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jueves, 8 de diciembre de 2011

DICCIONARIO APÓCRIFO, LÚDICO Y FILOSÓFICO

   Aunque no lo parezca, esto es una llamada de socorro.
   He decidido avanzar un par de páginas del escrito que me traigo entre manos en estos momentos porque llevo unos días dudando de la viabilidad del proyecto. No sabría decir qué me pasa. El caso es que las ideas con que rellenar cuartillas, cuadernos y kilobites no me faltan. Antes bien, creo que me sobran. De hecho, no sé ni cuántos cuadernillos repletos de notas tengo por ahí arramblados en los estantes y cajones. Sin embargo…, cuando se trata de sentarse a escribir, cuando se trata de sentarse para ayuntar celestinescamente estas ideas las unas con las otras, noto como una cierta rigidez que…¡Los nexos! ¡Son los nexos!...Todas esa caterva de preposiciones, conjunciones, relativos y conectivas…¡Esos son los culpables! Siento como si se hubiesen vuelto remolones y fondones, como si hubiesen perdido esa cadencia pélvica suya por la que siempre se han caracterizado. Y, la verdad sea dicha, no sé qué hacer. Uno no está acostumbrado a ciertos gestos, como el de tener que forzar a las palabras a hacer lo que en verdad no quieren hacer. Es posible que la culpa sea de los neurotransmisores y de todos esos churretes responsables de lubricar la mielina a cuyo través se produce el placentero tráfago sináptico. Pero…, si realmente se trata de esto, ¿cómo evitar la disfunción? Dicen que las anfetas dan muy buenos resultados, a pesar de los efectos secundarios, pero es que uno es un pelín cobarde –o demasiado prudente- para optar por este tipo de experimentos; dicen que otras sustancias, estas legales, también suelen facilitan la cópula eidética, pero ¿cómo camelar al médico que ha de recetarlas?; y dicen que, en la mayoría de los casos, se trata de un problema de inseguridad y de falta de confianza. Así que…, la pelota está en vuestro tejado.
   Sé que los que me leéis sois cuatro gatos, que sois pocos, pero también sé que sois leales. Al menos de momento. Así que sentaos ante el teclado y…¡decidme algo, cohone! Que sea bueno o que sea malo es lo de menos, lo importante es que me digáis cuál es vuestra opinión acerca de estas líneas que os anticipo. ¡Por cierto! Se me olvidaba explicaros de qué va el referido escrito. Se trata, básicamente, de un diccionario poco o nada convencional. Tan poco convencional, que he decidido calificarlo de apócrifo ya de entrada. Quizás lo más parecido a lo que pretendo hacer sea El diccionario del diablo, de Ambroise Bierce, y el Diccionario de lugares comunes, de Flaubert. Precisión filosófica, humor y subjetivismo connotativo son los rasgos más o menos comunes a la mayoría de las voces que hasta el momento llevo definidas.
   Paso el dedo índice por el lomito ergonómico del mause, lo deslizo hacia la izquierda, presiono hasta hacer clic, marco un par de páginas en negrita para seleccionar, presiono el botón de la derecha, pincho en cortar, pego y…Esto es lo que sale:

*

FRANCIA.- Reserva creada con el fin de proteger y defender la Cultura europea autóctona de las amenazas que trae consigo esa culturilla invasora que, de manera oportunista, suele llegarnos a través de los conductos de desagüe de los mass-media. Francia –como reserva cultural- y los franceses –como proteccionistas a ultranza- representan el último bastión donde todavía hoy es posible disfrutar de las magníficas vistas que suele deparar la práctica de la theoría. El resto del mundo, en mayor o menor medida, es un auténtico erial donde sólo germinan las ideas transgénicas y adulteradas. El mundo, de hecho, se haya hoy día dividido en dos partes cuantitativa y cualitativamente descompensadas. Por una parte, el dominio anglosajón, al que le corresponde un noventa por ciento de lo cuantitativo y un diez de lo cualitativo; por otra, el dominio galo, con un noventa por ciento de lo cualitativo y un diez de lo cuantitativo. Las diferencias entre las cosmovisiones que hacen suyas ambas partes son igualmente abismales: mientras los franceses adulan el paladar con la bebida y la comida, los del dominio anglosajón se emborrachan y se ceban; mientras los franceses van a los colegios, liceos y universidades públicos, los anglosajones acuden a hogares para indigentes mentales; mientras los franceses disfrutan con el buen cine, con la ópera y con el teatro, los del septentrión se reúnen en el pub o en el Burger King de la esquina.
Ver las voces INGLÉS, GLOBALIZACIÓN, INTERNET.

