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domingo, 8 de abril de 2012

VIDA Y OPINIONES DEL CABALLERO TRISTRAM SHANDY, de Laurence Sterne


I

    En el año 1927 veía la luz Ser y tiempo, la obra emblemática de Martin Heidegger. Pese a lo novedoso de sus aportaciones y planteamientos, esta obra surgió con la pretensión de reiterar una pregunta que no es una cualquiera, sino la pregunta por antonomasia en el ámbito de la Filosofía, la pregunta con la que ésta nace allá por el siglo VI a. C. y que, hasta la fecha, según el parecer del pensador alemán, continúa sin respuesta: ¿Qué es el Ser? O, en versión posterior: ¿Por qué el Ser y no más bien la Nada? ¡Casi ná! Un proyecto de tamaña envergadura sólo podía concluir con un fracaso de similares proporciones. De hecho, como sabrán los más leídos, la obra en cuestión nació muerta, es decir, que no fue capaz de dar una respuesta satisfactoria a esa gran interrogante fundacional de nuestra cultura occidental. Insuficiencia del lenguaje a la hora de abordar determinadas cuestiones especialmente peliagudas, dirá el propio Heidegger unos años después al serle requerida una explicación del fiasco. Afortunadamente, parece que alguna verdad hay en el refrán que dice que no hay mal que por bien no venga. Este fracaso estrepitoso se convertirá en el estímulo que propiciará la famosa kehre –giro- en el pensamiento heideggeriano, cambio que se cifra, básicamente, en una inversión de los planteamientos metodológicos. Dicho en el román paladino que nos facilita la metáfora: en lugar de ir a la caza del Ser armados hasta los dientes con los incisivos y punzantes recursos del método, detengamos el paso, prescindamos del pesado utillaje proporcionado por la tradición y sentémonos a aguardar a que sea el propio Ser quien se acerque a nosotros. Esta segunda táctica, la de la caza al acecho, es lo que en el argot filosófico se denomina Ereignis –acontecer, mostración, revelación…-. Es decir: la búsqueda consciente de una determinada meta hace que ésta se desplace hacia el fondo del horizonte con cada uno de los pasos que damos en el intento de darle alcance. En consecuencia, sólo quien deja de buscar se hallaría en la disposición propicia para recibir la gracia o regalo que supone el objeto de sus anhelos.

    Confiamos en que las anteriores palabras nos ayuden a explicar la naturaleza de la experiencia reveladora que hemos tenido con la obra cuyo título encabeza estas líneas y que será objeto de un análisis exhaustivo en lo sucesivo. Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy ha sido para nosotros una auténtica sorpresa, una auténtica revelación y, si se nos permite el término teológico, una auténtica gracia. Nos pasó hace un par de años con la película titulada Deseando amar y ahora nos pasa con esta peculiar novela. En ambos casos, el requisito para recibir el don parece haber sido el mismo: haber dejado previamente de buscar, o estar abierto a la sorpresa, o desactivar los propios prejuicios, o dejar en suspenso las expectativas.

