata de resentimiento personal de quien esto suscribe. Cuando el río suena…

    Lo que en verdad hay detrás de esta campaña de promoción del inglés es más de lo mismo. Se trata, básicamente, de allanarle el terreno al Mercado. Se trata de tenernos a todos conectados-contratados-controlados-dominados-vigilados-adoctrinados e idiotizados desde la cuna hasta la sepultura. Y, como resulta que para que tales designios se cumplan es preciso acabar con todos los focos de resistencia, pues a meternos el inglés por los ojos –Televisión-, oídos –música anglosajona en general-, por la nariz y por las pupilas gustativas –Burger King y similares- y por el mismo esfínter si fuera preciso -¿?-. Sólo mediante la imposición del inglés como lengua hegemónica a nivel planetario se podrá alcanzar el fin que los Mercados apetecen: un pensamiento unidimensional y sin fisuras, un pensamiento monocorde y monotemático, un pensamiento simplicísimo y carente de relieve, un pensamiento meramente operante e incapaz de las proezas acrobáticas del pensamiento formal y abstracto, un pensamiento, en suma, que sepa conjugar a la perfección la letanía del: yo compro, tú compras, él compra, nosotros compramos, vosotros compráis y ellos compran.

    Por tanto, ¡NO! No aceptamos la condición de maketos y de chalnegos que desde el Imperio nos han asignado. Queremos ser españoles y latinos, no una sucursal más de la factoría Disney. Y, como no nos consideramos ciudadanos de segunda, no estamos dispuestos a claudicar ni a aceptar la oferta de conversión que todos los políticos –todos sin excepción- nos ofrecen día tras día. Para converso, Torquemada. Así que, tratándose de lo que se trata, quizás lo más sensato sea responder con una paráfrasis de las palabras de Don Miguel aliñadas con alguna expresión del gusto de Don Camilo. Algo así como: ¡Que aprendan ellos el español! ¡Coño!

    Quisiéramos terminar esta filípica incendiaria dejando constancia de que nosotros sólo hablamos el dialecto andaluz -¡a mucha honra!- y un poquito de latín y de griego en la intimidad.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

JALOGÜÍN -¡o comoquiera que se diga la palabrota!-

   Queda demostrado, por activa y por pasiva, que no tenemos remedio. Lo que no han podido lograr la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la ONU y la universalidad democrática, lo han logrado, con una facilidad pasmosa, el Comercio y la Economía. Las aduanas han sido desmanteladas para que el capital pueda circular a toda pastilla a través de las amplísimas autopistas de la información. Internet –como canal- y la lengua inglesa –como código- son los elementos que posibilitan esa dinámica que conocemos con el nombre de Globalización. Y, claro está, a rebufo de la Economía no cesa de llegarnos toda la parafernalia y tota la mercaduría asociada, como un parásito chupóptero y oportunista, a la denominada cultura anglosajona -¡valga el eufemismo!-. ¿Que qué es esto? Sirvámonos de la siguiente comparación para hacernos una idea cabal: la cultura anglosajona –made in USA, fundamentalmente- es a la Cultura –alta cultura en sentido normativo-, lo que el fast food es a la cocina de Ferrán Adriá. O sea: una papilla espesa y humeante, glutamatizada y predigerida, apta al cien por cien para los por nosotros denominados intelectos desdentados. El caso es que aquí tenemos, un año más, la dichosa festividad de Halloween.
   Pero, para entender lo que ahora está ocurriendo, es preciso, como siempre ocurre, husmear en los orígenes del asunto. ¿Cuándo se inició ese proceso de aculturización que sólo algunos parecemos lamentar en la actualidad? ¿Cuándo y dónde se manifestó esa primera hinchazón tumoral responsable del declive y del deterioro de nuestra cultura patria y tradicional? Es así de fácil: en la década de los setenta los españoles comenzamos, ya por fin, a sacudirnos de encima el yugo que nos mantenía postrados sobre el terruño y, en consecuencia, a poder disfrutar de las gracias que prodiga a manos llenas el Estado del Bienestar. Primeros vehículos familiares, primeros frigoríficos, primeras vacaciones estivales y, ¿cómo no?, el primer aparato de TV. La televisión, ¡sí, señor!, una ventana abierta en el sanctasanctorum de todos y cada uno de los hogares del país y, además, esa miel de las hojuelas que representa un público devoto, incondicional, receptivo y siempre sumiso. ¡Oh…! La cuadratura del círculo. Nuevamente, lo que no ha logrado la Matemática, lo ha logrado la Economía al enlazar en santo maridaje oferta y demanda, producción y consumo.
   Así fue como nos llegó ese personaje siniestro de nariz alcoholada y vestimenta algo más que sospechosa conocido antaño como Papá Noel, alias Santa Claus, y al que hogaño todo el mundo empieza a llamar Santa a secas –quizás por esa ley del mínimo esfuerzo mental que tanto potencian los medios-. En efecto, fue este lobo con piel de cordero de amplia carcajada –tan amplia como falsa-, quien primero consiguió hacerse un hueco en el corazón de todas las familias españolas. Consciente de que los padres están convencidos de que el electrodoméstico televisivo resulta completamente inocuo para sus vástagos, el tal Santa, en connivencia con Disney, fue poco a poco ganándose la voluntad de los otrora reyes de la casa y hoy tiranos. A través de los niños consiguió ganarse la voluntad de las mamás de éstos para, finalmente, a través de éstas ganarse la voluntad de los papás. ¡Pura transitividad! La voluntad de los papás, para quien no lo sepa, siempre se gana de la misma manera. Pregúntenle a Lisístrata, que ella sabe mucho de estas cosas.
   Pero lo malo no es que hayamos abierto las puertas a ese simulacro de cultura que es la cultura anglosajona que nos llega de allende de los mares. Si sólo se tratara de esto, la situación no sería tan preocupante y podríamos incluso consolarnos diciendo aquello de mal de muchos… Como prueba de que no somos los únicos, atiendan a la experiencia que les paso a referir: Tarde noche del día 31 de octubre, vísperas de la festividad de Todos los Santos. Zona céntrica de la localidad de Arroyo de la Miel. Niños disfrazados de muertecitos vivientes y de otros engendros dignos del Goya más tenebrista. Papás que colaboran por mor de no privar a la prole de una ocasión más para el disfrute y el despiporre –tienen el consuelo de la inminente cervecita en el bar de la esquina-. Ambiente de fiesta que anticipa la Nochevieja -¿no han reparado en el dato de que todas las fiestas, originariamente distintas, en la actualidad empiezan a parecerse unas a otras más de lo habitual?-. De pronto, allí, en el parque infantil, una niña musulmana con su pañuelito en la cabeza y su traje talar, hasta los tobillos, que juega con otros niños. Todo normal. Sí, todo normal hasta que reparamos en un detalle completamente excepcional. Resulta que la niña en cuestión lleva el rostro pintado de un blanco cadavérico y que de la comisura de sus labios resbala un rimero de carmín que, a todas luces, pretende semejar esa impronta que, como todos sabemos, suele dejar el tradicional y pantagruélico banquete vampírico. ¿No me dirán que la escena no resulta llamativa? Halloween penetrando en el mismo sanctasanctorum del mismísimo Islam. De esto es de lo que se trata. Esta es la prueba taxativa e incontestable de que no hay barrera numantina, ni física ni simbólica, capaz de ofrecer un mínimo de resistencia al imparable tsunami de la Globalización. No hagamos ascos, pues, al consuelo de los tontos.  
   Lo realmente preocupante del asunto es que, al mismo tiempo que aceptamos lo foráneo –por la sencilla razón de que es foráneo-, estamos largando por la puerta de atrás, la de servicio, las tradiciones culturales específicamente nuestras –por la sencilla razón de que son tradicionales y, sobre todo, por la sencilla razón de que son nuestras-, como si estuviésemos convencidos de que para hacer sitio a lo nuevo es preciso defenestrar lo viejo. Ocurre con esto algo similar a lo que ocurre con los derechos (ver artículo El animalismo como antihumanismo). Los responsables de crear y de propalar la leyenda negra española fueron otros, ¡cierto!, pero hay que reconocer también que somos nosotros, los españoles, quienes más hemos colaborado en su mantenimiento, difusión y fortalecimiento. Es decir, que hemos sido y seguimos siendo sus más fervorosos defensores. Complejo de inferioridad, sentimiento de culpa, Síndrome de Estocolmo,…¡Enfermedad, en suma! España como nación está enferma, ya lo vieron los noventaiochistas, los regeneracionistas, Larra y los ilustrados, incluso el propio Quevedo (Miré los muros de la patria mía,/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados…), y no vemos indicios de una mejora inminente. La cuestión que debemos plantearnos es la siguiente: ¿hemos de ampararnos en el consuelo de los tontos también en relación a esto?, ¿es absolutamente necesario renunciar a nuestras tradiciones? Pues no, evidentemente.