FUNCIONARIADO.- 1. Versión profana y secular del mito judeo-cristiano sobre el paraíso terrenal. Si lo característico de éste último es que se disfruta de entrada, pero que te pueden expulsar en cualquier momento, lo característico del funcionariado es justo lo contrario: lo realmente problemático es el acceso. En efecto, una vez que el titular toma posesión de la plaza, no hay un dios capaz de conseguir que éste renuncie a su disfrute. Aquellos individuos que deciden opositar a alguna de las pocas plazas que todos los años salen a concurso saben que les espera una larga temporada de privaciones y de rigor ascético a la que, para colmo, han de sumar los muchos años dedicados a la instrucción y a la meditación en soledad. Saben también que las puertas a cuyo través se accede al jardín del edén del funcionariado están guardadas por una serie de ángeles con bolígrafo flameante, generalmente cinco, cuya función principal es plantear una serie de enigmas que ya los quisiera la terrible Esfinge para su repertorio. Pero saben, sobre todo, que no hay vida como la que les aguarda en el más allá de estas puertas y que, si la hay, sólo podrá ser calificada de tal en tanto licencia literaria. 2. Cuadratura del círculo de la civilización occidental. El funcionario consigue aquello que la mayoría de los individuos no pueden ni soñar: unificar principio del placer y principio de realidad, es decir, la erotización del trabajo. Ver la voz OPOSICIÓN.

FÚTBOL.- 1. Modalidad deportiva de naturaleza totalitaria y absolutista que, por no hallarse a gusto con su condición de modalidad, aspira a usurpar el lugar que sólo a su género corresponde. Es por ello que exige ser nombrada con el distinguido apelativo de deporte rey, que es lo mismo que decir primus inter pares, deporte entre los deportes o, haciendo uso del lenguaje teológico, deporte no hay más que yo, el único. El fútbol es para los restantes deportes lo que el dios monoteísta es para la muchedumbre de los dioses paganos. 2. Narcótico legal que puede ser administrado por vía visual, por vía auditiva, o por ambas simultáneamente, diseñado en los laboratorios más punteros de la Pérfida Albión con el fin de suplir las propiedades sedantes antaño encomendadas a la adormidera y a sus derivados, pero evitando efectos secundarios tan nocivos como los viajes astrales o la comunión mística con lo trascendente. 3. Sinecura excepcional del sistema diseñada por los políticos sobre el modelo de su propio quehacer con el fin de ofrecer una salida laboral a quienes no consiguen titular en la ESO. 4. Actividad favorita de muchos hombres debido a que les permite sobarse públicamente con otros hombres sin tener que soportar comentarios despectivos y de mal gusto. 5. Opio del pueblo. Los únicos misterios insondables que sobreviven en nuestro actual mundo secularizado son los del fútbol –el fútbol es así, para indicar que no hay que darle más vueltas al asunto-. Lo mismo podríamos decir de las antiguas discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles y cuestiones similares –que si Messi, que si Cristiano…-. Ver la voz DEPORTE. 

G

GATILLAZO.- Forma de estraperlo consustancial al comercio sexual. Tanto en éste como en el ordinario, los episodios que se constatan son siempre mayores, con diferencia, que los oficialmente declarados.

GATO.- 1. Animal salvaje que, gracias a su inteligencia, ha aprendido a hacerse pasar por doméstico y a manipular al hombre para que éste se preocupe de proporcionarle refugio y sustento. 2. Animal al que todos los intelectuales veneran por su porte aristocrático y, sobre todo, porque, a diferencia de lo que ocurre con el perro, no consume tiempo -ese elemento tan valioso y necesario para el hombre de letras-.  Ver la voz PERRO.

GINECÓLOGO.- 1. Especialista en mística inversa. 2. Ocupación que no hemos de desear ni a nuestro peor enemigo. 

GLOBALIZACIÓN.- 1. Nombre que recibe el American Way of Life cuando deja de ser una simple influenza para convertirse en pandemia. 2. Tsunami gigantesco, cuyo origen está en una falla conocida como Neoliberalismo, que avanza imparable a lo largo y ancho del globo terráqueo nivelando y aligerando todo lo que encuentra a su paso. 3. Metástasis galopante del tumor neoliberal. 4. Acto de comunicación total cuya comprensión requiere tener en cuenta los siguientes elementos: mercados –emisor-; consumidores potenciales –receptor-; cine, televisión e Internet –canal-; lengua inglesa –código-; American Way of Life o forma de vida consumista –mensaje-;  aldea global –contexto-.

GÖDEL.- (Teorema de -). 1. Se trata de un teorema que nos informa de la imposibilidad de que un sistema formal axiomático pueda ser coherente y completo simultáneamente. Si es completo, será incoherente; si es coherente, no podrá ser completo. Dicho en román paladino: teta y sopa no caben en la boca. Como la manta que nos han dado para protegernos resulta demasiado pequeña, sólo podemos cubrirnos los pies si previamente hemos dejado al descubierto la parte superior del torso, y viceversa. 2. Versión formal de la Teoría de la Gran Objeción Ontológica, según la cual el polisíndeton de la existencia siempre ha de terminar con un gatillazo adversativo inevitable. 3. Prueba formal del carácter deficitario y chapucero de la labor creadora de la divinidad. Ver las voces PERO, TGO, INCERTIDUMBRE (Principio de -). 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