    Antes de arrojarnos sobre la presa con el cuchillo analítico entre los dientes –y acompañando el gesto con el tradicional grito de ¡banzai!-, es preciso dedicarle unas palabras a la madre que la trajo al mundo. Laurence Sterne es su nombre. ¡Inglés!, exclamará más de uno. Pues sí, un hijo de la Gran Patraña. Pero no se me preocupen, que éste es de los buenos. En realidad, como el amigo Swift, su contemporáneo, era medio irlandés. Y, también como Swift, clérigo de la Iglesia Anglicana. ¡Una mezcla explosiva! ¿No? Así que olvídense del ¡zape! y del ¡vade retro! y sean indulgentes, aunque les cueste, con nuestro amable y simpático personaje. ¡No se arrepentirán!
    Sterne ha sido calificado por algún lumbreras como el Joyce del siglo XVIII, y lo cierto es que sobran los motivos para considerarlo como un remoto precursor de esa novela experimental –ensimismada, autorreferente, metafictiva o, lisa y llanamente, antinovela- que tan común será a lo largo y ancho de todo el siglo XX. Nada que objetar al respecto, por tanto. Aunque…-¡ya está aquí la adversativa aguafiestas!-. Lo que sí que es cierto es que Sterne no aporta nada a la novela que no estuviera ya presente en sus dos grandes y admirados maestros: Cervantes y Rabelais. De hecho, él mismo lo reconoce de manera explícita en muchas de las páginas de su genial obra. Lo único que hace Sterne, en realidad, es potenciar y utilizar de manera sistemática y consciente una serie de recursos formales y de temas que ya están presentes en El Quijote y en Gargantúa y Pantagruel. Cualquiera que haya leído la obra de nuestro eximio compatriota reconocerá que poco hay en la novela experimental del siglo pasado que no fuera anticipado, de una u otra manera, por los textos de éste. Y esto significa, obviamente, que El Quijote aún no ha sido superado. Así pues, Tristram Shandy, una obra genial donde las haya, no es ningún punto de partida, es, más bien, un punto de confluencia, una encrucijada, un cruce de caminos.
    Pero lo que más nos llama la atención del autor es su condición de clérigo…-¿cómo decirlo sin necesidad de recurrir a la vaselina eufemística?-. ¡Bah! ¡A pelo y que sea lo que Dios quiera!: su condición de clérigo rijoso. Porque esto es lo que era Sterne, un clérigo rijoso, procaz, provocador y guasón. Es decir, genial. Si no fuera porque nuestra particular hornacina doméstica ya la tenemos ocupada con el busto de nuestro Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, no dudaríamos a la hora de adoptarlo en calidad de santo tutelar. ¿Que era inglés? Pues bueno, ¿qué le vamos a hacer? Nadie es perfecto. Esto es lo que nos interesa: ¿Qué vínculo secreto es ése que conecta lo Trascendente Espiritual con lo Inmanente Carnal? ¿De qué tipo es la relación que mantienen el Verbo y la Carne? ¿A qué se debe el interés de Sterne por el sexo o el de Swift por lo escatológico? Es más, ¿por qué el término escatológico admite dos acepciones opuestas y antonímicas? Fue Sigmund Freud quien nos proporcionó el utillaje conceptual preciso para poder responder a estas cuestiones tan peliagudas, ya lo sabemos. No obstante, hubo otro antes que él a quien no podemos obviar si es que queremos un mínimo de radicalidad para las respuestas. La Verdad es curva y todo lo recto miente, le dijo el enano a Zarathustra. Es decir: los extremos se tocan.
    Lo habitual es que el interés de una obra de arte radique o bien en su aspecto temático –el qué- o bien en su aspecto formal –el cómo-. Lo realmente fascinante de Tristram Shandy, en cambio, es su capacidad para suscitar el interés del lector desde ambas dimensiones, con el añadido, por si lo anterior fuera poco, de que a partir de cierto momento de la narración lo formal y lo temático confluyen en un mismo punto. Vayamos por partes.

    Hemos de comenzar por el argumento. ¿Cuál es la historia que se nos cuenta? El lector que decide sumergirse en la lectura de esta novela sin ningún tipo de orientación previa espera encontrarse con una relación detallada de las principales peripecias y vivencias de un personaje llamado Tristram Shandy, todo ello salpimentado con una serie de opiniones y juicios personales. Esto, de hecho, es lo que parece prometer el propio título de la obra –Vida y opiniones de…-. No obstante, este confiado lector no tarda en darse cuenta de que lo prometido en el título poco o nada tiene que ver con el contenido. Puede incluso ocurrir que se sienta timado y que no le falten ganas de volver a la librería con su ejemplar bajo el brazo con la intención de devolverlo y de reclamar la devolución del importe, tal como hicieron en su momento algunos lectores que no fueron capaces de comprender el significado de determinados procedimientos formales por entonces completamente novedosos –como el de las páginas en blanco o en negro-. Tristram Shandy no es capaz de cumplir lo prometido, no es capaz ni de contarnos su vida ni de exponer sus consideraciones sobre la misma. ¿Por qué? Porque es incapaz de controlar su hobby-horse particular –su manía, su afición, su obsesión, su pasatiempo..., ¿su mecanismo de defensa?-, que no es otro que su incontinencia asociativa, esto es, su proclividad a la digresión. Es esta compulsión lo que hace que nuestro personaje siempre escriba por detrás de los acontecimientos. Después de seiscientas páginas, resulta que Tristram sólo ha sido capaz de contarnos hasta su quinto año de vida.
    Podemos concluir diciendo que esta novela, en la medida en que la peripecia queda casi completamente eclipsada por los procedimiento propiamente formales, no es apta para ese tipo de lectores a los que Cortázar calificó –de manera muy poco afortunada, por cierto- como lectores hembras, que son aquellos que adoptan una actitud pasiva frente al texto y aquellos que leen con el único fin de saber cómo termina la historia.
    Acabamos de empezar a analizar nuestro Tristram Shandy y ya hemos de concluir. ¡Hasta la próxima entrega!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