   Que los mass-media colaboren en el asunto es algo que no nos debería alarmar, pues para eso están. Su cometido fundamental es abrir puertas y rendijas en los aposentos de nuestra intimidad para que el ávido Mercado pueda introducir sus tentáculos. ¿Por qué si no tanto interés en que todos estemos afiliados-contratados-conectados? ¿Por qué si no esa manía de los responsables de educación –de las comunidades más atrasadas- por reemplazar los libros por ordenadores? Control, ésta es la clave.
   Pero la pregunta del millón es la siguiente: ¿deben los centros escolares, institutos y universidades colaborar en todo este proceso de aculturización  que estamos padeciendo? Es evidente que una de las funciones esenciales que los centros de enseñanza tienen encomendadas es la de lograr la adaptación de los niños y jóvenes al entorno social en el que han de desenvolver sus vidas. Desde esta óptica, educar es, básicamente, socializar. Lo que no parece tan evidente, quizás porque cada vez lo es menos, es que su otra función esencial es la de hacer partícipes a estos mismos educandos de lo que podríamos denominar espíritu de universalidad. En efecto, el sistema educativo está subordinado a una doble finalidad aparentemente contrapuesta: sometimiento a la necesidad que impone el entorno social y liberación de esta misma necesidad. Nadie mejor que Kant para decirlo:

   He aquí un principio del arte de la educación que particularmente los hombres que hacen planes de enseñanza deberían tener siempre ante los ojos: no se debe educar a los niños únicamente según el estado presente de la especie humana, sino según su futuro estado posible y mejor, es decir, de acuerdo con la Idea de Humanidad y con su destino total.

   Es decir, la educación es la antifatalidad –Savater dixit-.
   Consentir que el Mercado introduzca sus largos y pringosos tentáculos hasta el mismo corazón de las aulas es un gesto que ha de ser interpretado como una claudicación ante la necesidad y la fatalidad, es dar por supuesto que ni somos ni debemos ser otra cosa más que un dócil rebaño de borreguitos consumistas.
 
   Con más de uno, pues, habría que imitar el gesto de Cristo cuando, látigo en mano, se dispuso a expulsar a los mercaderes del templo. Y, como el templo del que estamos hablando es la Escuela Pública, no estaría de más que los padres exijamos a los responsables de la educación de nuestros hijos que no bajen la guardia y, sobre todo, que no se conviertan en representantes de los más pedestres intereses mercantilistas.