CUERPO DESEADO

   Soy el fruto del primer pecado y el vástago de la más confusa promiscuidad. Fui engendrado en la plaza pública por mil padres, aunque, bien es cierto, sólo uno de ellos me dio el ser. Cuentan que a mi nacimiento asistieron las musas y Maya la griega, pero, a pesar de semejante privilegio, los Hados no me fueron del todo propicios, pues muy pronto me vi recluido entre cuatro paredes donde yo era uno más entre otros muchos. Y allí, en aquella casa gris de pasillos desangelados, mi cuerpo fue expuesto a la curiosidad pública y tuve que soportar que toscas manos acariciaran mi piel y que dedos inquisitivos penetraran mis más recónditos pliegues. Todos, barbados y lampiños, en mayor o menor medida, supieron gozarme, y a mí no me quedó más remedio que dejarme hacer. Pero lo peor de todo, sin ninguna duda, fue tener que soportar sus miradas, pues si los dedos herían las entretelas de mi carne, la avidez que ardía en sus ojos entraba hasta lo más hondo de mi alma con el ímpetu viril de un ariete que fuese manejado por bravos soldados, dispuestos a saquear los valiosos tesoros ocultos tras la última defensa. De esa manera, pues, durante meses, mi cuerpo fue de continuo manoseado, forzado y penetrado por todas las manos, por todos los dedos y por todas las miradas. Hasta que llegaste tú. Sí, tú fuiste el único que comprendió que nací para darme, que mi cuerpo y mi espíritu estaban dispuestos a entregar todos sus tesoros a cambio tan sólo de otra mirada y de otras caricias. Además, sabiendo como sabías que otros antes que tú me habían gozado, no diste a esto mayor importancia y me tomaste entre tus manos delicadas y compraste mi libertad. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y ya no es como antes, cuando  los que somos como yo teníamos que llegar a las manos de nuestros amantes con un cuerpo sin desflorar. Alguien, no recuerdo quién, quizás otro compañero recluido en la misma casa, me contó una vez cómo era el procedimiento de entonces. Al parecer, mientras permanecíamos en la casa gris de desangelada geometría, nuestra intimidad era preservada de dedos y miradas gracias a que los íntimos pliegues de nuestro cuerpo permanecían soldados entre sí por una membrana, de manera que sólo quien compraba nuestra libertad tenía el privilegio de romperla y penetrar en el interior de nuestro ser. Pero hoy, como digo, ya no es como ayer, y por eso no tuviste grandes reparos a la hora de tomarme y llevarme contigo. Nunca olvidaré aquel día en que mi cuerpo fue, por fin, tuyo. Era ya de noche cuando llegaste, apenas un momento antes de la clausura y estando ya mi casa sosegada después de un largo día de ajetreos y bullicios. Tantos como éramos, todos iguales en apariencia, y te fijaste en mí. Lo primero que sentí fue tu mirada cálida resbalando sobre mi cuerpo sin demorarse, como una lengua golosa que lamiera un caramelo. Pero luego tus ojos desandaron el camino recorrido y se posaron sobre mi dorso, fino y nervudo como el de un atleta. En el momento en que tus manos me apresaron fue cuando, por primera vez, fui consciente de mi realidad exclusiva y sustancial, pues el gesto de tu arrebato fue también el de mi nacimiento a un mundo nuevo de individualidad en el que era posible tener un nombre y unos apellidos. Como un ladrón en la noche, emprendiste el camino de vuelta hacia tu hogar, hacia mi nuevo hogar, y durante todo ese trayecto pude sentir el pálpito acelerado de tu corazón impaciente a través del rudo cuero de la mano con que aferrabas mi cuerpo. Sentí, sí, -como dije-, que volvía a nacer, que renacía a otra vida más plena y auténtica, porque tú me habías elegido. Pero…, -siempre tiene que haber un dichoso pero,-, debe de ser verdad lo que dicen los filósofos, la felicidad no existe como estado, sino como momento, como instante fungible, como una falla majestuosa de existencia efímera que ha de ser consumida por el fuego de la pasión. Y ha de ser así porque una felicidad permanente inocularía en nuestro ser su propio antídoto anestesiante. Cuando llegamos a nuestra casa y vi el lugar que en ella me tenías reservado, mi gozo, como dice el refrán, fue a parar al pozo profundo de la desilusión. Es verdad, no lo niego, que me dedicaste unos minutos durante los cuales tus dedos y tu mirada se recrearon brevemente con los entresijos de mi juvenil cuerpo, abierto por entero para ti y dispuesto para darse todo, pues ya sabes que para eso nací y que tu goce es también el mío. Pero fue un placer efímero, también para mí. Con un gesto de desapasionada desgana me dejaste en lo que a partir de entonces habría de ser mi espacio privado y cerraste indiferente la puerta. Comprendí entonces que allí no estaba solo, que había, como en mi anterior casa, otros muchos como yo, prisioneros todos de la misma geometría, víctimas todos de la misma indiferencia, inmersos todos en el anonimato del número.  A partir de entonces la ceniza del tedio puso su nido en mi espíritu. Las horas se convirtieron en días, los días en semanas, las semanas en meses…, hasta que el tiempo se convirtió en una sustancia blanda y mucilaginosa en la que ya no era posible cercenar el pasado del presente ni el presente del futuro. Era como si el tiempo hubiese colapsado en un instante único y siempre idéntico a sí mismo, en un presente redondo y parmenídeo…Tic…tac…tic…tac…tic…tac..., desgranaba los segundos el reloj de la pared con su cadencia de salmodia. Y mi cuerpo, replegado ahora sobre sí mismo, fue recibiendo el sedimento de los días, y mi piel se fue ajando, vistiéndose con la pátina mortecina de lo viejo…