CUERPO DESEADO

   Soy el fruto del primer pecado y el vástago de la más confusa promiscuidad. Fui engendrado en la plaza pública por mil padres, aunque, bien es cierto, sólo uno de ellos me dio el ser. Cuentan que a mi nacimiento asistieron las musas y Maya la griega, pero, a pesar de semejante privilegio, los Hados no me fueron del todo propicios, pues muy pronto me vi recluido entre cuatro paredes donde yo era uno más entre otros muchos. Y allí, en aquella casa gris de pasillos desangelados, mi cuerpo fue expuesto a la curiosidad pública y tuve que soportar que toscas manos acariciaran mi piel y que dedos inquisitivos penetraran mis más recónditos pliegues. Todos, barbados y lampiños, en mayor o menor medida, supieron gozarme, y a mí no me quedó más remedio que dejarme hacer. Pero lo peor de todo, sin ninguna duda, fue tener que soportar sus miradas, pues si los dedos herían las entretelas de mi carne, la avidez que ardía en sus ojos entraba hasta lo más hondo de mi alma con el ímpetu viril de un ariete que fuese manejado por bravos soldados, dispuestos a saquear los valiosos tesoros ocultos tras la última defensa. De esa manera, pues, durante meses, mi cuerpo fue de continuo manoseado, forzado y penetrado por todas las manos, por todos los dedos y por todas las miradas. Hasta que llegaste tú. Sí, tú fuiste el único que comprendió que nací para darme, que mi cuerpo y mi espíritu estaban dispuestos a entregar todos sus tesoros a cambio tan sólo de otra mirada y de otras caricias. Además, sabiendo como sabías que otros antes que tú me habían gozado, no diste a esto mayor importancia y me tomaste entre tus manos delicadas y compraste mi libertad. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y ya no es como antes, cuando  los que somos como yo teníamos que llegar a las manos de nuestros amantes con un cuerpo sin desflorar. Alguien, no recuerdo quién, quizás otro compañero recluido en la misma casa, me contó una vez cómo era el procedimiento de entonces. Al parecer, mientras permanecíamos en la casa gris de desangelada geometría, nuestra intimidad era preservada de dedos y miradas gracias a que los íntimos pliegues de nuestro cuerpo permanecían soldados entre sí por una membrana, de manera que sólo quien compraba nuestra libertad tenía el privilegio de romperla y penetrar en el interior de nuestro ser. Pero hoy, como digo, ya no es como ayer, y por eso no tuviste grandes reparos a la hora de tomarme y llevarme contigo. Nunca olvidaré aquel día en que mi cuerpo fue, por fin, tuyo. Era ya de noche cuando llegaste, apenas un momento antes de la clausura y estando ya mi casa sosegada después de un largo día de ajetreos y bullicios. Tantos como éramos, todos iguales en apariencia, y te fijaste en mí. Lo primero que sentí fue tu mirada cálida resbalando sobre mi cuerpo sin demorarse, como una lengua golosa que lamiera un caramelo. Pero luego tus ojos desandaron el camino recorrido y se posaron sobre mi dorso, fino y nervudo como el de un atleta. En el momento en que tus manos me apresaron fue cuando, por primera vez, fui consciente de mi realidad exclusiva y sustancial, pues el gesto de tu arrebato fue también el de mi nacimiento a un mundo nuevo de individualidad en el que era posible tener un nombre y unos apellidos. Como un ladrón en la noche, emprendiste el camino de vuelta hacia tu hogar, hacia mi nuevo hogar, y durante todo ese trayecto pude sentir el pálpito acelerado de tu corazón impaciente a través del rudo cuero de la mano con que aferrabas mi cuerpo. Sentí, sí, -como dije-, que volvía a nacer, que renacía a otra vida más plena y auténtica, porque tú me habías elegido. Pero…, -siempre tiene que haber un dichoso pero,-, debe de ser verdad lo que dicen los filósofos, la felicidad no existe como estado, sino como momento, como instante fungible, como una falla majestuosa de existencia efímera que ha de ser consumida por el fuego de la pasión. Y ha de ser así porque una felicidad permanente inocularía en nuestro ser su propio antídoto anestesiante. Cuando llegamos a nuestra casa y vi el lugar que en ella me tenías reservado, mi gozo, como dice el refrán, fue a parar al pozo profundo de la desilusión. Es verdad, no lo niego, que me dedicaste unos minutos durante los cuales tus dedos y tu mirada se recrearon brevemente con los entresijos de mi juvenil cuerpo, abierto por entero para ti y dispuesto para darse todo, pues ya sabes que para eso nací y que tu goce es también el mío. Pero fue un placer efímero, también para mí. Con un gesto de desapasionada desgana me dejaste en lo que a partir de entonces habría de ser mi espacio privado y cerraste indiferente la puerta. Comprendí entonces que allí no estaba solo, que había, como en mi anterior casa, otros muchos como yo, prisioneros todos de la misma geometría, víctimas todos de la misma indiferencia, inmersos todos en el anonimato del número.  A partir de entonces la ceniza del tedio puso su nido en mi espíritu. Las horas se convirtieron en días, los días en semanas, las semanas en meses…, hasta que el tiempo se convirtió en una sustancia blanda y mucilaginosa en la que ya no era posible cercenar el pasado del presente ni el presente del futuro. Era como si el tiempo hubiese colapsado en un instante único y siempre idéntico a sí mismo, en un presente redondo y parmenídeo…Tic…tac…tic…tac…tic…tac..., desgranaba los segundos el reloj de la pared con su cadencia de salmodia. Y mi cuerpo, replegado ahora sobre sí mismo, fue recibiendo el sedimento de los días, y mi piel se fue ajando, vistiéndose con la pátina mortecina de lo viejo…

…..La experiencia enseña que para encontrar es necesario dejar de buscar y que sólo encuentra quien espera lo inesperado. Una mañana, meses después, algo súbitamente cambió. Entraste en mis aposentos con paso firme y la luz de tu mirada, como la otra vez, cayó de nuevo sobre mí como un rayo. Y de repente, cuando tus manos rozaron nuevamente mi espalda, la costra anestesiante que los días habían ido depositando sobre mi cuerpo se quebró como un cristal y me sentí vibrar y estremecer, otra vez joven, como una novia que tras las nupcias espera impaciente y sumisa el momento de la consumación. La hora de mi entrega definitiva había llegado. Ligeramente recostado en tu sofá favorito, me colocaste sobre el regazo y las cálidas yemas de tus dedos viriles, como la avanzadilla de un ejército, fueron reconociendo la variada orografía de mi cuerpo, sus turgencias y sus ángulos. Comenzaba el asedio. Al tiempo que tus manos me elevaban, inclinaste ligeramente el torso y, abriendo en dos el fruto maduro de mi cuerpo, aspiraste el embriagador aroma de mis entrañas ubérrimas. Y en ese aroma reconociste el tuétano de cada cosa, destilado siglo tras siglo desde el comienzo de los tiempos, desde el momento mismo en que el Logos se hizo carne. Reconociste, sí, la sabia del sándalo y la jara, la esencia melosa del fruto del sicomoro, el salado perfume del crustáceo, el jugo genésico de todo lo que fue, es y será. Sí, el tuétano de todo ser macerado por el tiempo y exudado por los poros de mi enervada piel.  Los ojos de tus dedos acariciaron mi alma, y me fuiste arrebatando, uno por uno, los secretos tesoros que escondía, y todo mi ser fue tuyo en el momento en que mi espíritu se volvió translúcido para ti, en el momento en que tu alma, como una ventosa, absorbió la mía, en el momento en que, por fin, fuimos uno.