…..La experiencia enseña que para encontrar es necesario dejar de buscar y que sólo encuentra quien espera lo inesperado. Una mañana, meses después, algo súbitamente cambió. Entraste en mis aposentos con paso firme y la luz de tu mirada, como la otra vez, cayó de nuevo sobre mí como un rayo. Y de repente, cuando tus manos rozaron nuevamente mi espalda, la costra anestesiante que los días habían ido depositando sobre mi cuerpo se quebró como un cristal y me sentí vibrar y estremecer, otra vez joven, como una novia que tras las nupcias espera impaciente y sumisa el momento de la consumación. La hora de mi entrega definitiva había llegado. Ligeramente recostado en tu sofá favorito, me colocaste sobre el regazo y las cálidas yemas de tus dedos viriles, como la avanzadilla de un ejército, fueron reconociendo la variada orografía de mi cuerpo, sus turgencias y sus ángulos. Comenzaba el asedio. Al tiempo que tus manos me elevaban, inclinaste ligeramente el torso y, abriendo en dos el fruto maduro de mi cuerpo, aspiraste el embriagador aroma de mis entrañas ubérrimas. Y en ese aroma reconociste el tuétano de cada cosa, destilado siglo tras siglo desde el comienzo de los tiempos, desde el momento mismo en que el Logos se hizo carne. Reconociste, sí, la sabia del sándalo y la jara, la esencia melosa del fruto del sicomoro, el salado perfume del crustáceo, el jugo genésico de todo lo que fue, es y será. Sí, el tuétano de todo ser macerado por el tiempo y exudado por los poros de mi enervada piel.  Los ojos de tus dedos acariciaron mi alma, y me fuiste arrebatando, uno por uno, los secretos tesoros que escondía, y todo mi ser fue tuyo en el momento en que mi espíritu se volvió translúcido para ti, en el momento en que tu alma, como una ventosa, absorbió la mía, en el momento en que, por fin, fuimos uno.

   Ahora que formo parte de ti, ahora que vivo en tu espíritu, observo cómo el que fuera mi cuerpo, caparazón huero, envejece lentamente en su estante. Tal es el destino del cuerpo de los libros después de haber sido leídos.

jueves, 1 de septiembre de 2011

EL VERBO QUE NO QUISO SER CARNE


   …Un golpe de mar que arranca blanca espuma tras embestir contra las afiladas y pacientes rocas del espigón, esas rocas de negro contorno jalonadas aquí y allá de sabrosos moluscos bivalvos y alfombradas de resbaladizo verdín

   ¿Excesivo quizás? No, no me gusta. Estas descripciones tan barrocas y alambicadas sólo se dan en la más nauseabunda literatura sentimental, y yo no pretendo hacer literatura sentimental, quiero hacer literatura erótica. ¿A qué mujer de las de ahora se le ocurriría describir el coito haciendo uso de un lenguaje como éste? Yo soy mujer, una mujer moderna, y jamás se me ocurriría hablar como lo hace la heroína de mi relato. ¿Un golpe de mar? ¡Qué coño! Yo diría, por ejemplo, -suponiendo que nadie me escuchara, claro está- algo así como esto:

   Su vientre ávido y voraz recibió el envite de su potente ariete como la tierra sedienta y reseca recibe las primeras aguas al llegar el mes de octubre
  
   ¡Uhm! No sé. Me temo que tampoco ésta es la mejor manera de describir algo tan primario y elemental como el proceso de la cópula. Pero, ¿por qué digo cópula, por qué digo coito cuando la palabra que yo realmente uso cuando no pienso en escribir es otra mucho más rotunda y explícita? ¡A ver! Hagamos un tercer y último intento. Una mujer desinhibida y sin prejuicios debería decir más bien esto otro:

    Cuando se sintió espetada por el mástil de su masculinidad, sus entrañas se conmovieron como si en lo más hondo de su carne hubiese tenido lugar un movimiento sísmico.

   ¡Ca! Me temo que es imposible. Me rindo. Creo que ahora entiendo lo que quiso decir el filósofo aquél con eso de que cuando no se puede decir una cosa, lo mejor es callarse. Pero…¡Qué carajos! ¿Es que realmente no se puede decir aquello que con tanta facilidad se piensa, se siente y, sobre todo, se hace? Bueno, poder…., lo que se dice poder…, se puede. Ahora bien, es obvio que la dificultad no tiene su origen en una cuestión de capacidad, más bien lo tiene, creo yo, en una cuestión de moralidad o de costumbre. Poder y deber… Pero, ¡basta! En todo esto no se trata de un análisis filosófico sobre la impotencia que ocasiona la coacción moral, aquí se trata de escribir una historia erótica y sensual que sea capaz de producir en el lector una conmoción de tal intensidad que cuando termine con la lectura lo primero que se le pase por la cabeza sea reclamar la presencia de su pareja –si la tiene- para llevar a la práctica todo aquello de lo que tanto ha disfrutado de una manera exclusivamente imaginativa. Así pues, ni novela sentimental ni reflexión ensayística. ¡Fuera los esquemas preconcebidos y las manías analíticas que a ninguna parte conducen! Como diría otro filósofo: ¡A las cosas mismas! Sigamos intentándolo, pues:

   Entonces él le arrancó las braguitas aferrándolas virilmente con dientes y manos, como si se hubiese convertido en un sensual tigre sediento de sangre que, habiendo abatido una presa, se dispusiese a arrancarle los primeros jirones de carne. Y ella, fascinada por el poder hipnótico de aquella mirada animal, dejábase hacer al tiempo que colaboraba sumisamente en el proceso alzando nalgas y pubis, creyendo precipitar así el momento mágico en que por fin se iba a sentir plenamente realizada. Y luego llegó la hora de los dedos, de esos dedos corazón e índice que

   No, me temo que no puedo. ¡Me rindo! El tema erótico no es lo mío.

*
    Frustrada e impotente, retomo este escrito después de haber dedicado un par de horas a buscar inspiración en la Historia de la literatura erótica, de un tal Alexandrian. He leído los capítulos dedicados a Óscar Wilde, a Dalí, a Anaïs Nim y a Baudelaire. Todo muy interesante, por supuesto. Pero, si hay algo en todo lo leído que me haya sorprendido, ese algo son las siguientes palabras del poeta maldito entre los malditos: El estilo es tanto más decente si las ideas son menos decentes. He aquí la razón por la que no soy capaz de escribir lo que pienso cuando de hacer literatura erótica se trata. Dicen que no hay catedral gótica que no albergue en sus cimientos los restos de un templo consagrado a Dionisos.  

martes, 23 de agosto de 2011

CONSECUENCIAS NOCIVAS DEL SOBRECALENTAMIENTO NEURONAL QUE DEBEN EVITARSE




VANITAS VANITATUM



   Hurgando en las gavetas donde se entierran los despojos del recuerdo, hallé la fotografía, amarillenta y ajada por los zarpazos del tiempo, de aquél que una vez fuera. Adosada a un viejo carné de biblioteca, como un náufrago a su frágil tablilla, mi propia imagen me contemplaba desde el hontanar de los tiempos, desde ese fondo que es también una cumbre. Sus ojos, que son también los míos –que son los mismos ojos que los míos, pero diferentes-, me miraban con dulzura y sus labios tiernos e impúberes me sonreían con esa misma dulzura, con esa dulzura tierna que brota a borbotones abriéndose paso por los resquicios del gesto. Una fotografía, una simple fotografía en la que habían quedado congelados una mirada, una expresión y un gesto, arrebatados todos a la vorágine insaciable y nunca ahíta del tiempo. Nacer para ser; ser para sufrir; sufrir para después perecer. Así canta el tiempo su letanía ¡Oh, sino cruel!, ¡vida cruel! ¡Oh, Dios! ¿Tan insoportable te resulta el tedio de la eternidad que tuviste que inventar al hombre para solazarte en su tragedia?

   Biblioteca Pública Municipal. Nombre y apellidos. Edad: trece años…, y la imagen de ese que fui, de ese que ya no soy, de ese que dentro de unos años –apenas un suspiro de Dios- habrá dejado de ser para los restos. ¿Qué fue de él si ya no es yo, si yo soy otro distinto de él? ¿Qué fue de ese brillo en sus ojos y de esa media sonrisa plácida y benévola de niño que nunca ha roto un plato? El tiempo se los comió. El tiempo y ese hambre eterno, ese ávido deseo de saber y de comprender que tan temprano lo empujó hacia el erial que es toda búsqueda sin fin, que tan pronto lo expulsó del paraíso de la sádica inocencia.

   Una imagen que ya no es la mía –pero que en su momento lo fue- adosada a un carné de biblioteca…Símbolo perfecto de una vida. Un carné que deja expedito el camino para la escapada hacia ninguna parte y hacia cualquier parte, hacia cualquier parte que no sea esta parte de aquí, donde nada más nacer empezamos a pudrirnos cocidos en la bilis amarga de nuestra propia salsa hasta acabar deshechos y muertos, convertidos en un montón de huesos, en un juguete donde la Nada pueda afilar sus agudos caninos de fiera insaciable. De manera intuitiva, inconsciente casi, descubriste –con tan pocos años- el difícil arte del escapismo, descubriste la existencia de una tangente capaz de llevarte muy lejos de este tiovivo vicioso y absurdo de la existencia, y no lo dudaste por un momento. Los libros se convirtieron en la llave mágica y dorada capaz de abrir esa puerta que tanto ansiabas atravesar para, por fin, encontrar al otro lado la quietud y la estabilidad que necesitabas, ese destello de eternidad que es la estrella de Belén para todos aquellos que se dejan embelesar por el canto de sirena de las Musas.