   Ahora que formo parte de ti, ahora que vivo en tu espíritu, observo cómo el que fuera mi cuerpo, caparazón huero, envejece lentamente en su estante. Tal es el destino del cuerpo de los libros después de haber sido leídos.

martes, 30 de agosto de 2011

BIBLIOTECAS LLENAS DE FANTASMAS






   Fue Procustes un bandido griego que se hizo famoso debido a su sadismo de inspiración matemática y, sobre todo, a que fue vencido por el mítico Teseo, ese mismo que unos años después habría de protagonizar el episodio de la muerte del Minotauro en el interior del laberinto. Cuenta la leyenda que cuando Procustes hacía prisionero a algún incauto viajante, no se lo pensaba dos veces a la hora de acostarlo sobre una tabla –lecho o yazija- que para tal fin tenía habilitada, comprobando a continuación si la longitud del infeliz coincidía o no con la de ésta. Si resultaba que el cuerpo era más corto, entonces se le estiraba; si resultaba más largo, entonces había que amputarle la porción correspondiente. La cuestión era que las medidas del continente y del contenido coincidiesen al dedillo.

   Actualmente la expresión lecho procústeo se suele utilizar para hacer referencia a las categorías que, dado su rígido carácter, fuerzan a los fenómenos particulares de los que han de dar cuenta a encajar dentro de sus límites. Piénsese, por ejemplo, en categorías como: género literario –o pictórico, arquitectónico, musical…- o generación literaria. Lechos procústeos serían también los famosos esquemas a priori de la filosofía kantiana, desglosables en dos: esquemas de la sensibilidad –espacio y tiempo- y esquemas del entendimiento –categorías de sustancia, relación, causalidad…-. Conocemos los datos e impresiones procedentes del mundo exterior gracias a la labor de filtro y de criba que estas categorías desempeñan, pero es necesario tener en cuenta lo que esto implica: conocer es forzar y violentar los datos para hacerlos coincidir con una medida previamente establecida. Dicho de otra manera: no conocemos las cosas, sino nuestra particular manera de conocerlas, es decir, que conocer es conocerse.

  

   Tenemos la impresión de que el concepto libro también funciona a veces como un lecho procústeo. Prueba de ello es el texto que a continuación pretendemos comentar: Bibliotecas llenas de fantasmas, de Jacques Bonnet y editado por Anagrama. Es preciso imaginarse el proceso que se desencadenó en la mente de su editor en el momento de dejar el manuscrito sobre la mesa de su despacho después de haberlo leído –de una sentada-: “Bien. El contenido, además de interesante, parece accesible para el gran público. Resulta, además, que las campañas de promoción son innecesarias, puesto que el autor es francés y goza de cierto prestigio en su país. El único inconveniente es que al texto le falta cuerpo, que no da la talla mínima que debe tener un libro. ¡Habrá que alargarlo! Con una letra de cuerpo 14 será más que suficiente.”

   En realidad, el camino de la vida que todos emprendemos nada más nacer no es sino una romería en la que, cada equis tiempo, hemos de caer en manos de uno de estos Procustes. ¿Qué son, si no, trámites como los exámenes, los distintos sacramentos característicos del cristianismo o las leyes vigentes en el ámbito de la sociedad? ¿No es la denominada política editorial de las grandes empresas editoras el mayor de todos los lechos procústeos que un escritor pueda concebir? ¿No habría que considerar la banda ancha de Internet como el más estrecho de los que en la actualidad se prodigan?



   Bibliotecas llenas de fantasmas, a pesar de lo enjundioso de la temática que aborda, es un opúsculo –o textículo- ligero al que pueden acceder incluso los denominados intelectos desdentados. Es, si se nos permite la licencia, lo que el lecho procústeo de la política editorial dictamina que debe ser un texto para merecer su mostración epifánica -¡valga la redundancia- a través de ese ¡fiat!  -¡hágase!- que es el acto de la edición.



   Entre los datos de mayor relevancia del texto, podemos mencionar los siguientes:



   -Referencia a un tal Charles-Valentin Alkan, compositor musical de tercera fila y, a todas luces, bibliómano incurable que murió en el año 1888 aplastado por su propia biblioteca mientras dormía (pag. 17). Es ciertamente curioso que alguien que podría ser elevado a los altares del culto bibliofílico en calidad de mártir de la causa se dedique a una profesión que poco o nada tiene que ver con los libros. De hecho, cualquiera que conozca mínimamente el selecto mundo de la bibliofilia sabe por propia experiencia que el sector profesional donde se comprueba una mayor densidad de fieles es el de la medicina. Es impensable que el profesional de las letras –el humanista- pueda ser un aficionado a la bibliofilia, pues una afición no es otra cosa que una vía de escape de la rutina.  

   La moraleja que se desprende de esta curiosa historia es que no debemos olvidar jamás que los libros, siendo criaturas angelicales y etéreas, poseen también un cuerpo material –del que también podemos disfrutar, y mucho- que los hace subsidiarios de la inexorable ley de gravitación universal. De hecho, es esta dimensión material del libro lo que lo convierte en un objeto sumamente atractivo para muchos. El cuerpo del libro puede ser tremendamente útil cuando se trata de ahuyentar a vendedores de enciclopedias, de calzar alguna pata coja de alguna mesa o de conjurar el horror vacui que se apodera de ciertos particulares cuando contemplan el hueco que todo mueble bar suele dejar justo encima del televisor –justo detrás del torito negro y de la gitanilla bailaora-.

   -La biblioteca que se arma es una vida. Nunca, digamos, una suma de libros sueltos.  (pag. 35).

   Efectivamente. La biblioteca –la particular de cada cual, claro está-, no es un mero cúmulo de libros que se pueda montar y clasificar como un simple mecano. Toda biblioteca particular se organiza en función de una serie de vínculos invisibles que confluyen en la mente –y en el espíritu- de su propietario. El método de la CDU está bien para las bibliotecas públicas, que suelen ser impersonales, pero no para la nuestra. Los vínculos que conectan los libros de ésta son mucho más profundos y, por supuesto, invisibles para el profano. La biblioteca particular es una prolongación, un reflejo, del espíritu de su propietario. Es su espíritu hecho carne.

   -La biblioteca protege de la hostilidad exterior, filtra los ruidos del mundo, atenúa el frío que reina en los alrededores y da, también, una sensación de omnipotencia (…). La biblioteca es un concentrado de tiempo y de espacio. (pag. 107).

   Es decir, la biblioteca como paraíso (Borges) y como útero materno. Aunque no sería descabellado comparar la biblioteca con esas celdas de aislamiento completamente almohadilladas que suele haber en los psiquiátricos y que se destinan a alojar temporalmente a los enfermos que se encuentran atravesando alguna crisis. Los libros de la biblioteca vendrían a desempeñar la misma función que las almohadillas de estas celdas.

   -Referencia al príncipe árabe Mahmud al Dawla bin Fatik. Tras su muerte, la viuda, al parecer incapaz de competir en encantos y hermosura con los libros, se vengó arrojándolos a una fuente. (pag. 127)

   ¿Qué lleva a un sujeto a preferir los encantos de los libros a los de su propia mujer? Sólo se nos ocurre una respuesta medianamente razonable: el placer libresco es una sublimación del placer sexual.

miércoles, 17 de agosto de 2011

BIBLIOCLASMO (Una historia perversa de la literatura)


   Lo primero que llama la atención de este texto tan particular es su tono monocorde, constante, lineal y, sobre todo, apocalíptico. Aquí no hay cambios de ritmo, no hay clímax o anticlímax que impriman un mínimo de variedad o de tensión, no hay nervio. Se trata de un texto que nos produce una extraña sensación de dejà vu, como si estuviésemos leyendo la misma idea una y otra vez, ad nauseam.  

   Por otra parte, el tono crepuscular es coherente con el tema: el agotamiento-agostamiento, por demasía y saturación, de la época de esplendor del objeto libro. Según el autor, el camino seguido por nuestra cultura, desde el momento de su nacimiento en la antigua Grecia, ha estado siempre presidido por ese objeto fetiche que es el libro, en el que hemos puesto todas nuestras esperanzas para, ya al final del camino, comprobar lo no fundamentado de nuestras expectativas. Vanitas vanitatum. El libro –y el conocimiento que representa- es, tal como se afirma en el Génesis, un instrumento de muerte, algo que nos aparta de la espontaneidad vital y de la existencia paradisíaca de la inocencia. Esto es lo que explica que el autor se vea en la necesidad de ilustrar sus ideas mediante una serie de bodegones –o naturalezas muertas- protagonizados por libros, calaveras y velas de luz mortecina. La tesis se podría resumir en la ecuación biblioteca = bibliotafio.

   La idea podrá convencernos, aunque sólo sea de una manera parcial, pero el tono no. El tono es el propio de quien no espera nada de la vida y, si se nos apura, el propio de quien se relaciona con sus propias ideas como si de elementos extraños se tratara. Llegamos a dudar de que el autor crea realmente en aquello que afirma.