   ¡Qué chico y qué tierno te me antojas, amigo mío, amigo que un día yo mismo fueras! Desde aquí, desde un punto indeterminado de ese camino que tú mismo emprendieras, te quiero confesar que aún no he concluido la búsqueda y que, además, a estas alturas empiezo a dudar de que tal búsqueda pueda llegar algún día a su fin. No lo sé. Sí sé, porque lo vivo cada minuto de cada día desde el instante en que mi conciencia se despereza, que cuanto más creo encontrar más perdido me hallo. Sólo se enciende una luz allí donde hay un inmenso mar de oscuridad. No te culpo. Amigo mío, pero abriste una puerta que –mucho me temo- no conduce a esa isla de quietud y felicidad con la que tan pronto comenzaste a soñar. Incertidumbre y duda, esto es lo que yo he encontrado tras decidirme a seguir tus pasos. Una duda, un vértigo, un escalofrío, esto es lo que ahora mi espíritu alberga como única cosa segura. Y sin embargo…

  



TAEDIUM DEI



   Tedio, hastío, hartazgo y aburrimiento mortal. L´ennui de Baudelaire. Spleen.

   Hastío de Dios. ¿También Dios se aburre? Si nos atenemos a los datos que nos suministra la experiencia, no podemos dudar de que, efectivamente, así es. Se aburre, y mucho. El tedio es a la divinidad lo que la hemofilia a ciertas familias reales, algo consustancial que escapa a sus designios y a su voluntad omnipotente. La auténtica limitación no le viene a Dios del destino, tal como pensaron los griegos. El destino es algo que tiene que ver con el sucederse de los acontecimientos humanos según una legalidad trascendente. Dios tiene su límite en el tedio, que es una afección existencial que dimana, como un oneroso estipendio, del atributo de la eternidad.

   ¿Por qué Dios tomó la determinación de crear al hombre? ¿Qué necesidad imperiosa le movió a ello? Es evidente: la necesidad de sacudirse de encima la modorra anestesiante del tedio y del hastío. Existimos porque a Dios –o a los dioses- la vida eterna le resulta insufrible. Un tiempo infinito por delante, un tiempo infinito por detrás y, lo peor de todo, saber siempre lo que ha ocurrido y lo que ha de ocurrir. Por esto es que Dios nos quiso libres y rebeldes. Si Dios nos creó para paliar de alguna manera el aburrimiento mortal que sentía, ¿cómo va a querer que acatemos su voluntad a pies juntillas? Hacer la voluntad de Dios es algo que aportaría más tedio al tedio. Más de lo mismo.

   La tragicomedia humana es el culebrón con que Dios se entretiene durante las largas y soporíferas tardes de su eterno estío.





LUZ QUE TITILA EN LOS OJOS DE LOS NIÑOS



   ¿Por qué se apaga esa luz? ¿Quién o qué cosa amortaja el resplandor de esa estrella? Nada en el mundo es tan hermoso como la claridad y transparencia de esta luz, nada tan fascinante como el resplandor de la inocencia. No deja de ser paradójico que la inocencia y la inconsciencia emitan un destello infinitamente más intenso que el de la sabiduría. El grado de ofuscación de la luz de la mirada es directamente proporcional al grado de conocimiento. Y si esto es así, ¿por qué se habla entonces de zarandajas como luz del conocimiento, iluminación y revelación? La luz de la inocencia y del asombro…, ¡esto sí que alumbra! El conocimiento es su verdugo.





ABRIR LOS OJOS



   Una mirada amplia y luminosa sólo es posible con una condición: la inocencia que proporciona el no saber. Cuanto más se agrandan los ojos de la conciencia, tanto más se achican aquellos otros que llevamos en el rostro. Pero, si la sabiduría total sólo es posible a costa de una ceguera física total, entonces la omnisciencia de Dios exige su ceguera. ¿Qué mejor prueba de esto que la marcha del mundo?





LO FATAL



Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

Y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

Ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

                                               R. Darío



   ¿Qué nombre deberíamos dar a una doctrina ética que defendiera la tesis de que la felicidad se cifra en la inocencia del no saber? ¿Nescianismo, quizás? ¡A ver…! ¿Dónde está el responsable del departamento de lenguas muertas?