   Biblioclasmo es una paradoja en cuerpo y alma –en verbo y carne-. La paradoja radica en el hecho de escribir un libro con la intención expresa de denunciar la inanidad e inutilidad de todos los libros. Fernando R. de la Flor incurre en el mismo vicio en que suelen incurrir todos los escépticos de todas las épocas y condiciones cuando deciden hacer uso de los argumentos para convencer al prójimo de la veracidad de sus convicciones. Al escéptico que afirma que no podemos conocer verdad alguna es preciso formularle la siguiente pregunta: ¿es verdad que no podemos conocer ninguna verdad? Y, como necesariamente nos ha de decir que sí, que es verdad, no puede ser cierto que no podamos conocer verdad alguna, puesto que es verdad que no podemos conocer ninguna verdad. Es decir, si el escéptico ha de permanecer callado para no incurrir en una contradicción flagrante, otro tanto ha de hacer el escritor-erudito que pretende convencernos de la inanidad del objeto libro. Por sus obras los conoceréis, dicen las Sagradas Escrituras. De la Flor hace justo lo contrario de lo que dice o piensa.    

   A menos que…No hay que descartar la posibilidad de que la intención real del autor de Biblioclasmo haya que buscarla en el reverso o negativo de lo que afirma. De la escuela de guerra de la vida: lo que no me mata, me hace más fuerte. En este aforismo nietzscheano, variante del clásico ab ipso ferro, hallaríamos resumido el principio metodológico en que, de ser cierta nuestra conjetura, se basaría el escrito que estamos comentando. La idea es que para favorecer a nuestro objeto de veneración es preciso dispensarle un trato duro, estricto y, en ocasiones, hiriente; es decir, que la compasión, más que favorecer, anula y debilita.

   La película El creyente aborda una cuestión que está directamente emparentada con la filosofía implícita en el lema ab ipso ferro. Se trata aquí de la historia de un joven judío que, habiendo abandonado sus prometedores estudios rabínicos, comienza a relacionarse con grupos neonazis. Se rapa la cabeza, adopta la indumentaria y la parafernalia de estos grupos para, finalmente, actuar en consecuencia: se presta voluntario para colocar una bomba en el interior de una sinagoga. Al parecer, el joven está convencido de que la grandeza del pueblo judío es un factor derivado de la persecución a la que se ha visto sometido desde la época de la diáspora. Si la espiritualidad sin parangón del judío es el sublimado resultante de una intensa y prolongada represión –desprecio, persecución, exterminio-, entonces la conclusión parece clara: la paz y el descanso se convierten en sinónimo de decadencia y, en última instancia, de muerte. Desde esta óptica, el acto de ofensa que el protagonista dirige contra los suyos sólo puede ser visto como acto de amor y de fidelidad. Dice Nietzsche en Humano, demasiado humano: “Quien vive de combatir a un enemigo tiene interés en dejarle con vida”.

   ¿Hay algo de todo esto en Biblioclasmo? ¿Se relaciona Fernando R. de la Flor –profesor de literatura en la Universidad de Salamanca, por cierto- con el libro de manera similar a como el joven judío de la película se relaciona con sus correligionarios? Quizás sea ésta una posibilidad que no debamos descartar.



   Sea cual sea la respuesta a nuestras conjeturas, el autor, plenamente consciente de la contradicción en la que incurre, se ve en la necesidad de matizar sus afirmaciones:



   Según esto será preciso escribir mucho para demostrar con contundencia que un escribir puede llegar a ser vano; que un leer, pernicioso a la postre. La prueba de la banalidad de cierta escritura sería así este mismo libro (que espero que el lector sólo esté hojeando caprichosamente, para inmediatamente pasar a abandonarlo cuanto antes). La prueba de la prescindibilidad de ciertas lecturas sería esta misma lectura, que usted, lector, “mon semblable”, “ mon frère”, aquí y ahora realiza. (pag. 191)



   ¿Quién escribe un libro con la esperanza puesta en que no llegue a ser leído? Sobran los comentarios.

   Unas páginas después leemos:



   Se trata, sobre todo, de eliminar la nube espesa de una literatura secundaria. La sed de fuentes prístinas aparece así combinada con un aborrecimiento claro del discurso parasitario, de la glosa, de los paralipómenos y marginalias. (pag. 235)



   ¿En qué quedamos, pues? Como resulta que no se puede escribir un libro con el fin declarado de poner a parir a los libros, mejor dirigir la crítica hacia toda esa paraliteratura excrecente y marginal que vive de parasitar los textos más nobles y más dignos de ser respetados. ¡Bien! Parece que nos vamos aclarando. La literatura no es mala de por sí; lo realmente malo es la literatura de segundo orden (la que hacen los críticos y profesores universitarios) y la de tercer orden (la que nosotros hacemos aquí al comentar literariamente un libro que trata de libros). De lo que se trata, entonces, es de poner límites a la proliferación metastática de literatura marginal y, ¿por qué no?, de toda esa pseudoliteratura que cada año, al calor de los intereses de las empresas editoriales, inunda el mercado del libro como si de moscas se tratase –Schopenhauer dixit-. De las grandes empresas editoriales podríamos decir lo que El Roto afirma acerca de las Nuevas Tecnologías de la Información y de la Comunicación: Banda ancha para ideas estrechas. ¡La sinergia perfecta!



   Si nada ni nadie lo remedia, dentro de un par de meses asistiremos a la puesta de largo de BIBLIOFILIA HERÉTICA –Ensayo sobre la carnalidad del verbo-, obra de la que el único responsable es un servidor y que sacamos a colación ahora por su pertinencia de cara a una mejor dilucidación de BIBLIOCLASMO. Lo realmente curioso es que ambas obras, a pesar de compartir la temática –el objeto libro y los procesos de lectura y de escritura- y un procedimiento metodológico similar –deconstruccionismo hermenéutico-,  llegan a conclusiones diametralmente opuestas. Así, por ejemplo: si en Bibliofilia Herética el libro comparece como objeto vital y capaz de proporcionar un placer que en poco o nada desmerece del erótico –el libro sería un ente plurip(v)aginal-, en Biblioclasmo comparece como objeto muerto y estéril; si en la primera la biblioteca es comparada con el paraíso terrenal, en la segunda se compara con un cementerio o columbario –bibliotafio-, etc., etc. ¿Cómo es posible semejante divergencia toda vez que, según hemos dicho, en ambos casos se trata del mismo objeto y, sobre todo, toda vez que el método de abordamiento es prácticamente el mismo? La única respuesta capaz de poder salvar ambas interpretaciones a la vez sin por ello incurrir en flagrante contradicción es ésta: el objeto libro es el auténtico Aleph borgeano, es decir, el único objeto material existente en el mundo capaz de reflejar completamente la totalidad de las cosas existentes –lo positivo y lo negativo, lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, lo verdadero y lo falso, lo uno y lo múltiple…-. Si el libro es espíritu encarnado, entonces también de él se podrá decir algo similar a lo que los filósofos escolásticos decían del alma: “liber (anima) est quodanmodo omnia” –el libro (el alma) es, en cierto modo, todas las cosas-. 

   ¡Por cierto!: no vemos ninguna relación entre el contenido de la obra y el subtítulo –Una historia perversa de la literatura-. Si matizamos el adjetivo perversa, este subtítulo hubiese venido que ni pintao para nuestra Bibliofilia Herética.

  



   Cualquiera que esté medianamente familiarizado con los escritos de San Nietzsche habrá tenido la ocasión de comprobar en más de una ocasión que éstos contienen una respuesta para cada pregunta relevante que nos podamos plantear. En este sentido, la obra del filósofo alemán se comporta de manera similar a como lo hacen todos los libros considerados como santos o mágicos: los abrimos por una página cualquiera, al azar, y resulta que lo que allí leemos nos habla, precisamente, de la cuestión que nos traíamos entre las manos del intelecto. Valgan las siguientes píldoras como pequeño botón de muestra:



   Libros malos.- El libro debe reclamar la pluma, la tinta y la mesa de escribir; pero, generalmente, son la pluma, la tinta y la mesa de escribir las que reclaman el libro. Por eso en nuestros días los libros valen tan poco.



   Libros.- ¿Qué vale un libro que ni siquiera nos transporta más allá de todos los libros?



   Ley draconiana contra los escritores.- Un escritor debería ser considerado como un malhechor que no merece, sino en casos muy raros, el perdón o la gracia: esto sería un remedio contra la invasión de los libros.