sábado, 13 de agosto de 2011

LA BUENA SOMBRA


   Creo, sinceramente, que deberías probarlo. Leer nuevos libros, charlar con los amigos al calor de un café, acudir a los museos o pasear por la playa contemplando alguna puesta de sol inédita hasta la fecha son experiencias de las que sólo pueden echar mano los señoritos y los hijos de sus papás, que para eso son especialistas en dar tiempo al tiempo y en dejarse sorprender por las veleidades de su musa caprichosa. Pero ni tú ni yo somos como estos. Recuérdalo. Nosotros tuvimos que recurrir a becas y a trabajos esporádicos a tiempo parcial para poder pagarnos los estudios en aquella mediocre universidad pública de provincias. Nosotros somos trabajadores a destajo, estajanovistas de la intelectualidad, y tendremos que soportar para siempre el estrés derivado del hecho de vivir constreñidos por lo urgente. ¿Acaso no sientes tras de ti el aliento taquicárdico de los perros de presa azuzados por las circunstancias que nos han tocado en suerte? Esas ínfulas de dandy inglés que últimamente empiezo a ver en ti en nada te favorecen. Deberías saberlo. Esa pose de maniquí, esa contención en los gestos, esa manera pausada de llevarte el cigarrillo a los labios y ese tacto delicado en el momento de asir el hopo de la taza del café…No sé, pero te hacen parecer otro muy distinto del que realmente eres. Deberías saber que todo eso te sienta como un traje que hubieses heredado de alguno de tus abuelos, y ya sabes que hace cincuenta años la talla media de los españoles era quince centímetros inferior a la actual. Así que tú verás lo que haces. Todos los que vivimos de esto tenemos que atravesar, antes o después, una o cien veces, por crisis como la que tú dices estar pasando. Es completamente normal. Pero pienso que la solución para un bloqueo como el tuyo no está en dejar de ser quien eres o en forzar la producción a base de estímulos tan onerosos como los que ya hemos comentado. Te digo que lo pruebes, que a mí me vino bien, que es un estímulo natural que no requiere de un tiempo excesivo y que, además, evitará que vayas por ahí llamando la atención más de lo debido. Sí, quizás sea mi hipertrófico sentido del ridículo lo que me hace pensar de esta manera, quizás me haya vuelto un poco conservador durante los últimos años, no te lo discuto, pero no pierdes nada por probarlo. Más bien ganarías. Y mucho. A ti te parecerá que estas cosas que te cuento sobre el poder fertilizante y estimulante de las condiciones que se disfrutan en aquel lugar son majaderías sin fundamento alguno, ideas carentes de pies y de cabeza, los frutos, quizás, de una imaginación enfebrecida por el mucho trabajo intelectual, pero te puedo garantizar que nada de esto hay en lo que varias veces te he explicado por activa y por pasiva, del derecho y del revés. Ni tú ni yo podemos permanecer durante mucho tiempo en el dique seco de la inactividad, ni tú ni yo creemos en entelequias metafísicas ni paranormales… Nos conocemos desde que éramos unos simples críos y sabemos de qué pie cojea cada uno, así que decídete de una puñetera vez. No tienes más que acudir una tarde al dichoso parque infantil y sentarte en el banco que más te guste; no te faltará donde  elegir. Pero, eso sí, es fundamental que el banco que elijas, sea el que sea, reciba de lleno la sombra de alguno de los muchos árboles responsables de convertir el recoleto parque en un lugar habitable durante las duras horas de la canícula. De once de la mañana a una de la tarde es cuando mejor se pueden percibir los efectos. Una vez que el calor empieza a apretar de veras ya no es lo mismo. Así que ya sabes, pruébalo. No perderás nada. Más bien ganarás mucho. Volverás a sentir el activo crepitar de las ideas en el interior de tu cabeza.

   En el interior de mi cabeza no deja de oírse este crepitar activo de las ideas desde que me acostumbré a frecuentar el parque todas las mañanas en compañía de mi chiquillo. Ya sabes, las largas vacaciones estivales, los niños que no tienen clases, los profesores con el interruptor en stand by y un tiempo infinito por delante que gusta demorarse, autocomplaciente, en el sopor de las cuatro de la tarde. ¿Qué hace un niño de pocos años todo el día encerrado entre cuatro paredes además de poner histérica a su madre? Estas son las razones por las que me habitué a acudir todos los días al parque, a la misma hora y a la misma sombra del mismo árbol todos los días. Ignoro el nombre de este árbol y, probablemente, siempre lo ignoraré. No es algo que me preocupe, pues lo realmente importante es el efecto que produce sobre mis ideas nada más situarme bajo el inconsútil cobertor de su sombra. Recuerdo que ya el primer día lo noté claramente, una especie de sorbo lento, como de ventosa o de succión abductora, qué sé yo. Sabes que soy un auténtico desastre cuando he de elevar a concepto lo que vivo y siento, todo lo que tiene que ver con esas emociones que se desenvuelven al través de la epidermis y en el interior de las vísceras como larvas que entran y salen de un cuerpo en estado de putrefacción. Espero, por ello, que seas comprensivo conmigo. Hay veces en que tengo la sensación, extraña sensación, de que el referido efecto se manifiesta como una pequeña descarga eléctrica, como ésas descargas que cierto pez de río utiliza para aturdir a sus víctimas, pero con la salvedad de que en mi caso el resultado es una pura estimulación, un nervioso chisporrotear y un histérico crepitar del contenido de mi mente. Ríete si quieres. No me importa. Mis explicaciones han de parecerte ñoñas, excesivamente fantasiosas, quizás, pero no tengo otra manera de acceder a la empingorotada acrópolis de tu intelecto si no es pasando primero a través de los propileos de tu imaginación. Sí, ríete si quieres. No es poca cosa verte reír así. Es más, te voy a seguir dando motivos para la risa. Verás. Cuando me siento a la sombra de ese innominado árbol se apodera de mí una sensación como de tarde de cine, pero no por lo de la película y sus imágenes, sino por las palomitas de maíz. ¿Has hecho alguna vez palomitas de maíz en el horno microondas de tu casa?...Es muy fácil. Los granos vienen envasados en una bolsa de papel, introduces la bolsa en el horno y lo programas para que funcione durante tres minutos. Al momento podrás sentir cómo se suceden las pequeñas detonaciones en el interior de la bolsa y podrás ver cómo ésta se va inflando como consecuencia del aumento del volumen en su interior. Te lo puedes imaginar, si quieres, como un pequeño festival pirotécnico. A mí siempre me ha maravillado contemplar cómo ese minúsculo grano de maíz, redondo y compacto, se transforma, súbitamente, en un abracadabra, en algo completamente distinto en apariencia y en textura por efecto del calor; siempre me ha maravillado contemplar cómo se despliega, en un minúsculo big bang, ese pequeño universo que es la palomita en sí. Es pura magia…Me encanta que rías así, de esa manera. ¡Cuánta falta te hacía…! Pues bien, a esto iba: yo diría que la sombra que proyecta mi árbol –el trato cotidiano ha conseguido que llegue a verlo como algo mío- y, seguramente, todos los demás árboles de ese parque y de todos los parques del mundo, de todos los bosques y paseos, tiene la virtud de proporcionar la temperatura justa que las ideas necesitan para eclosionar en el interior de las cabezas. Te puedo garantizar que yo las siento crepitar nada más tomar posesión de mi banco. Eclosionan del huevo de su semilla y, como las palomas de verdad, esas que abundan en cualquier parque, echan a volar todas juntas en una especie de festival de coordinación aérea. Levantan el vuelo, pero al momento ya las tengo otra vez comiendo por turnos en el cuenco de mi mano. Y lo más sorprendente de todo es que no se asustan ante el clamor frenético de la chiquillería, antes bien, esto es para ellas como un estímulo más. Este dato me ha llevado a pensar que quizás las ideas plenas, las auténticas de vedad, las capaces de volar por sí mismas, sólo nacen allí donde la vida bulle en toda su intensa espontaneidad…Ya veo que sigues riendo. Bien. Seguir mis indicaciones no cuesta dinero. Así que ya sabes. Mañana, después de comprar el diario en el quiosco del centro, te acercas al parque, que está a tiro de piedra, y haces la prueba. Y ya me dirás. De verdad creo que deberías probarlo.

viernes, 29 de julio de 2011

LETANÍAS DEL TELEDIARIO

   Cayó la bomba en medio de la población Cisjordana destruyendo limpiamente vidas y propiedades, en un plis plas, en apenas una fracción de segundo. ¡Qué bonito espectáculo pirotécnico! ¡Cualquiera diría que están celebrando las fiestas patronales! Pero no…, al momento una ambulancia cruza rauda lo que queda de carretera, sorteando cascotes y levantando una nube de polvo. [Acción trepidante, persecución de coches patrulla por las empinadas calles de San Francisco.] Me temo que no, que no se trata de esto, puesto que al momento presenciamos cómo de esa misma ambulancia extraen el cuerpo desmadejado e inconsciente de un adolescente. Su mano izquierda cuelga flácida por uno de los laterales de la camilla. ¿Estará muerto? [El coche patrulla termina empotrándose contra otro vehículo que en ese momento iniciaba la marcha tras haber permanecido parado ante un semáforo.] Pero pronto salimos de dudas. Vemos ahora a una mujer de mediana edad con la cabeza cubierta por un pañuelo negro que gesticula y llora de manera manifiesta. El reportero gráfico que ha realizado la grabación -esto es evidente- se ha esforzado grandemente por transmitirnos los efectos inmediatos del bombardeo con todo el pathos trágico que éstos son capaces de contener. El gesto desencajado de la mujer, de la madre del joven adolescente -se entiende-, es el mismo que podemos ver sobre el rostro de cualquiera de las vírgenes de Murillo. Ya que hay muerte, ya que hay crímenes, ofrezcamos al menos el lado más artístico y sublime de la tragedia. ¿Y qué mejor colofón para este reportaje y para este seguimiento del día a día en tierra de conflictos que este otro cuadro preñado de hermosura?: la madre que acaba de perder a su hijo adolescente sujeta entre los brazos el frágil e indefenso cuerpecito de un bebé. Lleva la cabeza cubierta por una especie de toquilla con la que, seguramente, trata de protegerlo del polvo del ambiente y de los inmisericordes rayos del sol de Palestina. Un primer plano nos muestra dos grandes ojos de azabache que contemplan con asombro e inocencia el objetivo de la cámara. Es la Vida que puja tratando de abrirse paso por entre los escombros y los cuerpos de los muertos.

   Después de un espectáculo intenso y sublime como el que acabamos de presenciar, es imposible no experimentar una sacudida eléctrica a todo lo largo del espinazo. Es probable que alguien haya tenido que enjugarse alguna lagrimilla fugitiva aprovechando que ha conseguido dirigir la mirada hacia un punto donde no hay testigos de su debilidad. Pero, después de la ración diaria de empatía con las penas y sufrimientos de nuestros semejantes, no nos quedará más remedio que volver a echar mano del mando a distancia. En La Sexta están poniendo El Intermedio. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué bueno que es este jodido del Gran Wyomming!